El bálsamo de las palabras

El Diario Down, Francisco Rodríguez Criado, Tolstoievski

#10

Los días siguientes al nacimiento de Francisco los recuerdo como una pesadilla, como si yo fuera un personaje de cuento de Horacio Quiroga, inmerso en la selva de la adversidad, presa de un entorno endiablado que conspiraba contra mí.

Pasaba los días entre el hospital, el supermercado y la farmacia, y el poco rato libre lo disponía para dormir o lo empleaba en buscar un lugar de acogida provisional para la fogosa Betty (cuarenta kilos de cruce de mastín y labrador), a quien no podíamos dejar sola en casa por la noche porque sufría ansiedad por separación (en esta vida todos sufrimos algún tipo de síndrome, querido mío).

Pero el mundo seguía girando. No llegaba el carrito del nene que tenía pedido desde hacía semanas, no podía ducharme con agua caliente porque justo el día antes del parto se había estropeado la caldera, no podía dormir porque salía del hospital de madrugada y regresaba a él a primera hora de la mañana, nadie quería o podía alojar a la hiperactiva Betty… Y, pese a todo, el mundo seguía girando. Esa es una revelación que descubrí hace demasiado: el mundo va a girar siempre, al margen de tu circunstancia. Tendrás un cáncer y seguirá girando. Tendrás una depresión y seguirá girando. Se morirá tu padre y seguirá girando. Se morirá la civilización y este puñetero mundo seguirá girando.

Cuando telefoneé a la tienda para preguntar por qué se retrasaba tanto el cochecito del niño, no obtuve más que evasivas (hoy día sigo sin saber por qué tardó tres semanas en llegar a casa). La encargada llegó a preguntarme por qué tenía tanta prisa, si aún había tiempo.

–Se equivoca –le dije–. El niño ha nacido prematuro.

–¿Y qué tal el parto? –preguntó.

–Podría haber sido manifiestamente mejor.

La mujer, por empatía o por simple curiosidad, siguió preguntando:

–Francisco tiene síndrome de Down –aclaré.

De repente se quedó sin palabras, y cuando habló lo hizo solo para confirmar el sentido ominoso de su silencio.

–No tengo palabras –dijo–. Menuda papeleta tenéis.

Entonces fui yo quien se quedó mudo. Esperaba algo más de una persona que gestiona una tienda de bebés. ¿Tan malo es tener un niño con el síndrome de Down? Puede que yo mismo hubiera actuado con tanta torpeza si un amigo me comunicara que su niño había nacido con un cromosoma 21 de más, pero yo no me dedico al negocio infantil. Mi falta de tacto hubiera sido hasta cierto punto comprensible.

Sus palabras, torpes y desabridas, no harían sino aumentar mi desazón durante aquellos días en los que las escasas energías que me quedaban las dedicaba a llorar, contraviniendo a Norman Mailer, ese listo según el cual los tipos duros no lloran.

Concluida la conversación telefónica, me miré en el espejo y no vi a un tipo duro de novela americana, sino a un presidiario.

Ahora sabía que las circunstancias de mi paternidad son de esas que dejan al personal sin palabras. O con pocas (y torpes) palabras.

Al día siguiente acudió a nuestra habitación del hospital una anestesista que es madre de una niña Down. Con una sonrisa en los labios (perdón por el tópico: ¿dónde va a acomodarse una sonrisa si no es en los labios?), venía cargada de palabras de ánimo. No dijo “Tenéis una buena papeleta”, sino “Felicidades. Sé que os parecerá exagerado, pero tener un niño Down es una bendición. Yo tengo una niña Down y también dos niños normales, y sé de lo que hablo. Este niño os va a hacer muy felices”.

Aquellas palabras y las que pronunciaría durante el transcurso de una charla de hora y media transmitían una electrizante energía positiva, ¿pero por qué yo no paraba de llorar mientras las escuchaba? ¿Qué significa realmente tener un hijo Down: una buena papeleta o una bendición? ¿Dónde cojones está el sentido de la vida? ¿Qué somos, quiénes somos, adónde vamos? ¿Qué mierda de mundo es este? ¿Por qué siempre a mí? Había comenzado el año en cama, con un doloroso pinzamiento de nervio ciático que no me dejó moverme un solo centímetro en diez días, y ahora esto… Comienzas el año en Urgencias y lo terminas en una habitación de hospital, narcotizado por los acontecimientos. ¡Pero alegra esa cara, chaval, que la vida son cuatro días!

Aquella noche regresé a casa a las tres y media de la madrugada, muerto de sueño, un sueño que pese a su insistencia yo no podía conciliar. Antes de acostarme me miré en el espejo: seguía teniendo cara de presidiario.

Pero a la mañana siguiente se obró el milagro. Cuando desperté, el dinosaurio de la desolación ya no estaba allí. Habían desaparecido el miedo, la sensación de fracaso, la angustia… Ya que la realidad no iba a cambiar, me dije, tendré que enfrentarme a ella. Luchar con esa papeleta o disfrutar la bendición, qué más da, me animé con estoicismo de urgencia: de aquí a cien años, todos muertos, pensé confortado por el bálsamo de las palabras. ¿Qué había hecho yo en los últimos quince años sino escribir y leer palabras, buscando en ellas algo parecido al consuelo? ¿Acaso no había sido un poco más feliz gracias a los cuentos de Marco Denevi, los poemas de Jaime Sabines, las novelas de Isaac Bashevis Singer, los ensayos novelados de Milan Kundera, los haikus de Basho, los ensayos filosóficos de Ortega y Gasset? ¿No había sido un poco más feliz dándole forma a mis propias palabras, pariendo un libro tras otro? Seguía teniendo a mi disposición mi exhaustiva biblioteca (ay, el concepto de casa como almacén de libros), contaba con el apoyo de los grandes escritores y con las palabras de mi querida anestesista y, por si fuera poco, el síndrome de Down comenzaba a revelarse como un tema literario, el tema literario del año. A lo mejor yo necesitaba sufrir un poco antes de volver a escribir desde el desgarro, tal como les gusta a los románticos y a los decadentes.

Por si necesitara una confirmación, una prueba de que se había dado el cambio en mí, recibí una llamada telefónica a primera hora:

–Francisco, disculpe las molestias. Por fin hemos recibido el carrito –dijo una voz femenina.

La epifanía estaba en marcha. Feliz del giro de los acontecimientos, me duché sin reparar en el agua fría y me afeité. Y me miré en el espejo, ahora sin recelo, sacando incluso un poco de pecho: el destino podría seguir vapuleándome a su antojo, como era costumbre en él, pero yo ya había dicho adiós de una vez para siempre a mi vida de presidiario.

Francisco Rodríguez Criado, El Diario Down, Tolstoievski, 2016 (fragmento)

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