Un cuento breve de Gustavo Adolfo Bécquer: Ojos verdes

Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día.

Cuento de Iván Turgueniev: Jermolai y la molinera


Cuento corto de Ivan Turgeniev
Familia campesina rusa época del zar

No sabría decir si los cuentos reunidos en el volumen Memorias de un cazador, de Iván Turgueniev (1818-1883), son cuentos de caza o cuentos sociales ambientados en el mundo rural de caza. Me baso exclusivamente en el contenido, en los textos. Es cierto que los personajes se mueven en los bosques, pisotean los sembrados, traspasan cercas, se escurren por las laderas de pantanos y ríos y suben a la montaña en busca de las fieras mayores. Sin embargo, el centro de cada historia es la situación de los campesinos rusos, su pobreza, su menoscabo, su atraso y ese apego enfermizo a la religión que los hace más dependientes y más ignorantes. Que me perdonen las gentes creyentes, pero yo lo veo así. Entonces al leer el libro caemos en un realismo ortodoxo, en una denuncia social que nos viste a nosotros también de harapos y nos coloca barbas y melenas desarregladas, desaseo, y observamos de cerca de niños muy serios con gorritos para el frío y botas de caña alta para chapotear en el barro.

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El Pabellón número 6 de Anton Chejov (fragmento final)


“Los enfermos visten harapos y se les da comer mal, basura; “comida de locos”, como se dice. El doctor Andrei Efímich es el encargado de los pacientes, a quienes atiende con amabilidad, pero con indiferencia. Su vocación de médico –que en realidad nunca la tuvo– se ha ido perdiendo en el tiempo. Él mismo se reviste de una gruesa caparazón para insensibilizarse frente a cada caso. Para él lo más importante es leer, tomar cerveza y fumarse un habano. Los internos antiguos son despojos humanos y los que han entrado recién, van en vías de serlo. Las autoridades conocen la situación pero la ignoran; no les conviene. En mejor tenerlos encerrados allí en esos pabellones de muerte a que anden sueltos por las calles. La sociedad, piensan los funcionarios, no se merece chocar o codearse con semejante escoria.

El lugar apesta y estremece. Chejov hace sentir ambas realidades. Dicen que la lectura de este cuento movió a Lenin a hacerse revolucionario”.  E.B.G.

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Cuento de Sherwood Anderson: Una aventura

Tres cosas sobre Sherwood Anderson

Primero: se dice que es el gran padre literario de William Faulker, un poco menos de Hemingway y algo de John Updike.

Segundo: que con su libro Winesburg Ohio alteró la forma de hacer literatura en los años anteriores a la Gran Depresión Económica en los Estados Unidos y que marcó la crisis más grande del capitalismo.

Tercero: que al contrario de muchos escritores que presentaban a sus personajes “desde afuera”, con descripciones carentes de su mundo interior, Sherwood los dibujaba por dentro. Así conseguía mostrar seres realmente humanos, con sus vivencias, sus esperanzas, anhelos, miserias y frustraciones.

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Voces para un tímpano muerto

Voces para un tímpano muerto

Los padres oyeron el diagnóstico de boca del pediatra: su hija es de crecimiento tardío.

Durante el funeral de la niña, pudieron oírse los primeros crujidos en la madera del ataúd.

“Presciencia”, cuento incluido en Voces para un tímpano muerto

Miguel A. Zapata pertenece a esa insigne estirpe de escritores que han extraviado un manuscrito. El suyo no se quedó olvidado en el asiento de un tren o en el banco de un parque, sino que fue devorado por un virus informático. Después de cuatro años esquilmando la memoria, el texto ha visto la luz en la editorial Talentura como Voces para un tímpano muerto.

Hablamos, pues, de una reencarnación literaria, un producto de ultratumba. Es lógico que el redactor de la contraportada se refiera a estas piezas narrativas no como microrrelatos, cuentos cortos o ficciones breves sino como “osario de gritos”, “un manual de espejismos” o “trastornos oníricos”. Es posible que sortee la etiqueta de ‘microrrelato’ para evitar la excesiva cercanía con un género que, en su peor versión, se convierte a veces en un complaciente laboratorio de ideas para escritores primerizos.  

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Cuento de James Joyce: Una madre

Cuento, James Joyce, Una madre

James Joyce dijo que su objetivo, al pergeñar el libro de relatos Dublineses, “era escribir un capítulo de la historia moral de mi país, y escogí Dublín para escenificarla porque esa ciudad me parecía el centro de la parálisis”. 

Dublineses, publicado en 1914, es uno de los libros más conocidos del escritor irlandés, a quien se tiene por uno de los grandes renovadores de la narrativa en el siglo XX. El libro fue llevado al cine por John Huston en 1987.

A continuación doy uno de los quince cuentos de Dublineses: “Una madre”.

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