Voces para un tímpano muerto

Voces para un tímpano muerto, Editorial Talentura, Miguel A. Zapata,

Los padres oyeron el diagnóstico de boca del pediatra: su hija es de crecimiento tardío.

Durante el funeral de la niña, pudieron oírse los primeros crujidos en la madera del ataúd.

“Presciencia”, cuento incluido en Voces para un tímpano muerto

Miguel A. Zapata pertenece a esa insigne estirpe de escritores que han extraviado un manuscrito. El suyo no se quedó olvidado en el asiento de un tren o en el banco de un parque, sino que fue devorado por un virus informático. Después de cuatro años esquilmando la memoria, el texto ha visto la luz en la editorial Talentura como Voces para un tímpano muerto.

Hablamos, pues, de una reencarnación literaria, un producto de ultratumba. Es lógico que el redactor de la contraportada se refiera a estas piezas narrativas no como microrrelatos, cuentos cortos o ficciones breves sino como “osario de gritos”, “un manual de espejismos” o “trastornos oníricos”. Es posible que sortee la etiqueta de ‘microrrelato’ para evitar la excesiva cercanía con un género que, en su peor versión, se convierte a veces en un complaciente laboratorio de ideas para escritores primerizos.  

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Cuento de James Joyce: Una madre

Cuento, James Joyce, Una madre

James Joyce dijo que su objetivo, al pergeñar el libro de relatos Dublineses, “era escribir un capítulo de la historia moral de mi país, y escogí Dublín para escenificarla porque esa ciudad me parecía el centro de la parálisis”. 

Dublineses, publicado en 1914, es uno de los libros más conocidos del escritor irlandés, a quien se tiene por uno de los grandes renovadores de la narrativa en el siglo XX. El libro fue llevado al cine por John Huston en 1987.

A continuación doy uno de los quince cuentos de Dublineses: “Una madre”.

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Cuento corto de Ernest Hemingway: Un canario como regalo

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Seguimos con los grandes cuentistas norteamericanos. Ayer leímos a Sherwood Anderson y hoy tenemos a Ernest Hemingway, con un gran relato en el que queda patente lo bien que funciona su teoría del iceberg. Atención a la contención, la economía del lenguaje y la sutilidad con la que maneja la información más importante de la historia, que se resuelve en la última frase. Algo que conviene destacar en este cuento de Hemingway (y en general en todos los suyos) es que no carga las tintas con adjetivos ni sustantivos que potencien la temática del cuento, que conocemos gracias al ejercicio obligado de leer entre líneas, y solo una vez finalizada la historia.

En este cuento corto de Ernest Hemingway, “Un canario como regalo”, aparentemente no pasa nada. Y, sin embargo, salimos de él con la sensación de haber vivido un pequeño gran momento literario.

Francisco Rodríguez Criado

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Cuento de Sherwood Anderson: Nadie sabe nada

 

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Mirando cautelosamente alrededor, George Willard se levantó de su escritorio en la redacción del Winesburg Eagle y salió apresurado por la puerta trasera. La noche estaba cálida y nublada, y aunque no eran ni las ocho el callejón detrás del Eagle era una boca de lobo. Una cuadrilla de caballos amarrados a un poste en algún lugar en la oscuridad pateó repetidamente el suelo resquemado por el sol. Un gato saltó de entre los pies de George Willard y corrió hacia la noche. El joven estaba nervioso. Todo el día le había dado vueltas a su trabajo como alguien aturdido por una explosión. En el callejón tembló como si tuviera miedo.

En la oscuridad, George Willard caminó a lo largo del callejón, con cuidado y cautela. Las puertas traseras de los negocios de Winesburg estaban abiertas, y podía ver hombres sentados por ahí, debajo de las lámparas. En la mercería de Myerbaum, esperaba junto al mostrador Mrs. Willy, la esposa del encargado del bar, con una canasta en el brazo. Sid Green, el empleado, la esperaba a ella. Se inclinaba sobre el mostrador y le hablaba con seriedad.

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Cuento corto de Antón Chéjov: Una mujer sin prejuicios

 Cuento, Chéjov,

Maxim Kuzmich Salutov es alto, fornido, corpulento. Sin temor a exagerar, puede decirse que es de complexión atlética. Posee una fuerza descomunal: dobla con los dedos una moneda de veinte kopecs, arranca de cuajo árboles pequeños, levanta pesas con los dientes; y jura que no hay en la tierra hombre capaz de medirse con él. Es valiente y audaz. Causa pavor y hace palidecer cuando se enfada. Hombres y mujeres chillan y enrojecen al darle la mano. ¡Duele tanto! No hay modo de oír su bella voz de barítono, porque hace ensordecer. ¡El vigor en persona! No conozco a nadie que le iguale.

¡Pues esa fuerza misteriosa, sobrehumana, propia de un buey, se redujo a la nada, a la de una rata muerta, cuando Maxim Kuzmich se declaró a Elena Gavrilovna! Maxim Kuzmich palideció, enrojeció, tembló; y no hubiera sido capaz de levantar una silla en el momento en que hubo de extraer de su enorme boca el consabido «¡La amo!». Se disipó su energía y su corpachón se convirtió en un gran recipiente vacío.

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Cuento corto de Severo Sarduy: El torturador

 

Cuento, Severo Sarduy, El torturador

¡No es cierto lo que dicen! No he matado a cien personas. Sólo a unas cuarenta, y otras veinte torturadas… es decir, veintidós, porque había dos niños, ahora que recuerdo.

Pues bien, ¿por qué no confesarlo? Soy el mejor torturador del régimen.

Si bien es cierto que al principio mi ejecución era algo burda, también lo es que he refinado mis procedimientos hasta la exquisitez, ¡tras… tras! y ya están fuera los ojos.

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Cuento corto de Laura Massolo: Basta de soledades

 Laura Massolo, cuento

Cuando llego de la facultad, muy tarde, la botella mutilada desborda, y hay yerba y cenizas alrededor. Lucio duerme y mamá está en la computadora, como de costumbre, jugando al solitario. No me gusta comer así: me deshago de toda esa mugre y paso un trapo por la mesa. Después lavo mi plato y los de ellos, para que mamá, cuando se levante, encuentre todo limpio. Se me ocurre que, a la mañana, esos contenidos ya secos deben parecerse mucho a un recipiente del desierto.

Cuento, Laura Massolo

Cuento corto de Laura Massolo: Basta de soledades

Yo lo quiero a Lucio. Es tan difícil demostrarle mi cariño como soportarlo. Pero lo quiero de veras. Mamá dice que le debemos lo poco que tenemos, que si pude terminar la escuela fue gracias a él, que nos ha cuidado siempre a las dos.

Lo quiero por todo eso y porque le imagino cierto desamparo más allá del gesto hosco, del desdén, de las burlas. Y porque a veces me gustaría poder abrazarlo, como supongo que se abraza a un padre, aunque él no me lo permita, aunque diga tantas malas palabras, aunque haya que verlo, todo el día y todos los días, llenando de basura esas botellas plásticas.

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