Cuento de don Juan Manuel: Los dos ciegos

Cuento de Don Juan Manuel

De lo que aconteció a un ciego con otro

Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta guisa:

–Patronio, un mi pariente y amigo, de quien yo fío mucho y estoy seguro de que me ama verdaderamente, me aconseja que vaya a un lugar del que me recelo yo mucho. Y díceme él que no haya recelo ninguno; que antes tomaría él la muerte que yo tome ningún daño. Y ahora, ruégoos que me aconsejéis en esto.

–Señor conde Lucanor –dijo Patronio–, para este consejo mucho querría que supieseis lo que aconteció a un ciego con otro.

Y el conde le preguntó cómo había sido aquello.

–Señor conde –dijo Patronio–, un hombre moraba en una villa y perdió la vista de los ojos y fue ciego. Y estando así ciego y pobre, vino a él otro ciego que moraba en aquella villa, y díjole que fuesen ambos a otra villa cerca de aquella y que pedirían por Dios y que habrían de qué mantenerse y sustentarse.

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Literatura contra el cansancio

Literatura contra el cansancio

Si de niños nos hubieran explicado lo cansada que puede llegar a ser la vida, no lo hubiéramos creído. La máquina perfecta de regenerar energías que es la infancia no entiende de estas zarandajas.

Los buenos escritores suelen abordar diversos temas, pero conceden prioridad a uno de ellos. El tema nuclear de los cuentos y novelas de Pilar Galán es el cansancio. Un cansancio no físico sino mental, no el cansancio de las batallas épicas sino el cansancio del día a día, ese que no habita las páginas de los libros de Historia. Ese cansancio que ha convertido nuestra existencia no en las jornadas gloriosas soñadas en la infancia, sino en un mero ejercicio de supervivencia. La muerte de un ser querido, el trabajo, las relaciones de pareja –a veces compulsivas–, la amorosa pero agotadora crianza de los niños  o los lazos familiares deambulan por los libros de Pilar con insistencia. Aquello que más amamos es paradójicamente lo que más nos agota.

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Cuento de Alfredo Bryce Echenique: Dos indios

Dos indios, Bryce Echenique

Hacía cuatro años que Manolo había salido de Lima, su ciudad natal. Pasó primero un año en Roma, luego, otro en Madrid, un tercero en París y finalmente había regresado a Roma. ¿Por qué? Le gustaban esas hermosas artistas en las películas italianas, pero desde que llegó no ha ido al cine. Una tía vino a radicarse hace años, pero nunca la ha visitado y ya perdió la dirección. Le gustaban esas revistas italianas con muchas fotografías en colores; o porque cuando abandonó Roma la primera vez, hacía calor como para quedarse sentado en un Café, y le daba tanta flojera tomar el tren. No sabía explicarlo. No hubiera podido explicarlo, pero en todo caso, no tenía importancia.

Cuando salió del Perú, Manolo tenía dieciocho años y sabía tocar un poco la guitarra. Ahora al cabo de casi cuatro años en Europa, continuaba tocando un poco la guitarra. De vez en cuando escribía unas líneas a casa, pero ninguno de sus amigos había vuelto a saber de él; ni siquiera aquel que cantó y lloró el día de su despedida.

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Cuento corto de Guillermo Fadanelli: Me basta

cuento, Guillermo Fadanelli
Degas Edgar (dit), Gas Hilaire-Germain Edgar de (1834-1917). Paris, musÈe d’Orsay

 

Todo comenzó cuando abrí una puerta que debió mantenerse siempre cerrada. No soy la clase de bebedor que acostumbra husmear en las habitaciones de las casas a donde se me invita. La rutina que sigo cuando me presento en una fiesta es sencilla: selecciono un sillón en el rincón más cómodo de la casa, sonrío, bebo todo lo que se me ponga a la mano y me marcho cuando se termina el vino o cuando los anfitriones están cansados y hartos de la reunión que ellos mismos propiciaron. Sí, es cierto que la rutina no siempre puede seguirse al pie de la letra y justo eso fue lo que sucedió el día en que abrí la puerta indebida y conocí a Siena.

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Cuento de Manuel Peyrou: El busto

 

Manuel Peyrou, cuento
Escritor argentino Manuel Peyrou, de joven.

Hizo el nudo de la corbata y, al mismo tiempo que tiraba hacia abajo para ajustarlo, apretó con dos dedos el género, de modo que a partir del lazo hiciera un doblez, un repliegue central, evitando la formación de pequeñas arrugas. Se puso el saco azul y verificó el efecto general. Estar impecable era para él una forma de la comodidad. Satisfecho —dignamente satisfecho—, salió y cerró con cuidado la puerta de calle. No había podido asistir a la iglesia, pero esperaba llegar antes de las diez a la casa de su hermana. Era el día del casamiento de su sobrino mayor, quien más que un pariente era su amigo. Pasó frente a los porteros de las casas vecinas y les deseó con llaneza las buenas noches; era una elegante silueta, a pesar de sus años: alto, moreno, con el cabello ligeramente estriado de plata.

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