Cuento de Isabel Allende: Una venganza

de Isabel AllendeEl mediodía radiante en que coronaron a Dulce Rosa Orellano con los jazmines de la Reina del Carnaval, las madres de las otras candidatas murmuraron que se trataba de un premio injusto, que se lo daban a ella sólo porque era la hija del Senador Anselmo Orellano, el hombre más poderoso de toda la provincia. Admitían que la muchacha resultaba agraciada, tocaba el piano y bailaba como ninguna, pero había otras postulantes a ese galardón mucho más hermosas. La vieron de pie en el estrado, con su vestido de organza y su corona de flores saludando a la muchedumbre y entre dientes la maldijeron. Por eso, algunas de ellas se alegraron cuando meses más tarde el infortunio entró en la casa de los Orellano sembrando tanta fatalidad, que se necesitaron veinticinco años para cosecharla.

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Cuento de Iván Turgueniev: Jermolai y la molinera

Cuento corto de Ivan Turgeniev
Familia campesina rusa época del zar

No sabría decir si los cuentos reunidos en el volumen Memorias de un cazador, de Iván Turgueniev (1818-1883), son cuentos de caza o cuentos sociales ambientados en el mundo rural de caza. Me baso exclusivamente en el contenido, en los textos. Es cierto que los personajes se mueven en los bosques, pisotean los sembrados, traspasan cercas, se escurren por las laderas de pantanos y ríos y suben a la montaña en busca de las fieras mayores. Sin embargo, el centro de cada historia es la situación de los campesinos rusos, su pobreza, su menoscabo, su atraso y ese apego enfermizo a la religión que los hace más dependientes y más ignorantes. Que me perdonen las gentes creyentes, pero yo lo veo así. Entonces al leer el libro caemos en un realismo ortodoxo, en una denuncia social que nos viste a nosotros también de harapos y nos coloca barbas y melenas desarregladas, desaseo, y observamos de cerca de niños muy serios con gorritos para el frío y botas de caña alta para chapotear en el barro.

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Cuento de Rudyard Kipling: El cuento más hermoso del mundo

 Rudyard Kipling, el cuento más hermoso del mundo

Se llamaba Charlie Mears; Era hijo único de madre viuda; vivía en el norte de Londres y venía al centro todos los días, a su empleo en un banco. Tenía veinte años y estaba lleno de aspiraciones. Lo encontré en una sala de billares, donde el marcador lo tuteaba. Charlie, un poco nervioso, me dijo que estaba allí como espectador; le insinué que volviera a su casa.

Fue el primer jalón de nuestra amistad. En vez de perder tiempo en las calles con los amigos, solía visitarme, de tarde; hablando de sí mismo, como corresponde a los jóvenes, no tardó en confiarme sus aspiraciones: eran literarias. Quería forjarse un nombre inmortal, sobre todo a fuerza de poemas, aunque no desdeñaba mandar cuentos de amor y de muerte a los diarios de la tarde. Fue mi destino estar inmóvil mientras Charlie Mears leía composiciones de muchos centenares de versos y abultados fragmentos de tragedias que, sin duda, conmoverían el mundo. Mi premio era su confianza total; las confesiones y problemas de un joven son casi tan sagrados como los de una niña. Charlie nunca se había enamorado, pero deseaba enamorarse en la primera oportunidad; creía en todas las cosas buenas y en todas las cosas honrosas, pero no me dejaba olvidar que era un hombre de mundo, como cualquier empleado de banco que gana veinticinco chelines por semana. Rimaba «amor y dolor», «bella y estrella», candorosamente, seguro de la novedad de esas rimas. Tapaba con apresuradas disculpas y descripciones los grandes huecos incómodos de sus dramas, y seguía adelante, viendo con tanta claridad lo que pensaba hacer, que lo consideraba ya hecho, y esperaba mi aplauso.

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Cuento de Alfredo Bryce Echenique: Dos indios

Dos indios, Bryce Echenique

Hacía cuatro años que Manolo había salido de Lima, su ciudad natal. Pasó primero un año en Roma, luego, otro en Madrid, un tercero en París y finalmente había regresado a Roma. ¿Por qué? Le gustaban esas hermosas artistas en las películas italianas, pero desde que llegó no ha ido al cine. Una tía vino a radicarse hace años, pero nunca la ha visitado y ya perdió la dirección. Le gustaban esas revistas italianas con muchas fotografías en colores; o porque cuando abandonó Roma la primera vez, hacía calor como para quedarse sentado en un Café, y le daba tanta flojera tomar el tren. No sabía explicarlo. No hubiera podido explicarlo, pero en todo caso, no tenía importancia.

Cuando salió del Perú, Manolo tenía dieciocho años y sabía tocar un poco la guitarra. Ahora al cabo de casi cuatro años en Europa, continuaba tocando un poco la guitarra. De vez en cuando escribía unas líneas a casa, pero ninguno de sus amigos había vuelto a saber de él; ni siquiera aquel que cantó y lloró el día de su despedida.

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Cuento corto de Guillermo Fadanelli: Me basta

cuento, Guillermo Fadanelli
Degas Edgar (dit), Gas Hilaire-Germain Edgar de (1834-1917). Paris, musÈe d’Orsay

 

Todo comenzó cuando abrí una puerta que debió mantenerse siempre cerrada. No soy la clase de bebedor que acostumbra husmear en las habitaciones de las casas a donde se me invita. La rutina que sigo cuando me presento en una fiesta es sencilla: selecciono un sillón en el rincón más cómodo de la casa, sonrío, bebo todo lo que se me ponga a la mano y me marcho cuando se termina el vino o cuando los anfitriones están cansados y hartos de la reunión que ellos mismos propiciaron. Sí, es cierto que la rutina no siempre puede seguirse al pie de la letra y justo eso fue lo que sucedió el día en que abrí la puerta indebida y conocí a Siena.

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Cuento de Manuel Peyrou: El busto

 

Manuel Peyrou, cuento
Escritor argentino Manuel Peyrou, de joven.

Hizo el nudo de la corbata y, al mismo tiempo que tiraba hacia abajo para ajustarlo, apretó con dos dedos el género, de modo que a partir del lazo hiciera un doblez, un repliegue central, evitando la formación de pequeñas arrugas. Se puso el saco azul y verificó el efecto general. Estar impecable era para él una forma de la comodidad. Satisfecho —dignamente satisfecho—, salió y cerró con cuidado la puerta de calle. No había podido asistir a la iglesia, pero esperaba llegar antes de las diez a la casa de su hermana. Era el día del casamiento de su sobrino mayor, quien más que un pariente era su amigo. Pasó frente a los porteros de las casas vecinas y les deseó con llaneza las buenas noches; era una elegante silueta, a pesar de sus años: alto, moreno, con el cabello ligeramente estriado de plata.

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Cuento corto de Andrés Ortiz Tafur: Caminando en círculos

cuento corto
Casa junto a la vía, de Edward Hopper (1925)

Hay un terreno lleno de traviesas que linda con el mío. Antes esas traviesas fijaban dos vías. Y mucho antes de eso, cuando yo era niño, sobre esas vías circulaban trenes. Luego el tránsito de trenes fue disminuyendo hasta desaparecer del todo. Y finalmente, un gobierno decidió reutilizar o vender como chatarra las vías, y el terreno que linda con el mío se quedó como ahora: solo con las traviesas.

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