El verano de Juan Ramón Santos

El verano del endocrino

Juan Ramón encarrila su narración con frases y párrafos largos –tan denostados hoy día– y sin apenas diálogos directos, todo ello con un lenguaje muy elaborado que no cae nunca en la exageración ni en el adjetivo fácil. Destaca también el intercambio de narradores: el omnisciente y en ocasiones el narrador-testigo –o quizá una mezcla de ambos–, muy cautos a la hora de no enseñar más cartas de las debidas.

F.R.C

Me bastó leer Cortometrajes, la ópera prima de Juan Ramón Santos, para comprender que estaba ante un escritor dispuesto a sortear las propuestas literarias manidas. Ha llovido desde entonces, y en todos estos años, en todos estos libros, el placentino ha ido redoblando, sin prisas pero sin pausas, ese empeño en desarrollar una carrera literaria muy personal, atípica incluso, alejada de las modas.

Su último vástago, El verano del Endocrino, finalista de la última edición del Premio Nadal y publicada recientemente en El Baile del Sol, orbita alrededor de un personaje estelar, una suerte de don Quijote huérfano de Sancho Panza que se echa por los caminos del conocimiento con la intención de hacer de su vida un laboratorio de ensayo y error. Situémonos: un forastero llega a Labriegos cargado de libros –algo sospechoso…– y al poco tiempo acaba convirtiéndose en su habitante más popular en parte por el motivo –paradójico– de que nadie sabe nada de él. Tampoco el lector, que ha de ir conformando la estampa inasible, suministrada en pequeñas dosis, de un tipo que unas veces nos parece un sabio y otras un desnortado, unas veces un dechado de cordura y otras un loco, pero siempre  a la búsqueda de respuestas redentoras.

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Las historias verdaderas de Paul Auster

Las historias verdaderas de Paul Auster

Una de las cosas más placenteras que he hecho estas Navidades ha sido releer un librito en edición bolsillo, El cuaderno rojo, de Paul Auster (Booket, 2012), imprescindible para comprender el universo literario del gran escritor estadounidense. El subtítulo del libro, Historias verdaderas, no es marketing. Todo lo que cuenta Auster en estas páginas es real. Eso es lo que él afirma una y otra vez, y yo me lo creo. Y lo que cuenta no son sino breves y amenas historias marcadas por un denominador común: el azar.

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Voces para un tímpano muerto

Voces para un tímpano muerto, Editorial Talentura, Miguel A. Zapata,

Los padres oyeron el diagnóstico de boca del pediatra: su hija es de crecimiento tardío.

Durante el funeral de la niña, pudieron oírse los primeros crujidos en la madera del ataúd.

“Presciencia”, cuento incluido en Voces para un tímpano muerto

Miguel A. Zapata pertenece a esa insigne estirpe de escritores que han extraviado un manuscrito. El suyo no se quedó olvidado en el asiento de un tren o en el banco de un parque, sino que fue devorado por un virus informático. Después de cuatro años esquilmando la memoria, el texto ha visto la luz en la editorial Talentura como Voces para un tímpano muerto.

Hablamos, pues, de una reencarnación literaria, un producto de ultratumba. Es lógico que el redactor de la contraportada se refiera a estas piezas narrativas no como microrrelatos, cuentos cortos o ficciones breves sino como “osario de gritos”, “un manual de espejismos” o “trastornos oníricos”. Es posible que sortee la etiqueta de ‘microrrelato’ para evitar la excesiva cercanía con un género que, en su peor versión, se convierte a veces en un complaciente laboratorio de ideas para escritores primerizos.  

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Cuestionario literario: Antonio González Prado

Antonio Jesús González

El mundo editorial en estos últimos años se tambalea, la llegada de la piratería y el libro electrónico, la competencia con tantas opciones de distracción como brindan las nuevas tecnologías ha alejado a muchos lectores de los libros. Se venden mucho menos, por tanto hay menos editoriales y las que hay no siempre están dispuestas a arriesgar su dinero en nuevos autores. Por otro lado ahora abundan las editoriales especializadas en autopublicaciones que a cambio de una cantidad de dinero son capaces de sacar a la luz casi cualquier cosa.

1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?

Al final de mi adolescencia, tenía un diario en el que aunque reflejaba lo que me pasaba lo hacía de una manera novelada. Aquellos textos, sin ser algo premeditado, resultaban cada vez más poéticos de tal forma que, cuando por fin accedí como lector voluntario al mundo de la poesía, escribirla me resultó un proceso natural. Poco a poco, mi evolución como escritor me hizo adentrarme más en la faceta novelista y autor de cuentos en detrimento de la poesía. Nunca tuve más pretensión que intentar plasmar en un texto mi sensibilidad e imaginación, resultaría pretencioso ir más allá. Ya es bastante con considerar que uno tiene algo que decir lo suficientemente interesante como para ser leído por el resto.

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Cuestionario literario: Víctor Peña Dacosta

 Víctor Peña Dacosta

Las redes sociales son un arma fabulosa y, como todas las armas, conllevan una cierta responsabilidad: es decir, todos deberíamos usarlas para propagar aquello que consideremos que merece ser propagado, no el libro del amigo de un amigo que, aunque plagia descaradamente a Cortázar y de vez en cuando se le escapan unas cuantas faltas de ortografía, tiene un blog e igual nos acaba sacando… Si nos limitamos al círculo vicioso de chuparnos las pollas recíprocamente, se convierte en un arma que sirve como herramienta de coacción y, lo que es peor, en algo aburrido.

1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?

Empecé desde muy pequeño y sin más pretensión que la mayor en aquellos años: que mis padres se sintieran orgullosos (hoy me conformo con no avergonzarles demasiado).

Posteriormente, gané algunos certámenes literarios y en 1º y 2º de Bachillerato fui la joven “mascota” de un taller literario que impartía nada menos que Gonzalo Hidalgo Bayal y en el que conocí a (futuros) autores como Juan Ramón Santos, Myriam Rubio, José García Alonso… Aprendí mucho y pareció que me lo iba a tomar algo más en serio, pero durante los años de Universidad me enfrasqué en otros menesteres y prácticamente dejé de escribir hasta que lo retomé a eso de los 22 o 23. Para entonces me había conquistado la poesía o había descubierto que la pereza me impedía desenvolverme en otros géneros (“Confieso que escribo en verso por pura pereza”, reconozco en mi primer libro). Y aquí sigo.

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El bálsamo de las palabras

El Diario Down, Francisco Rodríguez Criado, Tolstoievski

#10

Los días siguientes al nacimiento de Francisco los recuerdo como una pesadilla, como si yo fuera un personaje de cuento de Horacio Quiroga, inmerso en la selva de la adversidad, presa de un entorno endiablado que conspiraba contra mí.

Pasaba los días entre el hospital, el supermercado y la farmacia, y el poco rato libre lo disponía para dormir o lo empleaba en buscar un lugar de acogida provisional para la fogosa Betty (cuarenta kilos de cruce de mastín y labrador), a quien no podíamos dejar sola en casa por la noche porque sufría ansiedad por separación (en esta vida todos sufrimos algún tipo de síndrome, querido mío).

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Cuestionario literario: Dominique Vernay

 

Dominique Vernay

1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?

Mis primeros escritos fueron notas que iba dejando en la mesita de noche de mi madre para que no se olvidase de cerrar la puerta con llave antes de irse a la cama, de apagar el gas, de dejar un poco de luz en el pasillo y, sobre todo, para recordarle que la quería mucho. Sigo escribiendo por las mismas razones que cuando tenía siete años. Escribo para sobrellevar lo mejor posible mis miedos.

2 ¿Planificas los libros antes de sentarte a escribirlos o surgen sobre la marcha, al hilo de tus pensamientos, sin planificación?

Los relatos más o menos cortos surgen sobre la marcha, sin avisar y, como si la vida me fuera en ello, tengo que compartir lo antes posible lo que sea que, de repente, haya hecho que me sintiera más viva.

Para la novela está también esa idea inicial que necesito compartir, pero en vez de ser una “idea-chispa” es una “idea-fuego”, de esos fuegos que tardan en prender, pero que una vez bien alimentados no quieren apagarse.

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