“El viajero del siglo”, de Andrés Neuman

Andrés Newman, viajero del siglo, Editorial Alfaguara
El viajero del siglo, de Andrés Neuman (Alfagura)

 

A Wandernburgo, una ciudad “móvil” entre Sajonia y Prusia (geográficamente indeterminada), ha llegado un viajero sin aparentes raíces, un hombre extraño tocado con un birrete que ha hecho del viaje por el viaje su razón de ser, alguien para quien el mundo y la vida no son sino una sucesión de estampas callejeras que en nada le comprometen. Wandernburgo no es un destino final sino una etapa más. Y sin embargo… hay algo en la ciudad y en sus habitantes que le atrae irremediablemente. Con el paso de los días, este hombre sin aparentes ataduras acaba preso de una serie de fuerzas ignotas que le impiden abandonar el lugar; donde antes había un viajero ahora hay un ciudadano.

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Grandes Libros: “Eleazar o el manantial y la zarza”, de Michel Tournier

novela, Eleazar, Michel Tournier
Eleazar o El manantial y la zarza, de Michel Tournier (Alfaguara, 2003)

 

Eleazar, primero pastor de ganado y después pastor de almas, es un hombre tan íntegro como rígido. Imbuido de un poderoso fervor religioso (no exento de dudas sobre cuál es la religión verdadera: ¿El protestantismo?, ¿el catolicismo), se echa la familia a cuestas y en plena hambruna abandona su Irlanda natal para emigrar a Estados Unidos. No es solo el hambre lo que pretende dejar atrás, también le aflige un oscuro suceso personal, impropio de una persona como él (suceso que desde luego no procede revelar aquí).

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“La casa de Dostoievsky”, de Jorge Edwards

La casa de Dostoievski, de Jorge Edwards
La casa de Dostoievski, de Jorge Edwards

 

La casa de Dostoievsky, de Jorge Edwards 

Resulta que el gran poeta chileno Enrique Lihn (1929–1988) padecía una suerte de síndrome de Diógenes que le empujaba a acumular en casa todo tipo de trastos. Durante una época vivió en un dormitorio alquilado donde había ido guardando zapatos, papeles, libros… El acopio de retales llegó a tal grado que un día no pudo abrir la puerta y tuvo que salir por la ventana. Como había dejado la llave dentro, Lihn decidió no regresar jamás.
Jorge Edwards escribió un relato largo (unas setenta páginas) sobre el suceso, pero mientras lo corregía se percató de que aquella historia daba para mucho más. Daba, exactamente, para La Casa de Dostoievsky (Planeta-Casa de América), obra con la que ganó el premio Cervantes en 2008.

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"El principito", de Antoine de Saint-Exupéry

Antoine de Saint-Exupéry y El Principito. Fuente de la imagen

Antoine de Saint-Exupéry (1900–1944) tenía cuarenta y tres años cuando publicó El Principito, una novela corta de difícil clasificación (no es para niños pero tampoco es en apariencia una novela al uso para adultos) que con el paso de los años acabaría por convertirse en el libro más leído de la literatura francesa. Más que cualquier título de Proust, Zola o Flaubert…

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“Stepanchikovo y sus moradores”, de Fiódor Dostoievski

Stepanchikovo y sus moradores, de Fiódor Dostoievski (El Aleph, 2010)

Dostoievski ha pasado a la Historia de las Letras como el gran maestro ruso decimonónico que desgranó con gran talento tesis sesudas sobre la humanidad (filosóficas, religiosas, sociológicas, políticas, etcétera) en novelas ambiciosas como Los hermanos Karamazov o Crimen o castigo. Se nos dice por activa y por pasiva que es uno de esos escritores irrenunciables a los que debemos leer aunque su propuesta narrativa nos exija un gran esfuerzo intelectual. Esa es precisamente una de sus grandes virtudes: poner el intelecto al servicio de la narración, o viceversa (si se prefiere).

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“El amor a la vida”, de Erich Fromm

Erich Fromm, autor de El amor a la vida. Fuente de la imagen
Erich Fromm nació en 1900 en Francfort del Meno, Alemania, en el seno de una familia judía ortodoxa que había dado varios rabinos. Es lógico, pues, que pronto se interesara por las narraciones del Viejo Testamento, cuyas enseñanzas acabaría comentando en algunos de sus libros. Cuando aún era un adolescente, protestó vivamente contra la Primera Guerra Mundial. A esta juvenil implicación política le seguiría un suceso que cambió su percepción de la vida: el suicidio de una amiga de la familia, una artista joven y hermosa, que decidió acompañar a su padre al más allá cuando el buen hombre falleció. Este suicidio, en principio incomprensible, marcó quizá el inicio de su interés por el psicoanálisis, que le depararía una fructífera carrera: al cabo de los años se convirtió en uno de sus máximos exponentes.

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