Voces para un tímpano muerto

Voces para un tímpano muerto

Los padres oyeron el diagnóstico de boca del pediatra: su hija es de crecimiento tardío.

Durante el funeral de la niña, pudieron oírse los primeros crujidos en la madera del ataúd.

“Presciencia”, cuento incluido en Voces para un tímpano muerto

Miguel A. Zapata pertenece a esa insigne estirpe de escritores que han extraviado un manuscrito. El suyo no se quedó olvidado en el asiento de un tren o en el banco de un parque, sino que fue devorado por un virus informático. Después de cuatro años esquilmando la memoria, el texto ha visto la luz en la editorial Talentura como Voces para un tímpano muerto.

Hablamos, pues, de una reencarnación literaria, un producto de ultratumba. Es lógico que el redactor de la contraportada se refiera a estas piezas narrativas no como microrrelatos, cuentos cortos o ficciones breves sino como “osario de gritos”, “un manual de espejismos” o “trastornos oníricos”. Es posible que sortee la etiqueta de ‘microrrelato’ para evitar la excesiva cercanía con un género que, en su peor versión, se convierte a veces en un complaciente laboratorio de ideas para escritores primerizos.  

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Cuestionario literario: Miguel Ángel Molina López

Miguel Ángel Molina López, 99 microrrelatos

1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?

Supongo que soy un caso atípico ya que empecé hace poco más de seis años, y de casualidad. Mi mujer, que es la que siempre se ha dedicado a escribir en la familia, tenía costumbre de mandar microrrelatos a distintos concursos, y al leer lo que ella escribía me animé a intentarlo yo también. No lo hice con ninguna pretensión, solo pensé en intentar hacer algo parecido a lo que hacía ella.

2 ¿Planificas los libros antes de sentarte a escribirlos o surgen sobre la marcha, al hilo de tus pensamientos, sin planificación?

Aunque en mi vida soy bastante cuadriculado, en el tema de la escritura no planifico nada, todo es cuestión de inspiración. Así, puedo estar días, semanas o meses sin escribir nada, o de repente en un día puedo ponerme a escribir sin parar porque las ideas surgen sin forzarlas.

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Microrrelato de Francisco Rodríguez Criado: Ladridos

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Fuente de la imagen

Abrió la puerta y caminó sigilosamente por el pasillo hasta la habitación. Ella dormía ya. Conteniendo la respiración, se quitó la ropa y se acostó a su lado, evitando el roce. Al poco se quedó transpuesto.

Una hora después le despertaron los empujones de su mujer, que se estremecía y farfullaba palabras incoherentes. Parecía tan indefensa… La miró y sintió frío pese a los calores del verano. Entonces se arrimó sin miedo, pasó con delicadeza una mano por su frente, acarició su pelo y le susurró palabras agradables al oído. Y en ese instante, al contacto de su piel, adivinó su pesadilla. Es más, la vio. El pelo alborotado, desnuda, muy delgada, el rostro desencajado, arrinconada al fondo de lo que parecía un oscuro callejón sin salida, acosada por varios perros feroces que, amenazantes, ladraban y enseñaban con obstinación sus colmillos afilados… Trataba de gritar, pero el terror oprimía su garganta. Inesperadamente un hombre, también desnudo, hizo su entrada en el sueño; corría e iba armado con un machete. Los perros, al olisquear la presencia humana, se giraron hacia él y salieron instintivamente en su caza. El hombre no se atrevió a hacerles frente y emprendió la huida. Los ladridos eran cada vez más insistentes.

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Microrrelato Andrea Bocconi: Tranvía

Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. “Amplia sonrisa, caderas anchas… una madre excelente para mis hijos”, pensó. La saludó; ella respondió y retomó su lectura: culta, moderna.

Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni siquiera lo conocía.

Microrrelato de Corebo: Y tenía un lunar, o el lunar de Clarice

Clarice tenía un lunar en el centro mismo de su largo cuello. Cuando no quería que se lo vieran o que se le notase, ella cerraba los ojos como dos persianas que caen y detienen abruptamente la luz.

Y entonces las miradas invasivas de sus cercanos o de la calle se detenían en sus párpados, de modo que el hermoso lunar sólo quedada para ella