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Cuento de Diego Fandos: Vecinos

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Cuento de Diego Fandos : El Vecino (Ira)  

Los días pasaban bajo una monotonía inmisericorde. Que ninguno de los dos tuviera trabajo ni esperanza de poder conseguirlo hacía que cada jornada resultara una fotocopia emborronada de la anterior.

Además de la inactividad forzada y la falta de dinero, el calor pegajoso de ese mes de julio criminal provocaba que las discusiones en casa se prodigaran con más frecuencia que de costumbre. Y como ninguno de los dos quería vivir pendiente de las miserias del otro, ella empezó a quedar más con sus amigas y yo opté por sumergirme en la televisión. Sin embargo, al ser verano, ya no había partidos de liga ni de champions, y ese año no se celebraban Juegos Olímpicos ni Mundial… Los realities no me atraían y las series me aburrían… La tele ya no era capaz de anestesiarme con la violencia necesaria.

Después lo intenté con internet, pero me recordaba demasiado la búsqueda infructuosa de empleo. Lo de leer lo dejé después de la Primera Comunión. Hobbies no he tenido nunca… Así que empecé a pasar las horas sin hacer nada, sentado en el sofá simulando una reflexión profunda. Comencé a fantasear sobre cómo habría sido mi vida si hubiera elegido otros estudios, otra ciudad, otra mujer… Después, agotadas las diferentes variables existenciales, llegaba el vacío y la modorra.

Fue en uno de esos momentos de sopor -iba a la nevera a por otra cerveza cuando, por casualidad, empecé a mirar por la ventana el edificio de enfrente. El espectáculo minimalista resultaba entretenido por su verosimilitud, mucho mejor que un reality porque sabías que allí no había guionistas, ni presentadores, ni publicidad: algunos niños distraídos molestaban a sus madres; conversaciones alteradas en ruso salpicaban los silencios; y lo mejor, la inquilina del 2º, que se secaba tras la ducha olvidándose de cerrar la persiana.

Sin embargo, mi atención poco a poco comenzó a concentrase en la inquietante presencia del vecino del piso ubicado justo enfrente del nuestro. No me gustaba su aspecto, su mirada, ni cómo trataba a su mujer.

La primera disputa llegó un domingo por la tarde, motivada por si el postre había estado bueno o no. Luego vino el orden de la casa. Esa noche que no viniste. Cuánto quedas con tus amigas. Y qué se yo más…

Un lunes vi que le pegaba. Hizo lo mismo el martes. Y el miércoles. Cada vez más fuerte.

Una semana más tarde, al filo de la medianoche, observé con pavor el resplandor de un cuchillo en el piso de los vecinos. Tras un momento de turbación, llamé a la policía, que acudió rápidamente a su domicilio.

Al día siguiente, un comisario me dijo que allí, en ese piso, no vivía nadie. Y que no había rastro de que lo hubieran habitado en mucho tiempo, ya que todo el suelo estaba cubierto de polvo y ni siquiera había muebles… tan sólo uno… un espejo… un gran espejo situado enfrente de mi ventana… desde donde podía contemplarlo todo.

Incluido en El libro de los amores limón

© Ediciones Eunate y Diego Fandos

Cuento de Diego Fandos: Tren a la deriva (Zebrzydowice)

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