Cuento escondido de Antonio Tabucchi

cuento escondido de Antonio Tabucchi
Antonio Tabucchi

Tabucchi, con el corazón partido en dos

Por Ernesto Bustos Garrido

Antonio Tabucchi muere de cáncer, en Lisboa, a los 68 años de edad. Había nacido en Pisa, Italia, pero Portugal lo atraía sobremanera. Le apasionaba caminar a todas horas por las calles adoquinadas de Lisboa, sentir las sirenas de los barcos de mil banderas y por las noches irse a escuchar fado. Fijó su residencia en ese puerto. Vivía la mitad del año allí. La otra parte del año se iba a Italia para dar clases en la Universidad de Siena. El amor por Portugal le vino a través de la obra de Pessoa. Con el tiempo se convirtió en un experto en la obra de poeta lusitano.

El primer libro de cuentos, Plaza de Italia, lo publicó en 1973, y en el que ya se aprecia el trasfondo político de su literatura. Reconocido mundialmente por su novela Sostiene Pereira, siempre se atrevió a denunciar los abusos a los derechos humanos de parte de las dictaduras.

El siguiente fragmento presenta las características de ser un relato oculto dentro de su libro El juego al revés.

La casa del turco

Antonio Tabucchi

(cuento escondido)

“Por favor, por favor, que no estamos en casa del turco”. El tío Alfredo utilizaba siempre esta curiosa expresión; era gracioso oírsela decir entre sus frases españolas, recuerdo estábamos en la mesa, a él le gustaban muchísimo los callos a la parmesana, encontraba que los argentinos eran unos estúpidos porque lo único que apreciaban de las vacas eran los bistecs, y sirviéndose generosamente de la gran sopera humeante me decía “anda a comer. niño, que no estamos en la casa del turco”. Era una frase de su infancia, del tío Alfredo y de papá, quién sabe a qué época se remontaba, yo entendía la idea, quería decir que se trataba de una casa en la que reinaba la abundancia y cuyo dueño era generoso, quién sabe por qué lo contrario era atribuido a los turcos, tal vez fuese una expresión que venía de las invasiones sarracenas. Y el tío Afredo, en efecto, fue generoso conmigo, me hizo crecer como si fuese un hijo, por otra parte él no tenía hijos: generoso y paciente, exactamente como un padre, y probablemente conmigo hiciese falta bastante paciencia, era un muchacho melancólico y distraído, originaba un montón de problemas debido a mi carácter, la única vez que le vi perder la paciencia fue terrible, pero no fue por mi culpa, estábamos comiendo, yo había armado una buena con un tractor, tenía que hacer una maniobra difícil para meterlo al taller, quizás estaba distraído, y además en aquel momento por la radio se oía a Modugno que cantaba “Volare” y el tío Alfredo lo había puesto a todo volumen porque le encantaba. Al entrar (yo) había rozado el costado de un Chrysler y había hecho un buen estropicio. La tía Olga no era mala, era una véneta parlanchina y refunfuñona que se había mantenido obstinadamente apegada a su dialecto, cuando hablaba apenas se la entendía, mezclaba el véneto con el español; un desastre. El tío y ella se habían conocido en Argentina; cuando decidieron casarse los dos estaban ya entrados en años, en fin no puede decirse que hubiese sido un matrimonio por amor, digamos que había sido conveniente para ambos, para ella porque había dejado de trabajar en la fábrica de carne enlatada y para el tío Alfredo porque necesitaba una mujer que tuviera ordenada la casa. No obstante se tenían cariño, o al menos simpatía, y la tía Olga le respetaba y le mimaba. Quién sabe por qué aquel día le salió aquella frase, quizás estaba cansada, estaba aburrida, había perdido la paciencia, ciertamente no hacía ninguna falta, el tío Alfredo ya me había regañado antes y yo estaba bastante mortificado, yo no levantaba los ojos del plato, y la tía Olga sin mayor preámbulo, pero para no ofenderme, la pobre, así, como quien hace una constatación dijo “es hijo de un loco, sólo un loco podía hacerle aquello a su mujer”. Y entonces vi al tío Alfredo levantarse con calma, el rostro demudado, y darle una tremenda bofetada. El golpe fue tan violento que la tía Olga se cayó de la silla y al caer se agarró al mantel arrastrándolo al suelo con todos los platos. El tío Alfredo salió lentamente y bajó al taller a trabajar, la tía Olga se levantó, como si no hubiese pasado nada, se puso a recoger los platos rotos, barrió el suelo, puso un mantel limpio porque el otro se hallaba en condiciones deplorables, volvió a poner la mesa y se asomó al hueco de la escalera.

–Alfredo –gritó– ¡la comida está en la mesa!”

 

Fragmento del cuento “Carta desde Casablanca”, del libro El juego al revés. Antonio Tabucchi. Anagrama/Febrero 2010

 

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