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Cuento escondido de Truman Capote en la novela ‘El harpa de hierba’

Cuento escondido de Truman Capote
Chaterine, Dolly y Collin debajo del gran árbol

Cuento escondido de Truman Capote en la novela ‘El harpa de hierba’

Por Ernesto Bustos Garrido

El arpa de hierba es una novela un tanto desconocida para los lectores de Truman Capote. Editorial Anagrama de Barcelona sostiene que es una obra imprescindible en el conjunto del trabajo del autor de A sangre fría. Contiene retazos de la vida del propio autor con cambios de escenarios, nombres y circunstancias. Así y todo, no logra esconder un cierto carácter autobiográfico.

Alrededor del año 1940, un muchacho de once o doce años llamado Collin queda huérfano y se tiene que ir a vivir a una quieta cuidad del sur este de Estados Unidos con unas tías por parte del padre. Se trata de Verena y Dolly Talbo, dos mujeres absolutamente distintas entre sí. La primera es casi una arpía, autoritaria y calculadora, y la segunda toda bondad, aparentemente simplona, pero con una vida interior muy rica y agitada. En la casa vive también una criada de color, Catherine, que llena sus cachetes con algodón para encubrir su falta absoluta de dientes. Dolly y Catherine son compinches y Collin se les une, formando un trío soñador e inseparable. Un día Verena trae a casa a un individuo que quiere patentar un brebaje inventado por Dolly y que ella elabora con hierbas silvestres. El brebaje es para combatir la hidropesía y es muy probable que Verena quiera robarle la fórmula e inscribir la marca a su favor. Dolly se rebela y se va de la casa en compañía de sus amigos.

La historia tiene el sonido de una anterior novela de Capote, Otras voces, otros ámbitos, en la que aparecen ciertos rasgos de humor, pero sobre todo destaca el clima y forma de vida en esas somnolientas comunidades del sureste de Estados Unidos, con sus frenos religiosos, sus códigos sociales y rígidas costumbres.

Juan Marín, respetado crítico literario del diario El País de España, dice sobre El arpa de hierba: Truman Capote es un maestro en contar con indiscutible sencillez lo que tiene de complicado la vida. Transmite al lector el temblor de que una vez, en algún sitio incorrecto, se perdió la posibilidad de ser feliz”.

El siguiente es un relato escondido dentro de la novela (Cap. II) cuando Dolly, Catherine y el joven Collin se han ido a vivir a la copa de un gran árbol después de descubierta la triquiñuela que Verena pensaba realizar.

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 Poster de la película homónima dirigida por Charles Matthau

 

El arpa de hierba

Traducción de Joaquín Adsuar

Cap II

De no haber sido por Riley Henderson, dudo que nadie hubiera sabido, o al menos tan pronto, que estábamos en el árbol.

Catherine había llenado su bolsa de hule con todas las sobras de la cena del domingo y estábamos disfrutando de un desayuno con pasteles y pollo cuando en el bosque resonaron unos disparos. Nos quedamos inmóviles y el pastel se secó en nuestras bocas.

Debajo de nosotros apareció un perro perdiguero muy delgado, seguido de Riley Henderson, que llevaba al hombro una escopeta y en torno al cuello una guirnalda de ardillas ensangrentadas y atadas por la cola. Dolly se bajó el velo del sombrero como si tratara de camuflarse entre las hojas.

Riley se detuvo no lejos del árbol, con expresión de atención en su rostro juvenil y atezado (*). Se echó la escopeta a la cara como si esperara un blanco sobre el que disparar tan pronto se presentara. La tensión fue excesiva para Catheine, que gritó:

–¡Riley Henderson, no te atrevas a disparar sobre nosotras!

La escopeta se movió y el chico se volvió. Las ardillas oscilaron como un collar suelto.

–Hola, Catherine Creek; hola, señorita Talbo. ¿Qué hacen ustedes ahí arriba? ¿Huían de algún gato salvaje?

–Simplemente estamos aquí sentadas –respondió Dolly con rapidez, como si tuviera miedo de que Catherine y yo nos adelantáramos a su respuesta–. Vaya, qué buena colección de ardillas.

–Tome un par de ellas –dijo soltando dos–. Anoche nos comimos algunas para cenar y eran muy tiernas. Espere un minuto, se las subiré.

–No tienes que molestarte, déjalas ahí abajo, en el suelo.

Riley dijo que las hormigas se encargarían de ellas y trepó al árbol. Su camisa azul estaba manchada de sangre y también había gotas de sangre seca en su pelo áspero de color cuero; olía a pólvora y su rostro simpático y de facciones regulares estaba tostado por el sol y tenía el color de la canela.

–¡Vaya, si hay una cabaña en el árbol! –dijo mientras golpeaba con el pie las tablas del suelo como para cerciorarse de su resistencia.

Catherine le advirtió que aún era una casa arbórea, pero que pronto dejaría de serlo si seguía pataleando sobre ella. Riley preguntó:

–¿Las has hecho tú, Collin?

Tuve una agradable sorpresa al darme cuenta de que había pronunciado mi nombre. Pensaba que yo no era más que una mota de polvo para Riley Henderson.

Pero yo sí le conocía a él…

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