Cuento de terror de Ánxel Fole: ¡Viña do alén!

Cuento de terror de Ánxel Fole
Escritor gallego Ánxel Fole

Os ofrezco hoy un cuento del escritor y periodista Ánxel Fole, una de las referencias de la narrativa gallega. El siguiente relato, “¡Viña do Alén”, está incluido en su libro Á lus do candil, y lo doy en la traducción de Alejandro Pareja, con algunos pequeños cambios que he realizado yo. Como cuenta el propio Pareja, las piezas incluidas en el citado libro “son cuentos de miedo para relatar a la lumbre de la lareira las dilatadas noches de invernía”.

Respeto el título del cuento en gallego, pero os indico que significa “¡Venía del más allá!”.

Espero que os guste.

 

¡Viña do alén!, un cuento de terror de Ánxel Fole

Fue en la feria de Rubián. Por entonces me dedicaba a comprar y vender ganado. Ganaba hasta veinte duros por semana tratando con bueyes… Era por Enero. Ya pasaran Reyes.

Yo y otros tratantes habíamos comido en casa de Tumbarón. Buen yantar, y que Dios no nos lo dé peor. Chorizos con cachelos y vino del Lor. Éramos cuatro: Chinchas, Pelandrusco, o Fogueteiro y yo. Como que come, bebe que bebe, juega que juega. El Pelandrusco nos llegó a desplumar a uno tras otro.

Me olvidé de decirles que jugábamos en un cuarto del piso. Ya habíamos vendido todo el ganado que trajéramos. Cerramos la puerta tras de nosotros; y ya comprenderán por qué. Donde hay cuartos hay que tener mucho cuidado…Venga un trago… Allí había un hombre…

No sé qué cosa de raro le encontré a su vestido. Desde luego, no era ya de nuestro tiempo. Llevaba una chaqueta de pana negra ribeteada de alpaca… Aún traía una así la mujer de don Ángel, el farmacéutico de Bóveda. Y una camisa almidonada… Déjenme recordar. Un chaleco color tabaco. Y antiparras. Era un hombre que tendría sesenta años, poco más o menos. Y parecía hombre de carrera. Como todos nosotros, estaba con las cartas en la mano. No hablaba. Me daba miedo… Y mucho más me dio.

Iba un tute, pero ahora no sé quién ganaba. El Chinchas acababa de cantar las cuarenta, gritando muy fuerte; o Fogueteiro golpeaba la mesa con el puño; yo… yo levantaba la cabeza para mirar aquel hombre… ¡Ya no estaba allí! Miré para todos los lados. Nada. Ni que lo llevara el demonio. De verdad que no me sentía bien. Le pedí a mis compañeros que dejasen de jugar.

–¿No visteis un hombre ya viejo, de chaqueta negra, que estaba jugando frente a mí de cara a la puerta? ¿Con quién de vosotros vino? Hace un instante que desapareció, y yo no sentí abrir la puerta. ¿Quién lo vio marchar?

Nadie lo viera, o nadie reparó en él. Se pusieron a contar los cuartos. Después de muchas cuentas parecía que no faltaban ni dos reales.

Me levanté. La ventana y la puerta estaban cerradas. No entendía aquello. Pero cuando di la vuelta para volver a sentarme, miré para un gran retrato de marco dorado que estaba en la pared, a la izquierda de la ventana. ¡Era igualito!

Al fijarme en él sentí un escalofrío en el espinazo, como cuando supiera, hacía muchos años, que me tocaba hacer el servicio en tierra de moros. Todos callaban. Oí la voz de Pelandrusco:

–Olvida eso. Debieron embrujarte cuando saliste de casa. Así Dios me salve. Yo no estaba para risas. ¿Aquel hombre era el del cuadro?

Salí fuera, y fui en busca del Tumbarón a la taberna, que estaba en el bajo. Muchos feriantes había en ella. El tabernero y sus hijas despachaban cafés, copas, vasos, pantrigo, queso…

Yo debía de estar muy pálido, porque Tumbarón me preguntó:

–¿Qué te pasa? ¿Te va mal? ¿Quieres una copita de aguardiente de hierbas? Es muy buena para los males repentinos.

Aún no les dije cómo era Tumbarón. Hombre muy corpulento, fuerte como un peñasco. Cuando algún borracho esbardallaba mucho y se empeñaba en no salir de la taberna, él no andaba con requisitorias ni tonterías. Cogía un mazo de madera de acacia, que tenía para embocar las espitas en las cubas, y le asentaba dos golpes bien dados en el cogote.

Con sus setenta años aún cargaba con dos fanegas de pan a la espalda. Pero esto no hacía al caso.

Fuimos los dos a una mesa apartada que estaba vacía. Mandó traer unos cafés y unas copas.

Le conté lo que me pasara. Tumbarón escuchaba sin perder palabra. Cada poco encendía un cigarro.

–No creas –le decía yo– que enloquecí. Lo vi con mis propios ojos, como te estoy viendo a ti. El hombre del cuadro y el hombre que jugaba con nosotros, eran la misma persona.

Tampoco se puede decir que fue el vino, pues apenas comenzaba a beber. Todo era igualito: las mejillas hundidas, los ojos fatigados. Y no era un fantasma, porque le sentí el aliento. Nadie lo vio salir, ni yo tampoco. Mejor dicho, fui el único que lo vi allí… ¿Qué te parece?

Tumbarón tardó en responder. No sé qué cosa rara le noté en la mirada.

–El hombre del cuadro –dijo– murió hace más de veinte años.

Me estremecí… Siguió hablando:

–Era don Venancio, que fue médico de este pueblo. Yo lo apreciaba mucho. Me salvó de la muerte en el tiempo de la gripe. Si no fuese por él ya estaría en el nicho, debajo de las piedras. Pero él no pudo salvar a su mujer, ni a sus tres hijas. En menos de un mes las llevó la muerte a las tres. Don Venancio cambió completamente. Se dio a la bebida y jugaba todo lo que tenía. Me llevaba el demonio al verlo tumbado por los caminos. Murió en la pobreza. Sus herederos, que vinieron a hacerse cargo de lo poco que dejara, tuvieron que vender los muebles para pagar deudas. Todo lo que le quedó no valdría ni dos mil reales. Y eso que fue el mejor médico que hubo aquí. En el mismo cuarto donde están los tratantes ahora, jugaba todo lo que ganaba. Yo compré algún mueble y también su retrato. Lo tuve siempre en el cuarto de matrimonio. Pero hubo que sacarlo de allí y ponerlo donde lo has visto.

Tumbarón se acercó a mí. Echándome todo el aliento en la oreja, me dijo en voz baja:

–Mi mujer también lo vio… ¿Sabes? ¡Venía del otro mundo!

Salí en busca de mis compañeros. Les grité desde el pasillo, porque no quería entrar en el cuarto. Aún estaban jugando y vociferando. Les recordé que teníamos que hacer más de cuatro leguas de camino. A fuerza de gritarles conseguí sacarlos de allí. Fuimos a la cuadra a preparar las bestias…

Era una noche estremecida. Helaba. Pronto salió la luna. Se veía casi como si fuese de día. Las bestias parece que tenían más prisa que nosotros por llegar a casa. Yo iba un poco atrás.

Un extraño malestar me hacía ir callado… Sentí que una mirada me taladraba la nuca. No sé si dije bien. Ya no pude resistir más. Giré la cabeza. En una vuelta del camino había un hombre vestido de negro. Me señalaba con la mano derecha. Tenía algo en ella. No era un pañuelo; más bien una billetera… Jamás volví a coger las cartas.

© Traducción: Alejandro Pareja




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1 comentario en “Cuento de terror de Ánxel Fole: ¡Viña do alén!”

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