El complejo de Di, de Dai Sijie

Nuestro colaborador el periodista Ernesto Bustos Garrido nos ofrece una estampa de China a partir de la novela El complejo de Didel escritor Dai Sijie ,que se hizo bastante popular gracias a otra novela: Balzac y la joven costurera china

El complejo de Di

No lo pasó bien el joven Dai Sijie durante los años en que su país, China, estuvo envuelto en la llamada Revolución Cultural (Un gran salto hacia adelante 1966-1976*).

El autor de la novela Balzac y la joven costurera china nace 2 de marzo de 1954 en Putian, República Popular China. Su adolescencia está rodeado por convulsiones y revueltas entre los seguidores de Mao Zedong y los líderes conservadores y revisionistas.  El 1 de octubre de 1949 Mao, Zedong había proclamado en Pekín la República Popular China, dando así un golpe de timón para encausar la revolución –su revolución– por un camino sin retorno al pasado feudal.

La instalación del gobierno revolucionario, encabezado por el Partido Comunista, es un trámite cuesta arriba. Las costumbres jerárquicas de una China feudal están muy arraigadas. La tierra sigue en pocas manos y Mao decide una reforma agraria. La tierra se redistribuye, pero las autoridades descubren que muchos campesinos están vendiendo las tierras que deberán producir a través de un sistema cooperativo. En la política externa hay dificultades. Fracasa, por el estallido de la guerra de Corea, el plan de Mao de invadir Taiwán, para sacar de allí a los nacionalistas encabezados por el general Chiang Kai-shek, y de esta forma terminar por reunificar todo el territorio chino. A poco Stalin, que era el gran socio de la china comunista, exige a Mao reconocer la autonomía del gran territorio llamado Mongolia Exterior.

Lo que se llama “el frente interno” pareciera resquebrajarse. Entonces el líder de la Revolución decide desbaratar todo intento de aquellos políticos conservadores que quieren volver a la pasado, aduciendo que el pueblo está pasando hambre, lo cual en cierto modo es verdad a causa del fracaso de las políticas agrarias e industriales.

En medio de este verdadero “guirigay”, crece y abre los ojos al mundo el joven Dai Sijie. En 1966, cuando él tiene apenas doce años, es reclutado como “guardia rojo”, como millones de adolescentes, para vigilar el cumplimiento de las metas de la revolución. Es el movimiento conocido como “La Revolución Cultural”” Se persigue y desenmascara a los tradicionalistas, se prohíben libros y prensa “reaccionaria”. Se destituye y encarcela a los políticos y funcionarios que miran hacia el pasado. La violencia surgida de este enfrentamiento se cobra miles y miles de víctimas. Los ajusticiamientos se escenifican en plazas y calles. Todo el mundo ve cómo con un disparo en la cabeza se termina con la disidencia. A los jóvenes más renuentes al cambio se les traslada a lugares remotos para ser “reeducados”.

Dai Sijie vive esta experiencia, que le sirve de telón de fondo para escribir su aplaudida novela Balzac y la joven costurera china. Es una fotografía fiel del período. Para las masas no hay otra verdad que la escrita por el gran líder en su Libro Rojo. La maleta con libros que uno de los jóvenes confinados encuentra es el símbolo de la existencia de un mundo más amplio, más diverso, más tolerante. Este es el mensaje de la obra.

En El complejo de Di también se critican los excesos del régimen maoísta. ¿El principal?: La corrupción y los crímenes que se cometen al amparo de las sombras que proyecta. También la trama está anclada en los años inmediatamente posteriores a la Revolución Cultural.

 

***

 

En El Complejo de Di, el abanderado de la historia es Muo, un psicoanalista formado en Francia (gracias a una beca obtenida en los años 80), quien tiene a Freud y Lacan como sus maestros. Cuando retorna a su país se entera que su enamorada está en la cárcel por haber captado unas fotografías de torturas a disidentes del régimen imperante. Muo decide rescatarla o conseguir su libertad. Pero para eso es necesario pagar una fuerte suma de dinero al juez encargado de la causa. Se trata de una coima, “un regalo” que le debe hacer al siniestro funcionario y que alcanza a los diez mil dólares. Consultando a los esbirros y cómplices del corrupto letrado, Muo averigua que esa suma de dinero no es suficiente. El juez le hace saber que también deberá proporcionarle una mujer joven que sea virgen, es decir, que no haya conocido el amor íntimo. Es un perverso, un gran degenerado, como muchos de los altos funcionarios del régimen.

En ese punto comienza el peregrinaje de Muo en busca de ese tesoro. Es difícil, porque China ya no es la China de los tiempos de Mao y tampoco de Dem Xia Ping, quien imponiendo algunas reformas logra instalar el neoliberalismo y la economía social de mercado. Por eso China experimenta una transformación: vírgenes solo en los santuarios, y eso…

De esta historia que contiene un clara crítica a la actual política social y económoia china, es el fragmento rescatado de la novela editada por Salamandra, El complejo de Di.

Sijie hace gala en su escritura de una atractiva forma de narrar. El relato es detallado en pasos y circunstancias. Lo hace con claridad e ironía. Muo es a veces una caricatura, pero le sirve para denunciar las contrariedades de la nueva sociedad China post-Mao, post Den-Xiao Ping. Muo, montado en una bicicleta añosa, recorre pueblos y rincones en busca de la virgen. Incluso hace tratos con una capitana que administra un gran centro de trabajo femenino, una especie de gran agencia de empleo para jóvenes sin destrezas claras y sin porvenir. Los tratos terminan mal cuando la mujer –bastante mayor y fea por añadidura– se enamora del psicoanalista formado en Francia, y le propone casamiento.

¿Cómo conseguirá ahora Muo la virgen para el corrupto juez?

 

* Gran Revolución Cultural, o simplemente wéngé, (Revolución Cultural) fue una campaña de masas en la República Popular China organizada por el líder del Partido Comunista de China, Mao Zedong, de 1966 a 1976 y dirigida contra altos cargos del partido e intelectuales a los que Mao y sus seguidores acusaron de traicionar los ideales revolucionarios, al ser, según sus propias palabras, partidarios del camino capitalista.

* Guirigay, nombre masculino 1. Ruido confuso de voces y gritos. Ejemplo: “en la clase solo se oía el guirigay de los niños”. 2. Situación en la que hay mucho ruido y gran movimiento de personas.. Ejemplo: “Hacía siglos que no se armaba un verdadero guirigay que divirtiese a la gente”. The Free Dictionary. 


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá t

El complejo de Di (Narrativa)
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Diez mil dólares y una muchacha virgen (Cuento oculto en El complejo de Di)

Fue en mayo, dos meses antes de que perdiera la maleta en el tren (aparentemente fue un robo que sufrió Muo), y cuatro y medio antes de esa noche en blanco bajo los barrocos astros de la Bahía de los Cangrejos, cuando presentó al juez Di sus credenciales, es decir, un soborno de diez mil dólares.

El nombre completo del juez es Di Jiangui, siendo Di el apellido de su familia –una familia obrera– y Jiangui su nombre, un nombre muy común en China, cuya aparición coincidió con la de la República Comunista en 1949 y que significa “Construcción de la Patria”, en referencia a una solemne declaración realizada por Mao en la plaza de Tiananmen con voz de contralto un poco temblorosa. A comienzos de los años setenta, Di Jiangui ingresó en la policía, ese pilar de la dictadura del proletariado, en la que pasó quince años y se convirtió en tirador de elite de los pelotones de ejecución y buen comunista. En 1985, en plena reforma económica de China, fue designado para el tribunal de Chengdu, una ciudad de ocho millones de habitantes. ¡Qué regalo, uno de los cargos más privilegiados y codiciados! Como la mayoría de los asuntos del país –y sobre todo los de la justicia– se resuelven a golpe de soborno, el juez Di no tardó en fijar su tarifa, a saber, mil dólares por un delito común, una suma ya astronómica en la época; luego, a medida que el precio de la vida encarecía, el suyo de multiplicaba, hasta alcanzar los diez mil dólares en el momento en que Volcán de la Vieja Luna fue detenida y cayó en sus garras. Asunto público.

Aunque nuestro psicoanalista nació y se crio en ese país, muy caro a su corazón, en el que vivió la Revolución Cultural y los demás acontecimientos de las tres últimas décadas, y aunque a menudo haya dicho a sus amigos que “la mejor frase del Libro Rojo de Mao, la única que dice la verdad, es que bajo la dirección del Partido Comunista Chino, cualquier milagro es posible”, ese milagro tan extraordinario –los sobornos pagados a los jueces– le repugnaba, a pesar de todo. No obstante, haciendo de tripas corazón, cuando el abogado de su amiga Volcán de la Vieja Luna, le explicó el proceso, procuró mostrarse comprensivo. El abogado, de treinta y cinco años, oficialmente independiente pero designado por el tribunal, pertenecía secretamente a ese mismo tribunal y, por si fuera poco, era miembro de la misma cédula que el Juez Di, es decir, del tribunal. (Otro milagro, más modesto que el anterior pero sumamente revelador, que también repugnaba a Muo). El abogado era famoso en la ciudad por sus sempiternos trajes negros Pierre Cardin y sus corbatas de un rojo chillón, que había inspirado una famosa réplica en plena sesión de un juicio. Una vendedora analfabeta acusada de robo por el abogado en cuestión, que representaba al patrón de la mujer, acabó por apuntarle con la barbilla y espetarle: “¡Más te valdría mirarte, so guarro, que te has puesto el paño higiénico de tu mujer alrededor del cuello!” La gente se pegaba por obtener sus servicios, pues era conocido por su apretada libreta de direcciones, sus relaciones con los jueces y su talento de intrigante, capaz de organizar una suntuosa cena, en un salón privado o tras el biombo lacado y supuestamente antiguo de un restaurante de cinco tenedores (por ejemplo, el Holiday Inn), entre un juez y un presunto asesino la víspera del juicio, para convenir la pena que el primero impondría al segundo al día siguiente, mientras saboreaban juntos, en perfecta complicidad, manjares deliciosos, como el abalón, también llamado “oreja marina”, un crustáceo de Sudáfrica, las patas de oso importado de Siberia o ese plato conocido como “los tres gritos”, que consiste en degustar vivos ratoncillos recién nacidos, cuyos chillidos recuerdan el llanto de un bebé. El primer grito lo emiten al atraparlos entre los palillos de jade; el segundo, al mojarlos en una salsa de vinagre o jengibre; y el tercero, al caer en la boca del comensal, entre los amarillentos dientes de un juez o la deslumbrante dentadura blanca de un abogado, sobre cuyo pecho flota una corbata roja salpicada de grasienta salsa.

 

***

 

El caso de Volcán de la Vieja Luna era complicado, peliagudo; en la medida de que se trataba de política, de atentado contra la imagen del país, el abogado–conspirador era categórico: ninguna comida, ni la más espléndida, podía arreglar el asunto; por el contrario, había que actuar “con precaución, método y paciencia, porque el menor paso en falso, puede ser fatal”.

En casa de los padres de Muo, en la cocina atestada de cacerolas, el abogado se las daba de gran estratega. Su plan, aparentemente ingenioso, se basaba en la sesión semanal de footing del juez Di. Este, desde el comienzo de su carrera y, según sus propias palabras, con el fin de “beber en las fuentes”, se daba todos los domingos una carrerita en solitario, por el descampado en el que el pelotón de ejecución fusilaba y sigue fusilando a los condenados a muerte, individualmente o en grupo. Dicho lugar, tan familiar, tan querido para el ex tirador de elite se encontraba en un suburbio del norte de la ciudad, al pie de la Colina del Molino. El abogado sugirió a Muo que fuera allí y se presentara no como un psicoanalista, sino como profesor de Derecho de una gran universidad china que estaba visitando el lugar de ejecución con vistas a preparar un proyecto de ley gubernamental. El encuentro debía parecer fortuito. Mientras tomaba nota de las apasionantes experiencias del juez, Muo tenía que lanzar constantes exclamaciones de admiración y sorpresa, de forma que el juez –esa era la argucia– aceptara ir a tomar un té con él, para continuar la conversación. Y sería en la intimidad del salón privado de una casa de té donde Muo debería sacar a colación el caso de Volcán de la Vieja Luna y tratar de obtener su libertad, a cambio de un soborno de diez mil dólares.

 

***

 

Al domingo siguiente, Muo se puso un traje viejo que le prestó su padre y, tras tomarse el cuenco de fideos instantáneos con un huevo que le preparó su madre (sus padres, dos modestos adjuntos en la Facultad de Medicina Occidental, se mostraban discretos y prudentes y evitaban inmiscuirse en el asunto de Volcán de la Vieja Luna), cogió un taxi, atravesó la ciudad y llegó a la Colina del Molino hacia las siete y media. El sol apenas despuntaba. Mientras escuchaba el último movimiento del concierto de los sapos, las ranas y los grillos, Muo trató de recordar la configuración topográfica de la colina, a la que había ido para ayudar en sus tareas a los campesinos revolucionarios, durante el verano de sus doce años. Tomó un sendero que creía un atajo, en el que estuvo a punto de caerse dos veces, no debido a los accidentes del terreno, sino a las dos o tres formas humanas con las que se cruzó y a las que, fueran de uno u otro sexo, tomó, invariablemente, por el juez Di.

En esos momentos, el falso profesor sentía una oleada de calor que le subía a las mejillas, como si tuviera el cuerpo lleno de sangre viciada, espesa y negra. Al cabo de un rato, temió haberse perdido en la colina, de nuevo desierta y llena de senderos que se bifurcaban. Atravesó una enorme explanada llena de tumbas que ascendían por la ladera, sepulturas de forma redondeada en las que yacían los ajusticiados más pobres, cuyos cuerpos no había reclamado nadie. Algunas no eran más que simples lomos de tierra desnuda, sin lápida ni mención de nombre fecha.

De pronto, sonó una campanilla, suspendida del cuello de un búfalo, que apareció al final de un brumoso sendero que serpenteaba entre las tumbas, Muo, que veía al juez Di por todas partes, fue presa del pánico una vez más, pero no tardó en tranquilizarse; detrás del animal caminaba una pareja: un joven campesino que vestía chaqueta occidental y vaqueros remangados hasta las rodillas y llevaba un pesado arado de madera al hombro, y, a su lado, una muchacha con falda y zapatos de tacón alto y cuadrado, de caucho, que empujaba una bicicleta.

El encuentro con Muo no pareció causar la menor sorpresa a aquellos dos jóvenes modernos, que le indicaron el camino sin interrumpir su conversación íntima, salpicada de risas; y se alejaron como en un poema pastoral, acompañados por el dulce tañido de la esquila del búfalo. ¡Qué armonía matinal! ¡Qué grande y digna del homenaje de uno de sus hijos errantes es mi patria socialista!

escritor y cineasta Dai Sijei.
Escritor y cineasta Dai Sijei.

Contrariamente a lo que recordaba, el escenario de la tortura suprema, el fusilamiento, era de una insignificancia descorazona–dora. Allí no había altas hierbas amarillas oscilantes y susurrantes, ni tierra empapada con las lágrimas de las víctimas, amarillenta como el gargajo de un viejo enfermo, ni innumerables champiñones blancos y carnosos, proliferando a la sombra de los arbustos; ni aves carroñeras trazando círculos sobre su cabeza, negras al remontar el vuelo, negras al batir las alas, negras al planear en el aire… Un descampado insustancial, en extremo decepcionante. Carente de color, de ruido, de sentido. Solemnemente indiferente al sufrimiento. Los ojos de Muo no tardaron en habituarse a la penumbra y distinguir las siluetas de dos hombres que cavaban con palas, sin hacer apenas ruido.

“Puede que el juez Di haya cambiado de método de “beber en las fuentes”, se dijo Muo… ¿O serán fantasmas? ¿Las almas de dos muertos que han vuelto para vengarse?

El rostro de un amigo de la infancia olvidado hacía mucho tiempo regresó a su memoria. Se estremeció, aterrado. Era Chen, apodado Pelos Blancos, el único de sus amigos que a principios de los años ochenta, había conocido la riqueza y el éxito y se había convertido en yerno del alcalde de la ciudad y presidente de una sociedad que cotizaba en bolsa, para acabar condenando a muerte, hacía tres años, por tráfico de automóviles extranjeros. ¿Lo habrían fusilado al pie de aquella colina? ¿De rodillas? ¿Con la espalda ofrecida al cañón de un fusil anónimo, a la detonación de un arma sin piedad, disparada a unos metros detrás de él? Muo había oído decir que la posición de los dedos del condenado era determinante, y que le ataban cuidadosamente los brazos a la espalda para que las balas de los tiradores de elite penetraran, precisamente, por el pequeño cuadrado que formaban los dedos índice y medio, tras lo cual se encontraba el corazón.

Los hombres de las palas vestían uniforme militar sin charreteras de oficial. Ninguno de ellos podría ser el juez Di. El calor volvió a inundar el rostro de Muo. Uno de los soldados llevaba un casco de metal demasiado grande para él y, al apoyar en la pala un pie calzado con una bota sucia y agujereada en la puntera para hundirla en la tierra, el casco, adornado en el centro con una estrella roja, se le cayó de la cabeza y fue a parar al fondo del hoyo, que casi había terminado de cavar. El hombre se agachó, lo recogió y descubrió, muerto de risa, un gusano de tierra marrón con listas verdosas que serpenteaba por la resbaladiza pared del casco. Lo hizo caer y lo cortó en pedazos con la pala. Los pequeños chorros de materia viscosa arrancaron fuertes risotadas a ambos soldados.

No era la primera vez que Muo se sorprendía a sí mismo, pero descubrir que tenía dotes de comediante y produjo una sensación embriagadora. Su mentira brotó con una naturalidad fluida, alada. “¡Oh, flor desnuda de mis labios!”, que dijo Mallarmé. Incluso consiguió imitar el tono serio, un tanto académico, de un profesor de Derecho pekinés. Su falsa identidad le iba como un guante. Y su misión gubernamental impresionó a los dos soldados. Muo se interesó por la utilidad de los agujeros que estaban cavando.

–Es –dijo el asesino del gusano– para que antes de dar la última boqueada, el fulano no ruede de aquí para allá y lo llene todo de sangre.

–Al criminal se lo ejecuta de rodillas –explicó el otro, que parecía más espabilado–, disparándole una bala en el corazón. Cae fulminado al agujero. Si se retuerce durante la agonía, la tierra se desmorona a su alrededor y lo inmoviliza. A continuación, vienen los médicos para extraer los órganos. Mañana si tiene curiosidad, pida una autorización especial. Verá cómo es la cosa sobre el terreno.

Muo lanzó una rápida mirada a los oscuros y malévolos agujeros y sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal.

Sus explicaciones son muy claras, dijo haciendo como que tomaba notas en su cuaderno.

–Es el filósofo del escuadrón –respondió el asesino del gusano, señalando a su compañero.

Los soldados se despidieron con respeto casi servil. Antes de que se marcharan, Muo vio aparecer a un hombre de unos cincuenta años, que llegó corriendo vestido con una camisa blanca a rayas azules que parecía la chaqueta de un pijama y a la que le faltaban dos botones.

–El juez Di, que viene a hacer footing –murmuró Muo con voz temblorosa pero particularmente excitada.

_¿El juez Di? –le preguntó al asesino del gusano a su camarada–. ¿Quién es? Mira qué camisa lleva, parece de las que les ponen a los chiflados.

–¿No has leído las novelas del holandés? –repuso el filósofo del pelotón–. El juez Ti… ¡Qué magnífico personaje! ¡Qué detective tan agudo! ¿Sabes qué es la camisa que lleva? Una toga de juez de la dinastía Tang.

Con los ojos brillantes de orgullo, el soldado le estrechó la mano a Muo riendo y se fue con su camarada.

Pero Muo le dio alcance.

–¿Se burla de mí? Espero al juez más importante de la región, un hombre que puede condenar a muerte a cualquiera. ¿Es él?

–Sí –confirmó el filósofo guiñándole el ojo, disimuladamente, a su compañero.

–Es el famoso juez Di de Chengdu, el rey del infierno de los criminales –remachó el asesino del gusano.

Sentado en el suelo en medio del descampado, Muo siguió con la mirada la trayectoria circular del corredor. No se atrevía a molestarlo. Esperó. Los movimientos de aquel hombre eran tan regulares, tan mecánicos, tan inexorables como del ejército de hormigas que transportaban los trozos del gusano de tierra, e iniciaban la difícil ascensión a un tronco de árbol. De pronto el bocinazo de un vehículo lejano detuvo en seco la carrera del supuesto juez Di que se quedó escuchando con una inmovilidad teatral. Muo dudó. Pasó otro minuto; luego, todo se produjo al mismo tiempo; la calma volvió, el corredor respiró aliviado; las hormigas reanudaron la marcha. Muo se levantó y, presa de la angustia, mordiéndose el seco y agrietado labio, se dirigió hacia el hombre.

–¿Es usted el señor Juez?

El interpelado lo examinó sin responder. Muo tuvo la sensación de que esbozaba un movimiento de cabeza. Con un sentimiento complejo, mezcla de miedo, respeto, odio y desprecio, escrutó el pálido rostro del hombre, particularmente fatigado. Tenía el cuerpo tan delgado, tan huesudo, que parecía carecer de carne, de modo que la camisa blanca a rayas azules le sentaba como un saco. Llevaba el pelo desgreñado. Bajo los ojos, dos inmensas bolsas negras. De pronto, en la cabeza de Muo se hizo la luz: aquel hombre era un desgraciado, perseguido por los fantasmas de sus víctimas. No, él mismo se había convertido en un alma en pena. Olvidando la mentira que llevaba preparada, Muo le tendió la mano.

–Soy Muo, psicoanalista, recién llegado de París. Creo, señor juez, que estoy en condiciones de ayudarlo.

–¿Ayudarme?

–Sí. Salta a la vista que necesita usted un psicoanalista, basado en las teorías de Freud y Lacan.

Freud. Un nombre que no debía pronunciarse delante de aquel hombre bajo ninguna circunstancia. Demasiado tarde.

Sin dar tiempo a que Muo acabara la frase, el falso juez Di dio rienda suelta a su locura y le propinó un puñete en pleno rostro con tal fuerza que le clavó las gafas en la carne. Aullando de dolor, Muo oyó el zumbido en el interior de su cabeza y vio estrellas revoloteando a su alrededor. Luego, todo se oscureció. Muo no comprendía por qué estaba tumbado en el suelo, pero instintivamente se quitó las gafas, accesorio esencial en la vida de un intelectual miope, y perdió el conocimiento, mientras el corredor seguía dándole patadas en la cabeza, la entrepierna, los riñones y el hígado, con salvaje violencia. Pura locura.

El falso juez Di se marchó. Pero cuando apenas se había alejado unos metros, se detuvo y volvió sobre sus pasos. Se acercó a Muo, que seguía inconsciente y, con extraordinaria sangre fría, le cambió la chaqueta por su camisa a rayas. Con una sonrisa perversa, se la abotonó hasta el cuello. Un nuevo toque de claxon le hizo dar un respingo. Vestido con la chaqueta de Muo se marchó a la carrera, perseguido por el ulular de una sirena que pertenecía a la ambulancia de un centro psiquiátrico. El vehículo irrumpió en el descampado y trazó una circunferencia alrededor de Muo. Dos enfermeros de impresionante corpulencia se apearon de ella con una foto en las manos y se acercaron a Muo con precaución.

Muo se despertó, abrió los ojos y vio, en contrapicado, a dos gigantes que lo miraban de hito en hito. También descubrió que llevaba la camisa a rayas de su agresor y cuyo olor le revolvía el estómago.

–Cómo apesta esta ridícula camisa… murmuró, y volvió a sumirse en la inconsciencia.

Los dos enfermeros efectuaron una minuciosa comparación de la foto. Sin gafas, con la cara desfigurada por enormes moretones y con la nariz sangrándole, Muo estaba irreconocible. Los enfermeros acabaron diciendo que era el hombre de la foto, el loco que había huido de su centro por el pozo de las letrinas. (Llevaban dos días buscándolo y habían conseguido localizarlo gracias a la llamada telefónica de una pareja de campesinos). Le propinaron unas cuantas bofetadas para reanimarlo, pero en vano.

Con el faro giratorio encendido, la ambulancia se puso en marcha y abandonó el descampado, con Muo esposado en su interior. Ese domingo, el juez Di, el verdadero, no había podido cumplir su deseo de beber en las fuentes; estaba resfriado, después de pasar la noche en blanco jugando al mah-jong. Cómo no. El inevitable mag-jong.

 

Epílogo

(De una información en un periódico local)

–”Hará aproximadamente una semana el señor Ma Jin, huido de un hospital psiquiátrico fue encontrado inconsciente al pie de la Colina del Molino, en el lugar de ejecución de los condenados a muerte. Tenía el rostro ensangrentado y cubierto de hematomas. Sufría una leve conmoción cerebral. De regreso en el centro psiquiátrico, al volver en sí, rechazó categóricamente su identidad y aseguró ser un tal Muo, psicoanalista llegado de Francia, en fechas recientes, discípulo de Freud, si bien considera a Lacan “intelectualmente interesante, dotado de una fuerte personalidad capaz de hacer pagar a su clientela parisina fabulosos honorarios por sesiones de consulta que nunca pasaban de los cinco minutos”. El doctor Wang Yusheng, uno de los psiquiatras más prestigiosos de nuestro país, subdirector del Centro de Tratamiento de Enfermedades Mentales de Pekín, y el señor Qui, catedrático titular de Francés de la Universidad de Shanghai, fueron convocados para estudiar al sujeto. Las dos eminencias sometieron al evadido señor Ma jin a una serie de tests. El paciente reiteró en voz alta y en francés, pasajes enteros de Freud, frases de Lacan, Foucault, Derrida, el comienzo de un poema de Paul Valéry, el nombre de la calle en la que vivía en París, el de la boca de metro más próxima y el estanco de al lado, el Perro Fumador, el de la cafetería de debajo de su casa, el de la de enfrente, etc. (….) La conclusión de los dos expertos fue categórica: se trata de uno de los casos más desconcertantes de la historia de la Psiquiatría, conclusión que convulsionó inmediatamente los medios intelectuales de Chengdu. Catedráticos, investigadores, periodistas, estudiantes de Humanidades y sobre todo de Filosofía, que acariciaban desde hacía tiempo la ambición de convertirse en psicoanalistas acudieron en peregrinación al centro psiquiátrico en las horas establecidas, y la habitación del evadido francófilo no tardó en rebosar de visitas. Era una habitación individual dotada de nuevas medidas de seguridad, con rejas reforzadas y un enfermero–guardián que tenía el ojo pegado a la mirilla de la puerta, permanentemente. El enfermo se convirtió en el objeto de todas las especulaciones intelectuales de nuestra ciudad. Cuando lo visité en persona, lo estaba entrevistando un investigador universitario especializado en mitología china, que emborronaba de notas un grueso cuaderno, al tiempo que grababa la conversación en un magnetófono. La pretensión de dicho investigador era establecer la relación entre Ma Jin-Muo y el famoso inmortal cojo, personaje mítico muy popular. (Según la leyenda, cuando el alma de éste regresó de un viaje espiritual, descubrió que uno de sus discípulos había incinerado por error su cuerpo, inanimado desde hacía siete días. Apiadado, el Dios de la Misericordia hizo un milagro que permitió al alma errante transmigrar secretamente al cadáver de un mendigo cojo que se había muerto hacía poco. El resto es fácil imaginar: de pronto, el cuerpo inanimado despertó, se levantó, soltó una carcajada triunfal y se dirigió renqueando a su antiguo templo, para salvar al traumatizado discípulo que quería suicidarse).

Entre los regalos de las visitas, esparcidos sobre la cama metálica, encontré y pude hojear una revista estudiantil local impresa artesanalmente, en uno de cuyos artículos se defendía la siguiente hipótesis: el evadido era la reencarnación de un traductor de francés fusilado hace tiempo. Antes de abandonar el centro, pude recoger diversos testimonios que coincidían, unánimemente, sobre este punto: El paciente no tenía nada que ver con los otros enfermos. Nunca se quejaba de la comida ni de la rigurosa disciplina. Daba la sensación de estar a gusto allí. No paraba de decir, y no precisamente en broma, que un manicomio es la mejor universidad del mundo. Un hombre educado, amable, atento, que tomaba nota de todo, de los gritos histéricos nocturnos, de los efectos de los electroshocks, de los sueños de los demás enfermos, etc…. “Era un hombre muy romántico –declaró su enfermero–guardián–. Pese a todos los calmantes que tomaba mañana y tarde, me contaba un montón de historias, más o menos picantes, chinas, o extranjeras y, a cambio, me pedía que trajera hojas de papel. Escribía cartas de amor largas como novelas, aun sabiendo que nunca llegarían a su destino, dirigidas siempre a la misma mujer, una presa, su amor, de nombre cómicamente inolvidable, según sus propias palabras. Pero nunca me lo reveló. Era su secreto”.

Ayer, convocada por la dirección del centro, la mujer de Ma Jin, una antigua cantante de ópera, acudió a confirmar la identidad del evadido. Apenas lo vio, pareció sufrir un schock. Hay que decir que hace tres años su marido se convirtió al budismo y se fue a vivir a un templo. Al parecer, había cambiado tanto, físicamente, que estaba irreconocible. La mujer pidió conversar a solas con él. Se le concedió. Estuvieron hablando durante una hora. Tras la entrevista, la ex cantante de ópera confirmó que se trataba de su cónyuge, el señor Ma Jin. Cumplimentó los trámites administrativos para obtener el alta del paciente y se lo llevó a casa. Pero esa misma noche, ¡golpe de efecto! Mientras se daba una ducha, el falso o verdadero Ma Jin, volvió a escaparse por la ventana utilizando una larga cuerda de toallas y camisones. Y desapareció sin dejar rastro.

Esta mañana la antigua cantante de ópera ha declarado a los periodistas: “Tengo muchas ganas de encontrarlo”.

 

*** Un cuento oculto en el libro El complejo de Di (Le complexe di Di) del escritor Dai Sijie. Editorial Salamandra. Biblioteca Viva. Fundación Fuente. Santiago–Chile.

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