El intérprete del dolor, de Jhumpa Lahiri

Por Ernesto Bustos Garrido

Arranco con una suerte de “declaración de principios” que hacía tiempo quería explicitar. Voy a referirme a la narrativa de la escritora norteamericana de origen bengalí Jhumpa Lahiri, Premio Pulitzer el año 2000. Pero antes deseo decir que no me gusta personalizar la crónica literaria, ni ningún tipo de producto escritural. Si tengo que hablar de un libro –que es lo que ahora me propongo– me referiré a él como un objeto de arte o como un asunto cotidiano. No me gusta declarar o contar cómo me encontré, conocí y me relacioné con él. Esas son subjetividades. El cronista no es noticia.

Los libros llegan a uno a través de una compra, un préstamo, un regalo o una herencia, y basta con eso. No me gusta decir que me lo recomendó una tía, que escuché a Fulano y Mengano hablar de él, o que lo hallé por casualidad en una librería de viejos. Tampoco va a confesar que se lo envió envuelto en papel de regalo la editorial

Existen incontables maneras de “apearse del caballo”, pero nunca contando historias personales, que tienen poca credibilidad, aburren, y menos aún afirmar que “lo descubrí en un baúl en la buhardilla de la casa de mis abuelos”.

¿Vamos a hablar de estos prolegómenos, de las anécdotas que lo rodean, o del libro propiamente tal?

Aún más: no es necesario decir que “leí el libro”. Si no lo hubiera leído, no estaría por escribir algo sobre él.

En el periodismo todo parte por lo nuevo, lo no tan nuevo, o aquello que se llama el “capirotazo” del asombro. (Capacidad de asombro, nos decían los viejos maestros en la Escuela de Periodismo). Si un libro o un autor no te asombra, ni para bien ni para mal, olvídalo, no te refieras a él, y tampoco babees sobre la cuartilla donde vas a escribir. El mérito de la obra es lo que debe primar. Si el libro no tiene mérito, no lo menciones, no lo tomes en cuenta, ignóralo. Cíñete a tu gusto personal, aplicando sentido común y criterio, porque lo que no es de tu agrado, puede resultar exultante para otros. ¿Estamos?

El libro de relatos de Jhumpa Lahiri Intérprete del dolor ha caminado solo hacia los cenáculos de la mejor narrativa de hoy. Lo conforma un conjunto de nueve historias, de las cuales cuatro se localizan en Estados Unidos, donde la autora vivió gran parte de su vida, tres en la India, de donde son sus ancestros, y uno en Europa.

Con este libro una joven Jhumpa Lahiri se hizo merecedora al premio Pulizter (*). Fue un golpe a la cátedra. No es fácil que una debutante en las letras consiga de entrada este reconocimiento de tanta significación. Pues bien, ella lo logró, pero aquello no estuvo exento de trabajo y sacrificio.

En palabras de la misma Jhumpa, este fue su vía crucis: “Escribir como yo lo  hice, fue una faena solitaria y dolorosa. Nadie está a tu lado para decirte si vas bien o estás mal. Hablar con los otros escritores es una guerra interna, desgastadora y prolongada. Antes de ingresar al taller de Escritura Creativa/Ficción de la Universidad de Boston, me sentía avergonzada, insegura. Ojalá nadie me mirara. Pero a pesar de ello llevaba un instinto de supervivencia que el tiempo fue fortaleciendo. Esto me dio fuerzas para entrar como “oyente” y recibir el encargo del director, Leslie Epstein, de escribir algo. Lo hice y lo entregué llena de dudas. Un día en los pasillos de la Universidad, se me acaercó y me dijo: ‘El comienzo es un poco extenso, pero puedes inscribirte como alumna regular‘. Di un salto porque yo estaba solo como participante; de ahí en más, todo mejoró. Mis compañeros del curso me apoyaron y me animaron a crear, porque los creadores en general somos todos tímidos, aunque a veces nos ponemos osados”.

“Cuando terminé el curso todavía yo no era una escritora; estaba comenzado el largo camino. Esto no es como un arquitecto o un abogado, que cuando les dan el título, ya pueden ejercer. Los escritores deben ir quemando etapas, que es como cargar un piano hasta el quinto piso”.

“Ahí intensifiqué mis lecturas y lo hacía como una aspirante a narradora, no como un académico. Mis influencias están en Faulkner, Flannery O’Connor, Tolstoi, Anton Chejov, William Trevor y James Joyce. La lectura de Ana Karenina me marcó a fuego, y también Gabriel García Máquez, un gigante”, confiesa. “Encontré que en su escritura había siemnpre algo vibrando”.

Hoy Jhumpa Lahiri vive en Italia. Lleva dos o tres años en Roma. No quiere ni oír el inglés. Se expresa y escribe en italiano. De hecho, su última novela Donde me encuentro (Lumen), la escribió en ese idioma. “Lo descubrí leyendo a los novelistas italianos actuales (Va a editar en breve una antología con 40 nombres escogidos). El italiano dice finalmente es “mi nuevo espacio mental, creativo y emocional. Estoy “al día” (Estoy más allá de las dudas existenciales. Hoy me siento el resultado de muchas migraciones”).

Y es cierto. Jhumpa nació en Londres en 1967. A los dos años con su familia se trasladó a Rhode Island. Luego se estableció en Nueva York. Cada cierto tiempo viaja a la India y visita a sus antepasados en Bengala. En el 2017 tomó la decisión de irse con familia a Roma, “dove alora mi trovo”, dice.

* Algunos de los escritores que han ganado el Pulitzer:  Junot Díaz, Cormac McCarthy, Jeffrey Eugenides, Philip Roth, Richard Ford, John Updike (dos veces) Anne Tyler, Toni Morrison (Premio Nobel de Literatura), Norman Mailer, Eudora Welty y John Cheever entre otros.

Capirotazo: Golpe fuerte en la cabeza para despertar al dormido, al lerdo, al dudoso.

Cuento de Jhumpa Lahiri: Sexy

(fragmento tomado de Intérprete del dolor)

Era la peor pesadilla que podía tener una esposa. Después de nueve años de matrimonio, explicó Laxmi a Miranda, el marido de su prima se había enamorado de otra mujer. La había conocido en un vuelo de Delhi a Montreal y, en vez de seguir el camino hacia su hogar, mujer e hijos, lo que hizo fue bajarse con ella en Heathrow.

Después llamó a su mujer para informarla de que había trabado una relación que había cambiado su vida y que necesitaba tiempo para ver las cosas con perspectiva. Desde ese día, la prima de Laxmi guardaba cama.

—Y no la culpo por eso —añadió Laxmi, sirviéndose más galletitas picantes, de las que mascaba todo el día y que a Miranda le recordaban un polvoriento cereal anaranjado—.

Puedes imaginar. La chica es inglesa y tiene la mitad de años que él. —Laxmi era apenas unos años mayor que Miranda, pero ya estaba casada y tenía una fotografía de su marido y ella sentados en un banco de piedra blanca ante el Taj Mahal adherida en el tabique de su cubículo, adyacente al de Miranda.

Laxmi había pasado más de una hora al teléfono, tratando de consolar a su prima. Nadie se había dado cuenta. Ambas trabajaban en una emisora pública de radio, en el departamento encargado de captar fondos adicionalesç para la emisora, y estaban rodeadas de empleados que se pasaban el día al teléfono insistiendo en obtener un compromiso de otras personas.

—Yo lo siento por el chico —prosiguió Laxmi—. El pobre lleva días sin salir de casa. Mi prima dice que no tiene fuerzas ni para llevarle a la escuela.

—La cosa suena fatal —comentó Miranda.

En general, las conversaciones al teléfono de Laxmi —habitualmente dedicadas a instruir a su marido sobre qué preparar para la cena— distraían a Miranda mientras tecleaba cartas a los asociados de la emisora, invitándoles a incrementar su cuota anual a cambio de un bolso o un paraguas. A través del tabique que separaba sus escritorios, oía perfectamente a Laxmi, cuyas frases aparecían puntuadas en ocasiones por esta o aquella palabra india. Pero esa tarde Miranda no le había prestado demasiada atención. Ella misma había estado hablando por teléfono, con Dev, para decidir dónde se encontrarían esa noche.

—La verdad es que al chico tampoco le pasará nada por quedarse en casa unos días. —Laxmi comió más galletas saladas, antes de devolver el paquete al cajón—. El chico es medio niño prodigio. Con una madre punjabí y un padre bengalí, en la escuela aprende inglés y francés, así que ya habla cuatro idiomas. Si no me equivoco, en la escuela le han puesto dos cursos por delante.

Dev también era bengalí. Al principio Miranda creía que el adjetivo denotaba su religión. Pero entonces él le señaló la región en la India, en un mapa que venía en un número de The Economist. Dev le había traído la revista expresamente al apartamento, pues Miranda carecía de atlas o libros con mapas. Él señaló su ciudad natal y la ciudad natal de su padre. Una de las ciudades estaba en recuadro, a fin de atraer la atención del lector. Cuando Miranda preguntó por el significado del recuadro, él plegó la publicación en un rollo y respondió, acariciando juguetonamente sus cabellos:

—No es nada que te pueda interesar. Antes de salir, Dev tiró la revista a la basura, junto con las colillas de los tres cigarrillos que siempre fumaba durante sus visitas. Sin embargo, tras ver cómo su coche se perdía Commonwealth Avenue abajo, de vuelta a la casa en las afueras que compartía con su mujer, Miranda recuperó la revista, cuya cubierta limpió de ceniza y cuyo lomo desenrolló en sentido inverso, a fin de aplanarlo. Miranda se metió en la cama, que seguía deshecha después de hacer el amor, y estudió las fronteras de Bengala. En su parte inferior se extendía una bahía; arriba había montañas. El mapa tenía que ver con un artículo dedicado a cierto Banco Gramin. Miranda pasó la página, esperando hallar alguna imagen de la ciudad natal de Dev, pero todo cuanto encontró fueron gráficos y estadísticas.

Con todo, siguió mirando los diagramas, sin dejar de pensar en Dev, en cómo, tan sólo quince minutos antes, había encajado los pies de ella sobre sus hombros, de forma que las rodillas se le apretaban sobre los pechos mientras él le decía que no podía vivir sin verla.

Miranda le había conocido una semana antes en Filene’s. Ella había acudido a la hora del almuerzo para comprar unos panties que estaban de rebaja en el sótano. Después subió las escaleras mecánicas hasta la sección de cosmética, donde cremas y jabones aparecían expuestos con empaque de joyería y las sombras de ojos y los polvos de tocador relucían como mariposas alineadas tras su cristal protector. Aunque Miranda jamás había adquirido otra cosa que no fuera lápiz de labios, le gustaba pasear por aquel laberinto estrecho y atestado, que le resultaba familiar de un modo que no lo era el resto de Boston. Disfrutaba sorteando a las mujeres que montaban guardia en cada esquina agitando tarjetas de muestra perfumadas en el aire. A veces, días más tarde, encontraba alguna tarjeta olvidada en el bolsillo de su abrigo; su espesa fragancia, todavía presente, le aportaba cierta calidez mientras esperaba el tranvía en la fría mañana.

Ese día, cuando se detuvo a oler una tarjeta particularmente fragante, Miranda advirtió la presencia de un hombre plantado ante una de las cajas registradoras. El hombre llevaba un

papelito anotado con una letra precisa y femenina. Tras echar una mirada al papel, una dependienta comenzó a abrir cajones. La dependienta sacó una oblonga pastilla de jabón envuelta en una caja negra, una máscara hidratante, un frasquito de gotas de regeneración celular y dos tubos de crema facial. El hombre era moreno y de pelo negro, visible en sus nudillos. Vestía una camisa color rosado claro, una americana azul marino y un abrigo de pelo de camello con reluciente botonadura de cuero. Al pagar, se quitó los guantes de piel de cerdo. No llevaba anillo de compromiso.

—¿Quiere alguna cosa, señorita? —preguntó la dependienta a Miranda, escrutando la tez de ésta por encima de sus gafas de carey.

Miranda no sabía lo que quería.

Todo cuanto sabía era que no quería que el hombre se alejara de allí. El hombre parecía algo indeciso, como si, en compañía de la dependienta, estuviera aguardando a oír su respuesta. Miranda observó los distintos frascos, unos altos y otros bajos, dispuestos sobre una bandeja ovalada como en un retrato de familia.

—Una crema —respondió por fin.

—¿Cuántos años tiene?

—Veintidós.

La dependienta asintió con un gesto y abrió un frasco de cristal glaseado.

—Al principio quizá le resulte un tanto excesiva para lo que usted está acostumbrada, pero yo empezaría a usarla ya. Las arrugas se forman hacia los veinticinco años. A partir de esa edad, lo único que sucede es que cada vez son más visibles.

Mientras la dependienta tiznaba el rostro de Miranda con una punta de crema, el hombre seguía contemplándola en silencio. Cuando Miranda se informó sobre el modo de aplicación correcto — en pasadas vigorosas de abajo arriba, comenzando por la base de la garganta —, el hombre pasó la mano por el expositor giratorio. A continuación apretó el pequeño surtidor de crema anticelulítica, que masajeó sobre el dorso de su mano sin guante. Después abrió un frasco, acercó el rostro para oler, con tan mala fortuna que una punta de crema se adhirió a su nariz.

Miranda sonrió, pero su boca se vio oscurecida por la gran brocha con que la dependienta atusó su rostro.

—Una brocha del dos —explicó la mujer—.

Para dar un poco de color. Miranda asintió, observando su reflejo en uno de los espejos dispuestos en ángulo sobre el mostrador. Miranda tenía ojos de plata y una piel tan pálida como el papel; el contraste con su cabello, tan negro y lustroso como un grano de café, llevaba a la gente a describirla como llamativa, si no hermosa. Tenía una cabeza pequeña y ovalada, y puntiaguda en su parte superior. Sus facciones también eran delgadas, de fosas nasales tan estrechas que se dirían alguna vez aprisionadas por una pinza para la ropa. Ahora su rostro relucía, rosado en las mejillas, del color del humo bajo las cejas. Sus labios despedían destellos.

El hombre también se miraba en un espejo, afanándose en limpiar la crema de su nariz. Miranda se preguntó de dónde vendría. Por su aspecto le creyó español o libanés. Cuando abrió un nuevo frasco y dijo, a nadie en particular, «Esta huele a piña», Miranda apenas detectó la sombra de un acento en su pronunciación.

—¿Alguna cosa más? —preguntó la dependienta, aceptando la tarjeta de crédito de Miranda.

—No, gracias.

La mujer envolvió la crema en varias capas de translúcido papel rojo.

—Verá como queda satisfecha con este producto.

La mano de Miranda se mostró insegura al firmar el recibo. El hombre no se había movido.

—Le he puesto una muestra de nuestro nuevo gel de ojos —añadió la dependienta, mientras entregaba a Miranda una pequeña bolsa. La mujer observó la tarjeta de crédito de Miranda antes de devolvérsela sobre el mostrador—. Buenas tardes, Miranda.

Miranda echó a caminar. Al principio caminó con rapidez. De pronto, al ver que se hallaba ante las puerta de salida, aminoró el paso.

—Tiene usted un nombre que es medio indio —dijo el hombre, ajustando su paso al de ella.

Miranda se detuvo, como hizo él, frente a un mostrador circular cubierto de jerseys y adornado con piñas y lazos de terciopelo.

—¿Miranda?

—Mira. Tengo una tía que se llama Mira.

Él se llamaba Dev. Trabajaba en un banco de negocios por allí cerca, explicó, ladeando la cabeza en dirección a la South Station. Miranda decidió que Dev era el primer hombre con bigote que le resultaba guapo.

Caminaron juntos hasta la estación de Park Street, pasando frente a los quioscos donde se vendían cinturones y bolsos baratos. Un rabioso viento de enero deshizo la raya en el pelo de Miranda. Mientras rebuscaba la tarjeta del tranvía en el bolsillo del abrigo, sus ojos se fijaron en la bolsa que él llevaba en la mano.

—¿Lo has comprado para ella?

—¿Para quién?

—Para tu tía Mira.

—Es para mi mujer. —Dev pronunció la frase con lentitud, mientras sostenía la mirada de Miranda—. Se marcha a la India por unas semanas. —

Dev arqueó las cejas—. Mi mujer se vuelve loca por estas tonterías.

* * *

De algún modo, la ausencia de su mujer hacía que lo suyo no pareciera demasiado grave. Al principio, Miranda y Dev pasaron todas las noches juntos, casi por entero. Dev le explicó que no podía quedarse toda la noche con ella, pues su mujer le llamaba cada día a las seis de la mañana desde la India, cuando allí eran las cuatro de la tarde. Así, se marchaba del apartamento a las dos, las tres, incluso muchas veces a las cuatro de la madrugada, para regresar en coche a su casa en las afueras. Durante el día la llamaba a cada hora —o eso parecía — desde el trabajo o con el móvil.

Cuando conoció bien sus horarios, se acostumbró a dejarle un mensaje en el contestador todas las tardes a las cinco y media, hora en que ella regresaba a casa en tranvía, como dijo, para que Miranda oyera su voz nada más cruzar la puerta.

«Pienso en ti —decía en sus mensajes—. No sabes lo que me cuesta pasar todo este rato sin ti».

Dev aseguraba estar encantado cuando iba de visita a su apartamento, cuya cocina lucía una encimera no mayor que la panera, cuyos suelos rayados se combaban y cuyo timbre de la puerta sonaba de forma un tanto embarazosa cuando llamaba él. Dev decía admirarla por haberse trasladado a Boston, ciudad en que no conocía a nadie, en vez de quedarse en Michigan, donde se había criado y había ido a la universidad. Cuando Miranda le respondió que no había nada admirable en ello, que ésa era la razón precisa por la que se había mudado a Boston, Dev meneó la cabeza con escepticismo.

—Yo sé lo que es estar solo —dijo, repentinamente serio.

En ese momento Miranda sintió que él la comprendía, que comprendía cómo se sentía algunas noches en el tranvía, después de ver una película a solas, acercarse a una librería a leer revistas o tomar una copa con Laxmi, quien siempre tenía que encontrarse con su marido en la estación de Alewife en una o dos horas. En momentos menos serios, Dev decía que le gustaban sus piernas, más largas que su torso, algo en lo que se había fijado la primera vez que la vio desnuda en la habitación.

—Eres la primera —apuntó él, admirándola desde la cama—, primera mujer que he conocido con unas piernas tan largas.

[Este fragmento que has leído pertenece al libro Intérprete del dolor]

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