“El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde

Oscar Wilde. Fuente de la imagen en Internet

¿Quién dijo que la cara es el espejo del alma? Ya nos advirtió Hamlet de que se puede sonreír y ser un villano. Dorian Gray, el protagonista de esta novela, no envejece, permanece siempre joven y atractivo; en cambio, su retrato, aquel que le hiciera el pintor Basilio Hallward, soporta la carga de su vida disipada y aun delictiva. El retrato, más que del físico de Gray, lo es entonces de su alma; y acaba convirtiéndose en un espejo en el que el propio Dorian se contempla aterrado. Sin embargo, la expectativa de una juventud eterna pesa más en su corazón que cualquier posible efecto secundario más o menos pernicioso. 

Después de todo, ¿quién puede ver en el interior del alma? El alma puede ocultarse a la vista de los demás, tal y como Dorian Gray oculta su cuadro. O al menos así parece pensar el protagonista, cuyo inalterable rostro sigue causando admiración durante muchos años en la mayor parte de la sociedad londinense. Sólo para unos pocos, aquellos que lo conocen verdaderamente, Dorian es un tipo depravado con quien es preferible no mantener ningún tipo de relación, a riesgo de poner el propio honor en peligro.
 
La novela, que constituye un agudo análisis de la doble moral de la época victoriana, es una fábula sobre los peligros de la vanidad y del cumplimiento de algunos deseos. Lo mejor de Wilde son sus ingeniosos diálogos. Y la mayoría de los más brillantes recaen sobre lord Henry Watton, un cínico defensor del hedonismo que él mismo no practica, a pesar de las ideas de que hace alarde y de ser una mala influencia para Dorian (en cierto sentido hace el papel de Mefistófeles tratando de corromper el alma de Fausto). De hecho, lord Henry lleva una vida tan comedida y acomodaticia como la de cualquier otro miembro de la sociedad a la que pertenece y entre cuyas filas, en el fondo, parece sentirse completamente satisfecho. Es más, casi nadie parece tomar en serio sus opiniones, que juzgan extravagantes, a excepción del influenciable e inexperto Dorian.
 
Oscar Wilde encabeza El retrato de Dorian Gray (su única novela) con un prefacio en el que expone algunos aforismos sobre el arte y la belleza. La obra está compuesta por veinte capítulos pulcramente narrados según las pautas del llamado esteticismo inglés, del que Wilde era uno de sus máximos representantes. La novela es intensa y la trama, a medida que avanza el relato, se vuelve hipnótica, digna del mejor Stevenson (para mí el de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde). Wilde, por otra parte, y valiéndose del personaje de lord Henry, hace una admirable apología de la juventud, que no desmerece en nada a la que Cicerón hiciese de la vejez.
 
Van Gogh escribió en una de sus cartas a su hermano Theo: “Uno se vuelve verdaderamente feliz, materialmente feliz, si es joven y se mantiene así mucho tiempo…”. La eterna juventud ya es otra cosa, y es, desde luego, mucho más difícil de llevar (¿acaso el envidioso prójimo no nos haría insoportable esa juventud inmarcesible?). En cualquier caso, a Dorian tampoco le reporta la menor felicidad; porque no soporta la visión de su alma, la fealdad atroz que su retrato refleja. Le atormenta incluso la idea de que el cuadro (y, por tanto, su alma) pueda ser contemplado, de manera accidental, por cualquier miembro de esa sociedad que él considera respetable y por la que desea seguir siendo respetado.
 
En el capítulo final Dorian siente, por unos momentos, la necesidad de confesar sus crímenes y restaurar su alma, “sufrir pública vergüenza” dice el texto; pues considera que “la purificación está en el castigo”. Por un momento se debate contra su propia conciencia y le embarga el sentimiento de culpa; entonces nos recuerda al Raskolnikov de Crimen y Castigo (Dostoievski) o a Macbeth (de la obra homónima de Shakespeare). Sin embargo, en última instancia, decide que nunca confesará (“¿quién iba a creer aquella historia?”, se dice). Además no siente ningún deseo de ser sometido al juicio de los otros, ni de enfrentarse a una posible condena a muerte. Entonces juzga sus dudas como propias de un momento de debilidad. Sólo hay una prueba contra él: el cuadro. Y decide destruirlo. En esos momentos, Wilde supera la conciencia trágica de los personajes clásicos (aquellos que por razones de índole moral sucumbían a la fatalidad) y parece preconizar al Woody Allen de Delitos y faltas o Match Point. No obstante, la última palabra la tendrá el destino: cuando Dorian clava un puñal en el corazón de la figura del cuadro, el protagonista recobra su apariencia original y es él mismo quien muere adquiriendo los repugnantes rasgos de su retrato. Quizá para hacer cierta aquella frase de Emerson: “El destino de quienes han delinquido es inexorable: ya nunca podrán ocultar su pasado”.
 
El final, desde luego, es irónico, pero a la vez nos hace pensar que Wilde no pudo sustraerse a la tentación de terminar su novela con una suerte de enseñanza moral, quizá un tanto ingenua. Dicen que, antes de morir, él mismo se arrepintió de sus “pecados” y se convirtió al catolicismo. Tan ingenuo como eso. Aunque no creo que existan pruebas (al menos yo no las conozco) de esa conversión final.
 
En definitiva, El retrato de Dorian Gray es una novela en la que el tiempo no parece haber hecho el más mínimo estrago. Una novela que, al igual, que su protagonista, no envejece: un clásico de la literatura universal.
Título: El retrato de Dorian Gray
Autor: Oscar Wilde
Primera edición: 1891/ Ward, Lock & Co (Londres)
Género: Novela
Autor del artículo: Miguel Bravo Vadillo

Miguel Bravo Vadillo nace en Badajoz en 1971. Es colaborador habitual de la revista cinematográfica Versión Original, editada por la Fundación ReBross de Cáceres. En los últimos años ha publicado poemas y cuentos en la colección El vuelo de la palabra, editada por el ayuntamiento de Badajoz. Fue uno de los autores seleccionados para la 4ª entrega de “3X3 Colección de poesía”, que dirige Antonio Gómez y publica la Editora Regional de Extremadura. En 2013 Ediciones Vitruvio ha publicado su poemario Destellos.
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