Entrevista a Juan Ramón Santos

Cicerone, Juan Ramón Santos, De la Luna Libros
Cicerone, de Juan Ramón Santos (De la Luna Libros, 2014)

Entrevista a Juan Ramón Santos

Por Victoria Mera

 

El  escritor placentino Juan Ramón Santos (1975), autor de los libros de relatos Cortometraje, El círculo de Viena, Cuaderno escolar y Palabras menores acaba de publicar con la editorial De la luna libros su primer poemario titulado Cicerone. Charlamos con él sobre su reciente publicación. 

 

Victoria Mera: Vienes de una larga trayectoria en el ámbito de la prosa y en mi opinión eso se refleja en este poemario tan narrativo. ¿Cómo ha sido el salto a la poesía? Y otra pregunta casi obligada, ¿te sientes más cómodo en la prosa o en el verso?

Juan Ramón Santos: Teniendo en cuenta que he escrito microrrelato y que mis poemas son, desde luego, muy narrativos (Cicerone es casi un proyecto narrativo en verso, ahora que no nos oye nadie), el salto muy grande no ha sido, la verdad. Comencé a escribir en verso al descubrir que la contención, y supongo que también el ritmo, que la poesía exige le venían bien a ciertos temas que en prosa no acababan de funcionar. Comencé por una serie de poemas en torno al nacimiento y los primeros años de vida de mi hija que escribí poco a poco, durante años, hasta formar un libro (con el que aproveché, además, para hacer experimentos métricos), y luego surgió, mucho más deprisa, este Cicerone que, curiosamente, ha acabado por ver la luz primero.

En cuanto a la comodidad, me siento mucho más cómodo en prosa, desde luego, aunque sólo sea por una cuestión de práctica, porque llevo muchos más años escribiendo en prosa…

 

En Cicerone realizas un viaje muy íntimo a través de la historia, los recuerdos y tus propias vivencias en tu ciudad. Ésta es una de esas características que dotan a tu poemario de un gran valor narrativo, ese hilo conductor que es la ciudad de Plasencia y que origina los poemas de este libro. Está claro que somos de donde venimos, pero, ¿qué le debes a esa “ciudad que adoras y aborreces”?

Si piensas que, salvo los cinco años en los que estudié la carrera -y en los que tampoco me llegué a desvincular, ni mucho menos, de mi ciudad-, siempre he vivido aquí, puedes imaginar que le debo mucho. Al fin y al cabo, es el lugar donde he crecido, donde obtuve la mayor parte de mi formación, donde trabajo hoy en día, donde tengo a mi familia, y supongo que a Plasencia le debo también, al menos en parte, mi forma de ser.

Por otro lado, por lo que respecta a ese verso final que citas, de mis abuelos aprendí un cierto orgullo de ser placentino y una cierta tendencia a venerar mi ciudad, pero luego, con la edad y con el haber salido fuera muchas veces, uno va adoptando una actitud crítica que le acaba situando en ese extraño término medio entre la adoración y el aborrecimiento en el que se mueve, en buena medida, Cicerone.

 

En versos como “Soy un hombre de éxito: nunca quise ser nadie; sigo sin serlo” hay una sutil mezcla entre el humor y la ironía más punzante. ¿Utilizas el humor como arma contra, llamémoslo, el desaliento?

Supongo que sí. Y digo supongo porque el humor es, sobre todo, una actitud vital, algo con lo que uno se enfrenta al mundo de manera, digamos, natural, no premeditada, y nunca me he llegado a plantear si constituye o no un arma… Aunque, si lo piensas bien, yo mismo acabo de hablar de enfrentarse al mundo, y esa expresión implica la existencia previa de un conflicto. Imagino que en el fondo, cuando se diluye por completo el poderío de la adolescencia y de la primera juventud, todos nos vemos solos e indefensos frente el mundo y sentimos la necesidad de protegernos. Luego cada uno afronta la situación como quiere, o como puede, y en ese sentido el humor no es más que una de las múltiples formas en las que uno puede hacerlo, una forma que yo prefiero a otras, la verdad, porque enfrentarse al desaliento con más desaliento aún debe de ser como para cortarse las venas…

 

Tu infancia son recuerdos de calles placentinas, como bien cuentas en el entrañable poema “Calles de la infancia”. Y aunque ahora sean otras tus calles, ¿qué queda de aquel niño que vivía “inmensas aventuras siderales”?

Debe de quedar bastante. Es cierto que somos individuos complejos, con una personalidad compleja y que, a lo largo de la vida, experimentamos cambios tan intensos que parece que, a lo largo del tiempo, llegamos a ser personas diferentes, pero de cada una de esas etapas, de cada una de esas personas diferentes que vamos siendo, va quedando un poso, un substrato que condiciona el modo de ser del individuo que va siguiente en la fila, y ninguno de esos posos o substratos son tan espesos y tan determinantes, creo yo, como el que deja, antes que ningún otro, el niño. Supongo que, en mi caso, y pensando sobre todo en el quehacer literario, del niño que fui subsisten, entre otras cosas, la creatividad y el gusto por el juego, que en el ámbito de la escritura se traduce en un inmenso placer en jugar con las palabras.

 

En el poema titulado “Descripción de la ciudad” y que abre tu poemario, dices que “sin duda tenemos los políticos que nos merecemos, pero nos aguantamos”. Quizá me meta en camisas de once varas con esta pregunta, pero: ¿realmente nos merecemos esa mediocre felicidad?

Esos versos son deliberadamente ambiguos, porque tratan de poner a los políticos en evidencia, pero también de ponernos en evidencia a nosotros mismos, que -comenzando por mí, desde luego- en realidad no hacemos gran cosa por cambiar la situación. Nos resulta más fácil criticar a la clase política, incluso criticar los intentos que hay hoy por cambiarla, que ponernos a manos a la obra para hacer algo en favor de ese cambio. Incluso en la esfera privada nos resulta más cómodo dejarnos llevar por la corriente que introducir pequeñas mudanzas en nuestros modos de vida que lo hagan todo más, digamos, sostenible, y no solo -aunque también- desde un punto de vista medioambiental. En ese sentido, sí que nos merecemos esa mediocre felicidad, aunque, por otra parte, tampoco creo que sea una cuestión de merecimiento. Al margen de lo que hagamos o dejemos de hacer, vivimos tan obsesionados con la felicidad, por alcanzar eso que llaman una vida feliz, que cualquier felicidad nos acaba pareciendo provisional e insuficiente, porque siempre tenemos la impresión de que podemos aspirar a algo más intenso y duradero, y eso nos condena, después de todo, a vivir, como mucho, una felicidad mediocre, que, por otra parte, tampoco es tan poco…

 

Has escrito narrativa, has escrito relatos, has escrito poesía. ¿Qué te queda por hacer? ¿Tienes algún proyecto en mente?

Me queda mucho por hacer y, al mismo tiempo, no me queda nada, en el sentido de que tampoco me planteo las cosas como un reto. Quiero decir que, aunque haya escrito relatos, luego novela, luego poesía, no han sido fases, o etapas, de una especie de proyecto literario preconcebido. Las cosas, en realidad, han ido surgiendo poco a poco, a veces casi sin querer. Por poner un ejemplo, la única novela que he publicado hasta ahora, Biblia apócrifa de Aracia, nació, en su origen, como un conjunto de relatos, pero a medida que trabajaba en ellos fueron estableciéndose lazos entre unos y otros que hicieron que, de forma casi inesperada, el todo acabase siendo más que la suma de las partes, y que entre todas ellas acabase poniendo en pie un edificio que, sí, tiene mucho de novela. Algo similar, aunque en otro sentido, me pasó, como he dicho más o menos antes, cuando comencé a escribir poesía: me embarqué en un proyecto narrativo que, casi sin querer, me llevó al final a escribir poesía. En ese sentido, no hay premeditación y por eso no sé bien hasta qué punto me queda o no me queda algo por hacer.

En cuanto a proyectos, en breve se va a publicar una segunda novela, El tesoro de la isla, una novela, por resumirla de algún modo, sobre la iniciación a la lectura que juega un poco a reescribir La isla del tesoro, y a medio plazo debería salir un segundo poemario -que cronológicamente debería haber sido el primero- titulado Aire de familia. Mientras tanto, estoy acabando de reescribir otra novela, El verano del Endocrino, con la que llevo enredado varios años, y en algún momento debería retomar un libro fallido, Una casa rural con piscina, que creo que todavía se puede reflotar, aunque ya comienzo a vislumbrar una especie de precuela de El tesoro de la isla que igual se me mete antes al medio… Vete a saber.

 

Recomendación de un cuento:

Recuerdo que hace algunos años, a petición de mi amigo Fran Rodríguez Criado, recomendé para Narrativa Breve un cuento del peruano Julio Ramón Ribeyro que me impresionó bastante al leerlo, “Los gallinazos sin plumas”. Hoy voy a recomendar algo, seguramente, más obvio, los cuentos de “Ficciones”, de Borges, todos ellos fantásticos -en todos los sentidos de fantástico-. Por destacar dos, casi a bote pronto: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” y “La lotería de Babilonia”.

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