Ernesto Sábato opina sobre su novela “El túnel”

Varios años después de que El túnel del argentino Ernesto Sábato se consagrara como una de las mejores obras de la literatura hispanoamericana, le preguntaron al autor si dicha historia era autobiográfica.

Esto fue lo que contestó:

–Ninguno de los episodios fundamentales de esa narración está meramente tomado de la vida real, empezando por el crimen: hasta hoy no he matado a nadie. Aunque las ganas no me han faltado. Y es probable que esas ganas expliquen en buena medida el crimen de Castel (*). Porque en un sentido más profundo, no hay novela que no sea autobiográfica, si en la vida de un hombre incluimos sus sueños y pesadillas. En tales condiciones ¿cómo puedo identificarme y cómo no puedo identificarme con Castel? Él representa un momento o un aspecto de mi yo, en tanto que en otro momento quizá esté representando a María. Castel expresa, me imagino, el lado adolescente y absolutista, María el lado maduro y relativizado. Y también Allende representa algo mío y también Hunter.

Otra interrogante:

¿Qué se propuso con El túnel. ¿Es una descripción del problema de los celos o un intento de describir el drama de la soledad y la incomunicación?

–Mientras escribía esa narración, arrastrado por sentimientos confusos e impulsivos no del todo conscientes, muchas veces me detuve perplejo a juzgar lo que estaba saliendo, tan distinto de lo que había previsto. Y, sobre todo, me intrigaba la creciente importancia que iban adquiriendo los celos y el problema de la posesión física. Mi idea inicial era de la escribir un cuento, el relato de un pintor que se volvía loco al no poder comunicarse con nadie, ni siquiera con la mujer que parecía haberlo entendido a través de la pintura. Pero al seguir el personaje, me encontré con que se desviaba de este tema, para “descender” a preocupaciones casi triviales de sexo, celos y crimen. Esta derivación no me agradó mucho, y repetidas veces pensé en abandonar el relato que me alejaba tan decididamente de lo que me había propuesto.

Más tarde comprendí la raíz del fenómeno: los seres humanos no pueden representar nunca las angustias metafísicas al estado de puras ideas, sino que lo que hacen encarnándolas, obscureciéndolas con sus sentimientos y pasiones. Los seres carnales son esencialmente misteriosos y se mueven a impulsos imprevisibles, aun para el mismo escritor que se sirve de “intermediarios” entre ese singular mundo irreal pero verdadero de la ficción y el lector que sigue el drama. Las ideas metafísicas se convierten así en problemas psicológicos; la soledad metafísica se transforma en el aislamiento de un hombre concreto en una ciudad bien determinada; la desesperación metafísica se transforma en celos; y la novela o relato que estaba destinado a ilustrar aquel problema, termina siendo el relato de una pasión y de un crimen. Castel trata de apoderarse de la realidad-mujer, mediante el sexo. Empeño vano….

***

(*) Un crimen confesado anticipadamente

Publicada en 1948, El túnel es la primera de las tres novelas que componen la breve y densa obra literaria del escritor argentino Ernesto Sábato (las otras dos son Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador), uno de los más destacados narradores que dio a conocer el llamado “boom de la literatura hispanoamericana” en los años 60 del pasado siglo con Julio Cortázar, José Donoso, Mario Vargas Llosa, y Gabriel García Márquez.

El protagonista de El túnel es un pintor de nombre Juan Pablo Castel. También él es el que narra la historia de la novela, quien  lejos de ocultar el desenlace de su nefanda historia de amor, inicia el libro con esta frase: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”. Así la novela toma la forma de la confesión de un crimen que ya ha sido cometido, y es contado por el narrador con “la débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme”.

La acción se inicia en 1946, en la ciudad de Buenos Aires: en una exposición de sus pinturas, Juan Pablo Castel se da cuenta de que una mujer, María Iribarne, contempla con atención una escena marginal de una de sus telas; ante esa misma escena pasan decenas y decenas de personas sin sentirse ninguna de ellas particularmente atraídas, pese a que el pintor la considera cargada de significado.

Ernesto Bustos GarridoAutor de la introducción: Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.

El túnel

Ernesto Sábato

Cap. I

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.

Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase “todo tiempo pasado fue mejor” no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que “todo tiempo pasado fue peor”, si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. ¡Cuántas veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer una noticia en la sección policial!. Pero la verdad es que no siempre lo más vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto, los criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo es pernicioso?. Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción. Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo siga destilando su veneno y que en vez de eliminarlo, se quiera contrarrestar su acción recurriendo a anónimos, maledicencia y otras bajezas semejantes. En lo que a mí se refiere, debo confesar que ahora lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que conozco.

Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista se quejó de hambre, y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero viva. No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata.

*** Ernesto Sábato, El túnel. Seix Barral, 2007

Ejemplar de la novela sacada a préstamo desde la Biblioteca de la Corporación Cultural de la Ilustre Municipalidad de La Reina, de la cual soy socio. ebg

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