Katherine Mansfield: fina y sólida como una cerámica del oriente

Katherine Mansfield
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Katherine Mansfield: fina y sólida como una cerámica del oriente

Por Ernesto Bustos Garrido (periodista)

El crítico literario florentino Pietro Citati describió de manera poética a la escritora neozelandesa, Katherine Mansfiel (1888–1923), con estas palabras: “Todos aquellos que conocieron a Katherine Mansfield en los años de su breve vida tuvieron la impresión de descubrir una criatura más delicada que otros seres humanos: una cerámica de Oriente que las olas del océano habían arrastrado hasta las orillas de nuestros mares”.

Es eso, pero no suficiente.

Porque Katherine daba la impresión, al verla, de ser una mujer fina y muy frágil, pero debajo de esta piel marfileña llevaba una gladiadora, una samurái de armas tomar. Vivió escasos treinta y cuatro años. Una enfermedad brutal la enterró cuando estaba en la cúspide de su capacidad creadora. Tres fueron los ejes que marcaron su vida y por ende, su obra. Primero, en su niñez y adolescencia fue una chica que tartamudeaba al hablar, un poco entradita en carnes y además debía usar lentes por una precoz miopía con astigmatismo. Estos defectos la marcaron en esos años. Segundo, siendo veinteañera, descubre que le gustan las mujeres más que los hombres. A pesar de eso queda embarazada al cabo de un encuentro fugaz con un muchacho llamado Garnet Trowell, que no quiso llevarla al altar. Sabía que a Katherine le gustaban también las mujeres y tenía una amiga que era su novia. Se trataba de un mujer un poco mayor, que la persiguió por años, Ida Baker. El tercer hito en la vida de la escritora es la enfermedad que finalmente después de varios años de lucha la llevó a la tumba: la tuberculosis.

Curioso, porque fue durante este período crucial, en que Katherine hacía esfuerzos por mejorarse, cuando ella produjo lo mejor de su narrativa. Escribía y escribía y en los momentos en que no hacía, debía pasar horas y horas arriba de una plataforma de madera, colocada sobre un establo de las vacas, para aspirar las miasmas de esos animales, porque se creía en esa época que así se podía curar. Naturalmente, no resultó y el 8 enero de 1923, con apenas 34 años, sufre una herrogagia, sangrante por la boca y muere al cabo de un día una sala de una lóbrego hospital en Fontainebleau, Francia.

Esta es en resumen la vida de la gran escritora neozelandesa que expuso sin reparos su rebeldía, para defender entre otras cosas, su opción sexual, a pesar de que pasado el amorío con Garnet Torwell conoce al crítico literario y editor, John Middleton Murry, con quien se casó en 1918, no obstante llevar una doble vida al lado de una insistente señorita Ida Baker.

De la obra literaria de Mansfield hemos escogido un cuento, con una marcada influencia de Anton Chejov, y que publicó en años 20 bajo el título de “En una pensión alemana”.

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