La edad de la inocencia, de Edith Wharton

Edith Warthon, La edad de la inocencia
Edith Warthon. Fuente de la imagen

La edad de la inocencia, de Edith Wharton

por José Sánchez Rincón

Edith Wharton (Nueva York, 1862-Saint-Brice-Sous-Forêt, 1937), amiga de Henry James y una de las voces más singulares de principios del siglo XX, fue la autora, entre otros libros, de La casa de la alegría (1905), Ethan Frome (1911), Las costumbres del país (1913), la autobiografía Una mirada atrás (1934) y un excelente ensayo de teoría literaria titulado La escritura de ficción.

Edith Wharton consigue el Premio Pulitzer con La edad de la inocencia (1920), novela surgida de una conversación con un amigo de la infancia sobre lo diferente que era el Nueva York de principios de siglo de aquel otro de 1870 de calles terrosas y edificios de dos o tres plantas. En pocos años se había pasado de una estructura social con un orden y unas reglas establecidas a otra con unas ideas más abiertas, una libertad a ultranza y la desmesura económica y urbanística. El mundo de su infancia y juventud ya no existía y el amigo de Edith le sugirió recuperarlo en una novela.

En La edad de la inocencia se describe de manera magnífica ese mundo estructurado de la clase alta neoyorkina donde decidir por sí mismo era problemático y de mal gusto.

Newland Archer se va a casar con su prometida, May Welland, y va a consolidar con ello su posición social, pero el regreso desde Europa de Madame Olenska, perteneciente a la familia de May y en trámites de separación, lo va a trastocar todo. Archer, abogado defensor del posible divorcio de Ellen Olenska, se enamora de ella y el círculo familiar va a confabularse para evitar el abandono de May. “La tribu entera se había reunido en torno de su esposa, él era un prisionero en el centro de un campamento armado”.

Dentro de la novela se dan muchos detalles de la decoración, los vestidos, los servicios de mesa y las flores de la época, todo ello con una gran sensibilidad. Otro aspecto a destacar de la obra es ese narrador omnisciente, en apariencia neutro, que nos cuenta lo que sienten los personajes.

A pesar del amor por la ciudad de su infancia, la autora también hace una crítica solapada a su cerrazón e inmovilismo. Edith Wharton recrea un mundo propio que domina como nadie porque lo ha vivido y nos regala un libro de una escritura elegante y un final acorde con el romanticismo y los grandes momentos líricos que enriquecen la novela.

Ellen Olenska: “No puedo amarte a menos que renuncie a ti y tú no podrías ser feliz si eso significara ser cruel… Si actuamos de otro modo te estaría haciendo actuar contra aquello que amo de ti”.

 

Edición comentada: Tusquets, Colección Andanzas, 1994.

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