Dos relatos cortos de Dorothy Parker

“Poemas, cuentos, crónicas, todo rezuma presente en la escritura de Dorothy Parker. Su prodigioso oído para la lengua sigue siendo eficaz para el lector de hoy: hay réplicas que parecen cándidas y son brutales, y hay frases que se dirían sencillas pero esconden una música tan sofisticada como la que se estaba componiendo en Broadway en los años dorados de la señorita Parker”.

Las huellas de Dorothy Parker”, Elvira Lindo, El País Semanal.

Dotada de un humor cáustico muy personal, Dorothy Parker nunca pasó desapercibida. Nacida en New Jersey en 1863, es una de las grandes plumas de la narrativa norteamericana de finales del pasado siglo.

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La casa de los postigos verdes, de George Douglas Brown

George Douglas Brown funda con esta novela de título tan memorioso la narrativa moderna de Escocia, publicada el año 1901. Todo es verde: las colinas, las arboledas, los paseos, las plazas, las tapias, los pozos de agua, los techos de las casas cubiertas de musgo verde, las pasiones, las malas palabras, los refajos de las viejas, las enaguas de las muchachas, etc…

Ernesto Bustos Garrido

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Cuento de don Juan Manuel: Los dos ciegos

Cuento de Don Juan Manuel

De lo que aconteció a un ciego con otro

Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, de esta guisa:

–Patronio, un mi pariente y amigo, de quien yo fío mucho y estoy seguro de que me ama verdaderamente, me aconseja que vaya a un lugar del que me recelo yo mucho. Y díceme él que no haya recelo ninguno; que antes tomaría él la muerte que yo tome ningún daño. Y ahora, ruégoos que me aconsejéis en esto.

–Señor conde Lucanor –dijo Patronio–, para este consejo mucho querría que supieseis lo que aconteció a un ciego con otro.

Y el conde le preguntó cómo había sido aquello.

–Señor conde –dijo Patronio–, un hombre moraba en una villa y perdió la vista de los ojos y fue ciego. Y estando así ciego y pobre, vino a él otro ciego que moraba en aquella villa, y díjole que fuesen ambos a otra villa cerca de aquella y que pedirían por Dios y que habrían de qué mantenerse y sustentarse.

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Ricardo Piglia ya no está, pero Renzi le sobrevive

Ricardo Piglia, Renzi
Ricardo Piglia le hace un guiño cómplice a su “alter ego” Emilio Renzi. Foto Nelson Cerpa / Revista Mercurio (España).

El 6 de enero del año en curso (2017) falleció en Buenos Aires el escritor Ricardo Piglia (Plata Quemada, Respiración artificial, Ciudad ausente). Ha sido un golpe duro para sus seguidores y creo que también para las letras en habla hispana. Era uno de los mayores referentes de la narrativa de este lado del mundo. Sus primeras obras son trabajos de culto y se admiran e imitan en muchos rincones. La novela que tituló Camino de ida es un híbrido. Mezcla algunas vivencias de Piglia como profesor invitado de literatura en una universidad de Estados Unidos bajo la piel de su “alter ego” Emilio Renzi, y el relato mitad ficción mitad realidad del profesor universitario y genio de las matemáticas Theodore Kaczynski, quien resultó ser el enigmático terrorista bautizado como “Unabomber”.

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Una historia corta de Alberto Moravia: Dejar a Matilde

Una historia corta de Alberto Moravia: Dejar a Matilde

Un amigo mío camionero ha escrito en el cristal del parabrisas: “Mujeres y motores, alegrías y dolores”. No digo yo que no tenga sus buenas razones para decir que los dolores y las alegrías que le procuran las mujeres tengan más o menos el mismo peso en la balanza de su vida. Digo que, al menos por lo que se refiere a Matilde y a mí, esa balanza andaba muy desequilibrada: por un lado, muy alto, el platillo de las alegrías; por el otro, muy bajo, el platazo de los dolores. De modo que, al final, tras un año de noviazgo de puras peleas, incumplimientos de palabra, bribonadas y traiciones, decidí dejarla a la primera oportunidad.

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Una historia corta de María Luisa Bombal: El árbol

Una historia corta de María Luisa Bombal: El árbol

 

El pianista se sienta, tose por prejuicio y se concentra un instante. Las luces en racimo que alumbran la sala declinan lentamente hasta detenerse en un resplandor mortecino de brasa, al tiempo que una frase musical comienza a subir en el silencio, a desenvolverse, clara, estrecha y juiciosamente caprichosa.

“Mozart, tal vez” —piensa Brígida. Como de costumbre se ha olvidado de pedir el programa. “Mozart, tal vez, o Scarlatti…” ¡Sabía tan poca música! Y no era porque no tuviese oído ni afición. De niña fue ella quien reclamó lecciones de piano; nadie necesitó imponérselas, como a sus hermanas. Sus hermanas, sin embargo, tocaban ahora correctamente y descifraban a primera vista, en tanto que ella… Ella había abandonado los estudios al año de iniciarlos. La razón de su inconsecuencia era tan sencilla como vergonzosa: jamás había conseguido aprender la llave de Fa, jamás. “No comprendo, no me alcanza la memoria más que para la llave de Sol”. ¡La indignación de su padre! “¡A cualquiera le doy esta carga de un infeliz viudo con varias hijas que educar! ¡Pobre Carmen! Seguramente habría sufrido por Brígida. Es retardada esta criatura”.

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