plumas estilográficas

"Verde agua", de Marisa Madieri


Verde agua, de Marisa Madieri (Minúscula, 2000)

Del pozo de la experiencia, Marisa Madieri (1938-1996) extrae agua pura con el cántaro del recuerdo y esa mirada absolvente y compasiva que la caracteriza. Observa los acontecimientos históricos (la guerra, la confrontación comunismo-capitalismo, las penurias económicas, el exilio de los italianos de Fiume, ciudad que en 1947 pasó a Croacia, a un campo de refugiados) sin tomar partido, sin acritud y sin condenar nada.

Sigue leyendo…"Verde agua", de Marisa Madieri

Share

“Natasha”, de David Bezgozmis

David Bezgozmis
Escritor David Bezgozmis. Fuente de la imagen

 

 
UN ACONTECIMIENTO LITERARIO LLAMADO DAVID BEZMOZGIS
Con la publicación de Natasha, David Bezmozgis hizo realidad el sueño de cualquier escritor novel ambicioso: entregar una opera prima a la imprenta y recibir inmediatamente la bendición del público y de la crítica especializada. En este caso, la hazaña tiene mayor mérito al ser Natasha una recopilación de relatos, género menos proclive que su hermana mayor la novela a suscitar acontecimientos literarios de esta envergadura. Cierto que Estados Unidos es un país curtido en consagrar a muchos de sus mejores escritores que han frecuentado previamente el género breve (Hemingway, Cheever…), pero se da la circunstancia de que Bezmozgis no es estadounidense; tampoco es de Canadá, país de adopción en el que sitúa las siete narraciones que conforman el libro. El joven autor –lo diré ya– es de origen ruso: nació en 1974 en Latvia (Letonia), aunque reside en Toronto desde los seis años, cuando su familia se desplazó a esta ciudad en busca de nuevas oportunidades.

Sigue leyendo…“Natasha”, de David Bezgozmis

Share

“Stepanchikovo y sus moradores”, de Fiódor Dostoievski

Stepanchikovo y sus moradores, de Fiódor Dostoievski (El Aleph, 2010)

Dostoievski ha pasado a la Historia de las Letras como el gran maestro ruso decimonónico que desgranó con gran talento tesis sesudas sobre la humanidad (filosóficas, religiosas, sociológicas, políticas, etcétera) en novelas ambiciosas como Los hermanos Karamazov o Crimen o castigo. Se nos dice por activa y por pasiva que es uno de esos escritores irrenunciables a los que debemos leer aunque su propuesta narrativa nos exija un gran esfuerzo intelectual. Esa es precisamente una de sus grandes virtudes: poner el intelecto al servicio de la narración, o viceversa (si se prefiere).

Sigue leyendo…“Stepanchikovo y sus moradores”, de Fiódor Dostoievski

Share

“El amor a la vida”, de Erich Fromm

Erich Fromm, autor de El amor a la vida. Fuente de la imagen
Erich Fromm nació en 1900 en Francfort del Meno, Alemania, en el seno de una familia judía ortodoxa que había dado varios rabinos. Es lógico, pues, que pronto se interesara por las narraciones del Viejo Testamento, cuyas enseñanzas acabaría comentando en algunos de sus libros. Cuando aún era un adolescente, protestó vivamente contra la Primera Guerra Mundial. A esta juvenil implicación política le seguiría un suceso que cambió su percepción de la vida: el suicidio de una amiga de la familia, una artista joven y hermosa, que decidió acompañar a su padre al más allá cuando el buen hombre falleció. Este suicidio, en principio incomprensible, marcó quizá el inicio de su interés por el psicoanálisis, que le depararía una fructífera carrera: al cabo de los años se convirtió en uno de sus máximos exponentes.

Sigue leyendo…“El amor a la vida”, de Erich Fromm

Share

Michael Gold y los judíos pobres del East Side

Portada de Judíos sin dinero, de Michael Gold (Fénix, 1933)

MICHAEL GOLD Y LOS JUDÍOS POBRES DEL EAST SIDE

Francisco Rodríguez Criado

La inmigración ha sido siempre uno de los temas más recurrentes de la literatura judía. No podría ser de otra manera: en la historia moderna el pueblo judío no tuvo una tierra propia a la que considerar su hogar hasta la creación del estado de Israel en 1948; de ahí que, sentenciados al exilio desde tiempos bíblicos, se hayan visto obligados a subsistir en países donde, en la mayoría de los casos, no pasaban de ser ciudadanos de segundo orden. La importante comunidad judía consolidada hoy en América, en gran parte oriunda de Europa, asentó sus raíces al otro lado del Atlántico principalmente en el periodo comprendido entre mediados del siglo XIX y finales del segundo decenio del XX. Después de la Primera Guerra Mundial Estados Unidos experimentó un retroceso voluntario en la cuantía de recepción de inmigrantes, fruto de un sistema de cuotas nacionales que tuvo su pico más bajo a las puertas de la depresión económica del 29. “En 1925, debido a las cuotas prefijadas, se produjo un parón de la inmigración masiva, pero en 1927 había ya en Estados Unidos 4,2 millones de judíos (el 3,6 % de la población total), con 3.100 comunidades[1]”. Las oleadas de antisemitismo mermaron poco a poco la entrada de los inmigrantes judíos. Son numerosos los testimonios en letra impresa de escritores judíos –de origen europeo o no– que narran su infancia en su nuevo país de adopción, al que se desplazaron junto a sus familias empujados por el deseo de realizar el sueño americano o, desde planteamientos más modestos, de encontrar un trabajo y un techo. Llámalo sueño, de Henry Roth, es uno de los títulos más representativos. (Roth no volvió a publicar ningún otro libro hasta cincuenta años después). Otra obra imprescindible, ahora en el olvido pese al notable éxito que obtuvo en los años 30 del pasado siglo, es Judíos sin dinero, del escritor, periodista y activista político Itzok Isaac Granich (1893–1967), más conocido como Michael Gold, pseudónimo que adoptó en 1920 durante los Palmer Raids[2]. A medio camino entre la novela y la autobiografía, Judíos sin dinero es, sin alcanzar el nivel literario de Llámalo sueño, un completo muestrario de los obstáculos que padecieron las primeras generaciones de inmigrantes judíos en Estados Unidos. Aunque nacido en Nueva York al igual que sus dos hermanos menores, Michael Gold, en su condición de hijo de inmigrantes húngaros, tuvo la sensación desde sus primeros años de vida de no ser americano sino judío, como si “americano” y “judío” fueran conceptos excluyentes.

Sigue leyendo…Michael Gold y los judíos pobres del East Side

Share
Share