“Los habitantes del bosque”, de Thomas Hardy

Los habitantes del bosque, de Thomas Hardy (Impedimenta, 2012)

Thomas Hardy mantuvo una relación ambigua con la novela, género literario en el que acabaría siendo un verdadero maestro. Su objetivo inicial como escritor no era consagrarse a ella sino a la poesía, y así lo hizo, en un principio sin demasiado éxito. No obstante, a la poesía volvería en los últimos años de su vida, tratando de sacudirse la presión a la que le sometían los críticos y ciertos sectores de la sociedad que no veían con buenos ojos sus afilados ataques narrativos al espíritu victoriano de la época.

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"El principito", de Antoine de Saint-Exupéry

Antoine de Saint-Exupéry y El Principito. Fuente de la imagen

Antoine de Saint-Exupéry (1900–1944) tenía cuarenta y tres años cuando publicó El Principito, una novela corta de difícil clasificación (no es para niños pero tampoco es en apariencia una novela al uso para adultos) que con el paso de los años acabaría por convertirse en el libro más leído de la literatura francesa. Más que cualquier título de Proust, Zola o Flaubert…

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"Verde agua", de Marisa Madieri


Verde agua, de Marisa Madieri (Minúscula, 2000)

Del pozo de la experiencia, Marisa Madieri (1938-1996) extrae agua pura con el cántaro del recuerdo y esa mirada absolvente y compasiva que la caracteriza. Observa los acontecimientos históricos (la guerra, la confrontación comunismo-capitalismo, las penurias económicas, el exilio de los italianos de Fiume, ciudad que en 1947 pasó a Croacia, a un campo de refugiados) sin tomar partido, sin acritud y sin condenar nada.

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“Natasha”, de David Bezgozmis

David Bezgozmis
Escritor David Bezgozmis. Fuente de la imagen

 

 
UN ACONTECIMIENTO LITERARIO LLAMADO DAVID BEZMOZGIS
Con la publicación de Natasha, David Bezmozgis hizo realidad el sueño de cualquier escritor novel ambicioso: entregar una opera prima a la imprenta y recibir inmediatamente la bendición del público y de la crítica especializada. En este caso, la hazaña tiene mayor mérito al ser Natasha una recopilación de relatos, género menos proclive que su hermana mayor la novela a suscitar acontecimientos literarios de esta envergadura. Cierto que Estados Unidos es un país curtido en consagrar a muchos de sus mejores escritores que han frecuentado previamente el género breve (Hemingway, Cheever…), pero se da la circunstancia de que Bezmozgis no es estadounidense; tampoco es de Canadá, país de adopción en el que sitúa las siete narraciones que conforman el libro. El joven autor –lo diré ya– es de origen ruso: nació en 1974 en Latvia (Letonia), aunque reside en Toronto desde los seis años, cuando su familia se desplazó a esta ciudad en busca de nuevas oportunidades.

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“Stepanchikovo y sus moradores”, de Fiódor Dostoievski

Stepanchikovo y sus moradores, de Fiódor Dostoievski (El Aleph, 2010)

Dostoievski ha pasado a la Historia de las Letras como el gran maestro ruso decimonónico que desgranó con gran talento tesis sesudas sobre la humanidad (filosóficas, religiosas, sociológicas, políticas, etcétera) en novelas ambiciosas como Los hermanos Karamazov o Crimen o castigo. Se nos dice por activa y por pasiva que es uno de esos escritores irrenunciables a los que debemos leer aunque su propuesta narrativa nos exija un gran esfuerzo intelectual. Esa es precisamente una de sus grandes virtudes: poner el intelecto al servicio de la narración, o viceversa (si se prefiere).

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“El amor a la vida”, de Erich Fromm

Erich Fromm, autor de El amor a la vida. Fuente de la imagen
Erich Fromm nació en 1900 en Francfort del Meno, Alemania, en el seno de una familia judía ortodoxa que había dado varios rabinos. Es lógico, pues, que pronto se interesara por las narraciones del Viejo Testamento, cuyas enseñanzas acabaría comentando en algunos de sus libros. Cuando aún era un adolescente, protestó vivamente contra la Primera Guerra Mundial. A esta juvenil implicación política le seguiría un suceso que cambió su percepción de la vida: el suicidio de una amiga de la familia, una artista joven y hermosa, que decidió acompañar a su padre al más allá cuando el buen hombre falleció. Este suicidio, en principio incomprensible, marcó quizá el inicio de su interés por el psicoanálisis, que le depararía una fructífera carrera: al cabo de los años se convirtió en uno de sus máximos exponentes.

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