“El amor a la vida”, de Erich Fromm

Erich Fromm, autor de El amor a la vida. Fuente de la imagen
Erich Fromm nació en 1900 en Francfort del Meno, Alemania, en el seno de una familia judía ortodoxa que había dado varios rabinos. Es lógico, pues, que pronto se interesara por las narraciones del Viejo Testamento, cuyas enseñanzas acabaría comentando en algunos de sus libros. Cuando aún era un adolescente, protestó vivamente contra la Primera Guerra Mundial. A esta juvenil implicación política le seguiría un suceso que cambió su percepción de la vida: el suicidio de una amiga de la familia, una artista joven y hermosa, que decidió acompañar a su padre al más allá cuando el buen hombre falleció. Este suicidio, en principio incomprensible, marcó quizá el inicio de su interés por el psicoanálisis, que le depararía una fructífera carrera: al cabo de los años se convirtió en uno de sus máximos exponentes.

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"El amante", de Marguerite Duras

El amante, de Marguerite Duras, en la edición de Tusquets Varias décadas después de la publicación de su primera obra, Marguerite Duras (1914-1996) sorprende al público y a la crítica con El amante(Premio Goncourt 1984), novela autobiográfica basada en los años que la autora vivió en Indochina, rodeada de un paisaje selvático y hostil, junto …

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Michael Gold y los judíos pobres del East Side

Portada de Judíos sin dinero, de Michael Gold (Fénix, 1933)

MICHAEL GOLD Y LOS JUDÍOS POBRES DEL EAST SIDE

Francisco Rodríguez Criado

La inmigración ha sido siempre uno de los temas más recurrentes de la literatura judía. No podría ser de otra manera: en la historia moderna el pueblo judío no tuvo una tierra propia a la que considerar su hogar hasta la creación del estado de Israel en 1948; de ahí que, sentenciados al exilio desde tiempos bíblicos, se hayan visto obligados a subsistir en países donde, en la mayoría de los casos, no pasaban de ser ciudadanos de segundo orden. La importante comunidad judía consolidada hoy en América, en gran parte oriunda de Europa, asentó sus raíces al otro lado del Atlántico principalmente en el periodo comprendido entre mediados del siglo XIX y finales del segundo decenio del XX. Después de la Primera Guerra Mundial Estados Unidos experimentó un retroceso voluntario en la cuantía de recepción de inmigrantes, fruto de un sistema de cuotas nacionales que tuvo su pico más bajo a las puertas de la depresión económica del 29. “En 1925, debido a las cuotas prefijadas, se produjo un parón de la inmigración masiva, pero en 1927 había ya en Estados Unidos 4,2 millones de judíos (el 3,6 % de la población total), con 3.100 comunidades[1]”. Las oleadas de antisemitismo mermaron poco a poco la entrada de los inmigrantes judíos. Son numerosos los testimonios en letra impresa de escritores judíos –de origen europeo o no– que narran su infancia en su nuevo país de adopción, al que se desplazaron junto a sus familias empujados por el deseo de realizar el sueño americano o, desde planteamientos más modestos, de encontrar un trabajo y un techo. Llámalo sueño, de Henry Roth, es uno de los títulos más representativos. (Roth no volvió a publicar ningún otro libro hasta cincuenta años después). Otra obra imprescindible, ahora en el olvido pese al notable éxito que obtuvo en los años 30 del pasado siglo, es Judíos sin dinero, del escritor, periodista y activista político Itzok Isaac Granich (1893–1967), más conocido como Michael Gold, pseudónimo que adoptó en 1920 durante los Palmer Raids[2]. A medio camino entre la novela y la autobiografía, Judíos sin dinero es, sin alcanzar el nivel literario de Llámalo sueño, un completo muestrario de los obstáculos que padecieron las primeras generaciones de inmigrantes judíos en Estados Unidos. Aunque nacido en Nueva York al igual que sus dos hermanos menores, Michael Gold, en su condición de hijo de inmigrantes húngaros, tuvo la sensación desde sus primeros años de vida de no ser americano sino judío, como si “americano” y “judío” fueran conceptos excluyentes.

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“El matrimonio amateur”, de Anne Tyler

 

 

“El matrimonio amateur”, de Anne Tyler (Alfaguara, 2005)

 

Anne Tyler nació y se crio en una hermética comunidad de cuáqueros de Carolina del Norte, regida por una serie de normas que a muchos nos pueden resultar extrañas, difíciles de comprender (Tyler, valga el ejemplo, nunca había hablado por teléfono hasta que abandonó dicha comunidad). Pero mirado desde cierto distanciamiento, el mundo occidental en general y el estadounidense en particular también tienen mucho de inaprensible. Tyler escribe novelas quizá para tratar de comprender un mundo donde las intrincadas relaciones personales parecen tratar de impedirnos el acceso a la felicidad.

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“Un episodio internacional”, de Henry James

Un episodio internacional, de Henry James. Funambulista, 2006. Traducción de Gabriela Díaz. Postfacio de Max Lacruz   En más de una ocasión he dudado sobre la nacionalidad de Henry James. ¿Estadounidense o británico? Podríamos decir que ambas cosas. Aunque nacido en Nueva York, en 1843, culturalmente estuvo desde muy niño influido por la cultura europea. …

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“Senectud”, de Italo Svevo

Senectud, de Italo Svevo (El Acantilado, 2001)

Italo Svevo (Trieste, 1861), seudónimo de Ettore Schmitz,  podría ser considerado uno de esos escritores Bartleby que en un momento dado deciden renunciar a la escritura. No abandonó la literatura para siempre, pero fue un “autor del NO” durante veinticinco años, seguramente desanimado por la indiferencia de la crítica tras la publicación de sus novelas Una vida (1892) y Senectud (1898). Aclamado hoy por La conciencia de Zeno, novela magistral que hubiera caído igualmente en el olvido sin el apoyo de James Joyce, Svevo es todo un referente para los lectores atraídos por la psicología. El triestino estaba muy interesado por las teorías –entonces en auge– de Sigmund Freud, circunstancia que se deja entrever en su obra. Senectud es un buen ejemplo de ello. 

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“El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde

Oscar Wilde. Fuente de la imagen en Internet

¿Quién dijo que la cara es el espejo del alma? Ya nos advirtió Hamlet de que se puede sonreír y ser un villano. Dorian Gray, el protagonista de esta novela, no envejece, permanece siempre joven y atractivo; en cambio, su retrato, aquel que le hiciera el pintor Basilio Hallward, soporta la carga de su vida disipada y aun delictiva. El retrato, más que del físico de Gray, lo es entonces de su alma; y acaba convirtiéndose en un espejo en el que el propio Dorian se contempla aterrado. Sin embargo, la expectativa de una juventud eterna pesa más en su corazón que cualquier posible efecto secundario más o menos pernicioso. 

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