Peñas arriba


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Peñas arriba: terruños, dramas y veleidades

Ernesto Bustos Garrido

 

José María Pereda (Polanco, 6 de febrero de 1833 – Santander, 1º de marzo de 1906) es el escritor de las alturas, de las montañas nevadas, del paisaje asturiano por excelencia. En su novela Peñas arriba el escritor hace gala de esa capacidad inagotable suya para pintar con palabras mágicas, tanto por el sonido como por el significado, el entorno, con sus cimas y sus hondonadas, los balidos del ganado en las empastaduras, el trueno, la lluvia sobre los techos y las latas. También risas y enojos de esos paisanos de Tablanca, el pueblo donde se desarrolla la mayor parte de la historia de un señor antiguo, Don Celso, patriarca de la zona, quien ve acortarse sus días al padecer una enfermedad mortal. Le queda al anciano poco tiempo de vida y no sabe a quién heredar. Decide entonces llamar a su sobrino Marcelo, un jovencito de Madrid, que poco conoce de sus orígenes y de su parentela montañesa, para intentar que lo suceda en la propiedad y la administración de sus vastos dominios y sus riquezas. El joven es un “afrancesado” impenitente, y rechaza al principio la mera idea de quedarse a vivir en ese pueblo de la montaña, donde no hay carruajes, ni salones, ni paseos por la Castellana, ni tertulias con damas acicaladas y bien perfumadas. Pero don Celso posee la sabiduría para ir transformando el alma de su sobrino, hasta que éste sucumbe y sufre un cambio radical en su entendimiento, y acepta, finalmente, convertirse en su heredero, en esas soledades.

El siguiente pasaje narra el rescate de un hombre que sale a la montaña a enterarse del estado de su ganado. Encabeza la partida un tal Señor de la Torre, un conocido de Don Celso. A él y a sus acompañantes los sorprende un temporal de nieve, que por poco se cobra sus vidas…..

 

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EL RESCATE (*)

José María Pereda

(Fragmento)

En cierta ocasión se le ocurrió a un convecino suyo, que ya no era mozo, ir a mirar un poco por el ganado que tenía en el invernal, distante de Provedaño un jornada de medio día, a un buen andar por los altos montes, cara al Este. El día era de diciembre. Estaba el cielo gris; afeitaba el cierzo de puro frío, y aquella misma noche cayó una nevada de dos palmos. Nevando desde el amanecer y helando desde que anochecía, pasó más de media semana, y no volvía a Provedaño el hombre que había ido al invernal, ni se conocía su paradero. El enterarse del suceso el Señor de la Torre, que no había salido de casa en ese mismo tiempo por no hacer falta fuera de ella; lanzase de un brinco al corral; toma camino del pueblo, volando más que pisando sobre la espesa capa de nieve que le tapiza y enblanquece, como al lugar, como al valle entero y como a todos los montes circunvecinos; llega, golpea con su garrote las puertas, cerradas por miedo a la glacial intemperie; ábrense al fin una a una; pregunta, indaga, averigua, estremécese, indignase, amonesta, increpa, amenaza donde no halla las voluntades a su gusto, y, por último, endereza a garrotazos las más torcidas, hasta conseguir lo que va buscando: media docena de hombres que le acompañen al invernal en que debe hallarse, bloqueado por la nieve, sí no muerto de hambre o devorado por los lobos, su infeliz convecino, que, contando volver a la mañana siguiente, no había llevado otras provisiones de boca que un pan de cuatro libras; hace buen acopio de ellas; exhorta a los seis que le rodean, poco resueltos; anímense y se enardecen al cabo, porque son buenos y caritativos en el fondo; emprenden la marcha los siete monte arriba, monte arriba, y anda, anda, anda, anda, cuando el pecho, como si el aire que aspiran llevara consigo millones de puntas aceradas, y una torpeza y un quebranto en las rodillas, cual si fueran losas de plomo los “bajarones” que arrastran sus pies: confórtanse un poco con un trago de aguardiente que beben “a la riola”; y anda, anda sin cesar, a veces se ven envueltos en remolinos de nieve cernida, desmenuzada y sutil, que les impide hasta la respiración y que, por fortuna, pasan como una nubecilla más de las que se ciernen y vagan errabundas sobre la montaña: El mismo Señor de la Torre, de complexión de hierro y que le va su indomable fortaleza, que los miembros se le entumecen, que no puede modular una sílaba con sus labios, contraídos por la frialdad: que están yertas, insensibles, sus manos amoratadas, empieza a temer algo serio y no por él seguramente, y salta y brinca, se frota, se golpea, grita y aúlla como un salvaje…., todo menos vacilar y detenerse ni dejar un instante en reposo un músculo ni una fibra de su cuerpo: y luego canta y se chancea mientras anda, para alentar y dar ejemplo a los que van a sus órdenes y le siguen en silencio absoluto, aterrador, de aquellas alturas solitarias e inclementes. Al fin quiere Dios que columbre el invernal, que les queden fuerzas bastantes para llegar a él, que lleguen vivos y que encuentren adentro lo que van buscando. El hombre está allí: pero a punto de morir de hambre y de frío y de desconsuelo. Mientras unos le confortan un poco con bebidas y con palabras, otros encienden una fogata que le vuelve el calor, que también les falta a todos. Tras la bebida espirituosa, el Señor de la Torre va alimentando con prudencia al hambriento y aterido, que devora, más que come, cuando le ponen delante de la boca. Ya hay hombre pero alelado, taciturno, entristecido. Es preciso curar también aquella tristeza y manda que le cuenten algo entretenido los que sepan cuentos y romances. Nadie de los seis, sabe una palabra de esas cosas; pero el Señor de Provedaño sabe de memoria libracos enteros, enjareta en voz alta y resonante medio poema del “Mío Cid”. Como si callara. El hombre no chista, ni siquiera presta atención. Hay que hacer más, y manda que se cante al uso de la tierra; pero nadie está en voz ni para ello, y canta él a pelado tonadas del valle nativo, y hasta el “prefacio” de la misa del día de “Corpus”, la más solemne y regorjeada del año. En esta prueba, ya mira el hombre al cantor y muestra algún deleite en oírle. Pues hay que echar el resto: “a bailar todo el mundo!. Y como nadie se mueve, baila él como un desesperado a lo alto y a lo bajo, y después la jota aragonesa, y, por último, un zapateado que arranca al entontecido una exclamación de asombro y una risotada de alegría, y al caballero, ya descuajaringado y jadeante, estas palabras que parecen, por el tono, una maldición: “!Acabarás, hijo de una cabra!”.

 

(*) El título del fragmento es del recopilador.

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