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La novela urbano-policial de Ramón Díaz Eterovic

Escritor Ramón Díaz Eterovic
Escritor Ramón Díaz Eterovic

La novela urbano-policial de Ramón Díaz Eterovic

Ernesto Bustos Garrido

Ramón Díaz Eterovic es puntarenense. Este es su lugar de nacimiento (1955), lo que lo distingue de muchos otros escritores. La ciudad queda de espalda al territorio antártico y está a miles de kilómetros de Santiago, la capital. Sus gentes son una gran amalgama de emigrantes de españoles, ingleses, croatas, alemanes, italianos, argentinos y chilotes, es decir, chilenos pero nacidos en la Isla Grande de Chiloé que llegaron a ese confín del mundo como braceros, peones para la esquila del ganado ovino, como mineros, y por sus habilidades marineras, para tripular los barcos, veleros y lanchones de diferentes banderas y patrones que surcaban las aguas australes para el traslado de mercaderías, la caza de lobos y ballenas y hasta la piratería y el contrabando. Ser puntarenense, es por tanto, echarse encima todas esas razas, todas esas culturas, y  abordar y adoptar cada idiosincrasia para sacar lo mejor de ellas.

Se puede decir entonces que Ramón Díaz Eterovic es un resumen de esta rica muestra humana, y desde allí ha dado forma a un estilo de escritura que es fácil de identificar. Es un gran contador de historias y su imaginación pareciera no tener límites. Es como si la suya se instalara arriba de un témpano, devorando miles de millas en busca de la frase y la palabra exactas hasta el infinito. Su prosa es cuidada y rápida, como el jinete que no tiene mucho tiempo para enredarse con faldas o prometedores negocios. Dispara y ya está. Así su producción literaria es abundante y en su cerebro hay cuerda para rato.

Ya hace muchos años que vive en la capital del país (1974). Es o fue funcionario público, lo que le ha permitido disponer de un piso para hacer frente a sus necesidades básicas y así dedicarse a la literatura en cuerpo y alma. Es, asimismo, un hombre bueno, generoso, sencillo, y afable. Fue presidente de la Sociedad de Escritores de Chile entre 1991 y 1993. El éxito obtenido con sus novelas no lo ha envanecido. Está traducido en veinte países. Transita por las calles del casco viejo de Santiago, observando a la gente, buscando algún detalle que lo inspire. Es “habitué” del bar “La Piojera”,  ubicado en la calle Aillavillú, muy cerca de la antigua Estación Mapocho, barrio de prostitutas y compadritos y en cuya entrada siempre hay un vendedor de tortillas de rescoldo y huevos duros. Acude a ese bar  o a los café del sector sin parsimonia, dispuesto a compartir una caña de “pipeño” o un humeante “express” colombiano o brasileño con cualquier parroquiano. De cada tertulia extrae ideas.

En las esferas literarias se le conoce por su personaje Heredia, un detective privado, a veces muerto de hambre, a veces con algo de capital en los bolsillos y que en muchas ocasiones toma ciertos casos policiales aunque sepa por anticipado que nunca le van a pagar, ni siquiera resolviendo el crimen, la estafa o la infidelidad. También aparece recurrentemente un viejo gato apodado Simenon, en homenaje al célebre escritor belga.

Heredia es uno de esos seres que, como el propio Díaz Eterovic, deambulan por la ciudad a cualquier hora, manos en los bolsillos, paseando anhelos y esperanzas, o simplemente la luz y la oscuridad de sus vidas. El personaje fue creado en 1987 para su novela La ciudad está triste (LOM Editores) y podría ser el “alter ego” de Díaz Eterovic, aunque no es ni ha sido detective profesional, sino administrador público titulado en la Universidad de Chile.

La saga del detective noctámbulo reúne más de quince títulos, todos bajo el sello de LOM. Uno de ellos es El color de la piel, del cual hemos tomado una parte.

 

El color de la piel*

Ramón Díaz Eterovic

En el comienzo de una tranquila noche de verano, el barrio vivía sin sobresaltos su rutina de construcciones viejas y calles en penumbras. Una franja azul se reflejaba sobre las lejanas cumbres de la cordillera de Los Andes, negándose a seguir al sol en su muerte cotidiana. Desde la oficina, y con algo de imaginación, podía escuchar el murmullo del río Mapocho, avanzando sobre piedras y matorrales, sin entusiasmo, convertido en un hilillo barroso, anémico. Mi reloj indicaba las ocho de la noche y pese a que el anochecer convertía el paisaje en una mancha rosada, el aire cálido, ardiente a ratos, que deambulaba desde la mañana por los rincones del barrio, seguía entrando por la ventana entreabierta.

Los bares y restaurantes del barrio comenzaban a llenarse de clientes. Desde sus interiores brotaba el eco bullicioso de las conversaciones animadas por la cerveza. Preparé una taza de café, encendí un cigarrillo y luego de recuperar mi lugar junto a la ventana, pensé que había tenido un día bueno, de esos en los cuales todos los dardos parecen dar en el blanco.

Por la mañana había cobrado unos honorarios con los que saldé mis deudas con la dueña del departamento y abastecí de gasolina el estanque de mi auto. El precio del combustible subía todas las semanas, pero eso no preocupaba a mi viejo Chevy, que llevaba tres días inactivo, sediento, abandonado a su suerte de chatarra de otra época, anterior a la existencia de los cambios automáticos y a la invasión de los autos coreanos y japoneses que colapsaban las calles.

Sobre el escritorio estaba el diario que compraba cada mañana, y encima de éste, despatarrado, tapando los titulares que anunciaban alguna nueva catástrofe en el mundo, mi gato Simenon se aseaba minuciosamente, con la paciencia de un felino que no sabe de horarios ni deberes. Si existía la posibilidad de vivir otra vida, yo deseaba regresar a la tierra convertido en un gato de ojos oscuros, sin más preocupación que tenderme sobre una alfombra, al amparo de los rayos del sol, indiferente a todo, incluida la silueta de una sabrosa laucha.

–¿Te acicalas para salir a recorrer los tejados? –le pregunté, acercándome a su lado con la precaución de no interrumpir su aseo.

Su limpieza era el rito al que Simenon dedicaba buena parte del día, utilizando la parte áspera de su lengua para despojarse del polvo, los pelos muertos o los residuos de su alimentación.

–¿Tienes cita con alguna gatita ingenua? –insistí, al tiempo que lo observaba relamer sus largos bigotes.

–Las gatitas ingenuas no existen, Heredia. A tu edad ya deberías saber que a la menor provocación hasta la gata más recatada muestra sus garras.

–Cualquiera diría que has padecido muchas decepciones.

–No tantas como tú, Heredia. Sólo las suficientes como para desconfiar de un lindo par de ojos.

–¿Qué sabes de mi vida, gato metiche?

–Todo.

–Entonces debes saber que deseo una cerveza helada.

–¿Qué te retiene? La flojera de abrir y cerrar la puerta.

Tomé la chaqueta que colgaba en el respaldo de mi sillón y salí del departamento sin prestar atención a la última impertinencia de Simenon. Una vez en la calle, respiré profundo y dejé que mis pasos me guiaran lentamente hasta el boliche ubicado frente a la entrada del edificio donde vivo, en la esquina de las calles Bandera y Aillavillú, el corazón de un barrio de restaurantes populares, tiendas de ropa usada, cabarés, relojerías y pequeños quioscos donde venden un sinfín de cachureos y baratijas de plástico.

Entré al bar “Touring” y me acodé sobre su barra. Sus paredes seguían revestidas de azulejos y alrededor de sus maltrechas mesas de madera se congregaba una amplia colección de hombres y mujeres que parecían alegres y despreocupados. Pedí una copa de vino y me ubiqué junto a un hombre bajo, de cabellos negros y ojos saltones. Su piel era morena y brillante. Lucía un bigote ralo, negruzco, que contrastaba con el blanco intenso de sus dientes. El hombre sonrió levemente y enseguida se llevó a los labios el copón de cerveza que tenía a su alcance. Luego, cuando lo dejó sobre el mesón, observó a su alrededor con una expresión de alivio en el rostro.

–Bonita noche –dijo, amistoso. Su voz tenía un timbre claro, que me sonó extraño en medio de las voces altisonantes que brotaban desde las distintas mesas del bar.

–Bonita –retruqué, sin muchas ganas de entablar conversación.

El hombre iba a decir algo más, pero en ese mismo instante sintió el choque violento de un hombrón que se abría paso hacia la barra a punta de empujones.

–¿Desde cuándo sirven trago a los peruanos hediondos? –preguntó el extraño, dirigiéndose al mozo que atendía la barra.

El moreno no dijo nada. Contuvo su rabia, bebió un nuevo sorbo de cerveza y miró hacia la puerta del bar, como esperando la llegada de un ángel redentor. Pero no tuvo suerte y tuvo que conformarse con observar la entrada de tres muchachos vestidos de negro que lucían vistosos tatuajes de serpientes y dragones en sus brazos.

El hombrón tomó la cerveza que le acababa de servir el mozo, y al ver el copón del peruano lo empujó con una de sus manos y quedó mirando como la cerveza escurría sobre la barra y descendía hacia el suelo.

–Los cholos ni siquiera tienen buenos modales –dijo.

El peruano se dispuso a encararlo. Deduje que no tenía ningún chance de ganar. Su cabeza apenas llegaba a la altura del mentón del agresor y a simple vista se notaba que carecía de experiencia en peleas con matones.

–Si no le agrada el bar, puede ir a otra parte –dije al hombrón.

–¿Quién te dio vela en el entierro? –preguntó.

–Iba pasando y me llamó la atención las lindas caras de algunos clientes.

El hombrón esbozó una sonrisa maliciosa y su rostro adquirió un tono púrpura.

–¿Quieres pelear, metiche?

–Quiero beber en paz y que reemplace la cerveza que le botó a mi amigo.

Miré al pendenciero e intuí que intentaría golpearme.

–A ti y a tu amigo peruano los puedo meter en una misma bolsa.

–Es probable, pero en tu lugar, lo pensaría dos veces antes de intentarlo.

–No necesito pensar en nada. Sé cómo tratar a los metiches.

–Haz un esfuerzo, cabrón. Tal vez yo no ande solo.

–No veo a nadie cerca.

–Tengo una buena amiga que siempre me acompaña –dije, indicando el bulto que se formaba bajo el bolsillo izquierdo de mi chaqueta–. ¿Quieres que te la presente?

El hombrón retrocedió un paso y pareció reconsiderar la situación. Dos hombres que estaban a su lado comenzaron a distanciarse y en las mesas más próximas se hizo un silencio expectante.

–Las peleas entre hombres son a mano limpia.

–Si es así, podremos pelear cuando evoluciones y pierdas tu expresión de chimpancé.

El matón apretó sus puños y por un segundo miró a su alrededor.

–Además, cuando trabajo suelo cuidar mis modales –agregué.

–¡Trabajo! ¿De qué trabajo hablas, metiche?

–El cuartel central de la policía está cerca. ¿Quieres conocerlo? Puedo acompañarte a dar un paseo por algunas mazmorras apestosas. Tengo llave para entrar cuando quiero.

Observé la reacción del hombrón y deduje que había conseguido introducir una duda razonable en su cabeza.

–Una semana en el chucho permite pensar en muchas cosas. ¿Qué dices? ¿Aún quieres pelear?

El grandullón observó a los clientes que estaban junto a la barra y movió sus hombros con desgano.

–Era una broma, amigo –murmuró–. No quiero líos con un tira.

–Nos debes una cerveza, cabrón.

Sonrió de mala gana. Enseguida sacó un billete de sus pantalones y lo dejó sobre el mesón.

–Por esta noche ya has bebido demasiado– dije mientras observaba la salida del bar.

El matón caminó hacia la puerta, cabizbajo, masticando su rabia.

Volví a mi lugar junto al mesón. En el rostro del peruano había una sonrisa que parecía agrandar sus dientes y su bigote.

–Espero que se haya calmado por un buen rato– comenté.

–Ese verraco no parecía estar en sus cabales. Gracias por la ayuda.

–Por nada. Me gusta tener espacio en la barra cuando bebo.

–Aparicio Méndez –agregó.

–Heredia –respondí estrechando su mano.

–Por favor, déjeme invitarle una chelita, señor.

–No es necesario –respondí y luego, al notar la desilusión del peruano, pregunté–: ¿De qué parte del Perú es usted, amigo?

–Nací y me crié en Lima. Vine a Santiago por una chamba y mal no me ha ido, señor. Mi sueldo no es gran cosa, pero gasto poco y así consigo enviar algún dinero a mis parientes.

–Tiene suerte, a la mayoría de sus paisanos no le va tan bien.

–Lo sé. Todas las tardes doy una vueltecita por los alrededores de la Iglesia Catedral, y cada vez encuentro a más hermanos que buscan trabajo. No está buena la cosa para nosotros.

–Tampoco para los chilenos.

–Aun así, para algunos de nosotros es el paraíso –dijo Méndez y comenzó una larga relación de pesares y desgracias que me hizo recordar el inicio de una novela de Vargas Llosa que había leído en mi época de estudiante universitario: “¿En qué momento se jodió el Perú, Zavalita?”.

–Y usted, señor, ¿es policía como le dijo al matón? –preguntó Méndez al darse cuenta que no prestaba mucha atención a sus lamentaciones.

–Nunca dije que fuera policía.

–¿No? –preguntó, desconfiado.

–Detective privado. Tengo una oficina en el edificio que está frente al bar. Si alguna vez tiene problemas o sólo quiere conversar, suba al ascensor y marque el piso siete. En la puerta de mi oficina hay una placa de acrílico que dice: Investigaciones Legales.

–¡Qué suerte la mía! Recibir la ayuda de un detective.

–Pude manejar la situación, pero no estoy seguro que ocurra lo mismo en otra oportunidad. El matón puede volver y dudo que logre engañarlo de nuevo con el truco de la pistola.

–¿Truco? No me diga que anda sin pistola.

–Sólo porto la petaca que me regaló un amigo poeta –respondí, palpando el bulto bajo mi chaqueta–. Le recomiendo irse a su casa o cambiar de bar.

–Seguro, seguro que sí –dijo Méndez–. Me voy enseguida.

Pese a la prisa del peruano bebimos nuestras copas antes de separarnos. La nostalgia brotaba por sus poros y junto con hablar de las bellezas limeñas, dio una larga disertación acerca de las ventajas del pisco peruano sobre el chileno. Después, cuando quiso hablar de fútbol y de las últimas confrontaciones entre las selecciones de Chile y Perú, hice una seña para indicarle la calle. Méndez entendió que era el minuto de marchar hacia su casa.

El bar tenía dos puertas. Una daba a la calle Aillavillú y la otra hacía la Estación Mapocho. Méndez escogió la segunda y lo vi alejarse con paso ligero. Pensé que mi paseo había sido breve y me dispuse a seguir la caminata. Encendí un cigarrillo. Seguía siendo una noche calurosa.

** Primer capítulo de la novela El color de la piel, novena entrega de la saga del detective Heredia

 


Ernesto Bustos Garrido Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile) es periodista de la Universidad de Chile, donde impartió clases así como en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, fundamentalmente en La Tercera de la Hora. Fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar.

Amante de los viajes y de la escritura, admira a Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Nicanor Parra, Vicente Huidobro, Francisco Coloane, Ernest Hemingway, Cervantes, Vicente Blasco Ibáñez, Pérez Galdós, Ramiro Pinilla, Vargas Llosa, García Márquez, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo.


 

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