Roberto Bolaño

Roberto Bolaño y Monsieur Pain

Por Ernesto Bustos Garrido

Hay un hombre que agoniza –Vallejo– en un cuarto de una clínica privada en París. Le ha sobrevenido un ataque de hipo y los doctores no saben cómo ni por qué. El hecho es que es un enfermo que no tiene vuelta. La esposa de éste recurre a una amiga, la viuda Madame Reynaud, y ésta a un tal Monsieur Paín –un veterano de la Primera Guerra Mundial– que entre sus desconocidas virtudes posee el don de curar a enfermos terminales a través del mesmerismo, un método paliativo inventado por Franz Mesmer. Este investigador, autor del libro la Histoire abrégée du magnetisme animal, estaba convencido de que en la raíz de casi todas las enfermedades se hallaba un desarreglo nervioso que podía ser resuelto con ciertas facultades del poder mental. Sin embargo, los médicos tradicionales desechaban categóricamente este tipo de prácticas.

Pain participó en la Gran Guerra cuando tenía sólo 21 años. Hecho prisionero había sido torturado, le habían quemado los pulmones, y fue una casualidad que siguiera con vida. Por eso se dedicó desde joven a las ciencias ocultas y  se convirtió en un apasionado mesmerista.

No obstante cierta experticia de su parte, los médicos que atienden al joven moribundo lo rechazan. Lo tildan de un farsante. Entretanto, unos extraños personajes hispanoparlantes se cruzan en el camino de Pain, y lo instan a no acercarse al enfermo; incluso le pagan un fuerte soborno para que desaparezca. Él no encuentra cómo reaccionar y además teme desencantar a Madame Reynaud, de quien se ha enamorado.

La historia inventada por Bolaño (1953-2003) –en un arranque magistral de su creatividad literaria– recorre obscuros vericuetos para cruzarse con una especie de intriga internacional poco antes de que los alemanes invadan Francia al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Se sospecha de una amenaza, de un extermino humano de amplias proporciones a través de una guerra bacteriológica, entre otros métodos.

Pain queda atrapado en las redes de los acontecimientos que se suceden sin demora, y mientras tanto Madame Reynaud lo apremia para que vaya a salvar a Vallejo.

En el siguiente fragmento de Monsieur Pain, Bolaño exhibe esas aptitudes únicas y gigantes como narrador. Él no siempre fue acertado en su escritura; eso hay que decirlo. La envidia además le corroía las entrañas. Recelaba de Isabel Allende por ser una bestseller. Tiene asimismo libros que mejor no hubiera publicado, pero en éste está soberbio. Utiliza la magia de las palabras sonora para hacer sentir al lector que el miedo eriza el cabello, que la luz ciega la vista, que la lluvia refresca cuerpo y alma, que los recuerdos a veces torturan y que los cielos encapotados presagian talvez una tragedia.

El siguiente texto es un excelente botón de muestra.

Roberto Bolaño fragmento

Visita femenina al cuarto de un hombre temeroso

Fragmento de Monsieur Pain

Roberto Bolaño

A primera hora de la mañana se presentó Madame Reynaud en mis habitaciones. Era la primera vez que esto sucedía desde el inicio de nuestra amistad.

Un poco turbado por la novedad de la situación le rogué que tomara asiento mientras procedía a cambiarme en el cuarto contiguo. Pareció no oírme; durante unos instantes permanecimos inmóviles, como si nos contempláramos desde un ángulo hasta entonces inédito, ambos envueltos en algo que se asemejaba a la urgencia y a la timidez. Del exterior no llegaba el más leve ruido, sí acaso un murmullo a cosa indescifrable en el aire, a materia suspendida, y la luz que contorneaba su figura, poseía la intimidad gris de ciertas mañanas parisinas. Sonreía dulcemente, aunque con algo de cautela, y lo observaba todo con curiosidad de niña una pizca desilusionada. Mi pobre cuarto no podía, ciertamente, ofrecer una imagen de mayor desorden; en un espacio reducido se estorbaban dos sillones de respaldar alto, recuerdo de mi familia, una viaje alfombra marroquí, una estantería de roble, una cómoda sobre la que estaba el hornillo y la mesa oscura con ribetes de caoba en donde se amontonaban por áreas no del todo precisas, los libros que suelo hojear a diario, el microscopio, el metrónomo, mis pipas, platos y tazas, un cuchillo sucio, etcétera, todo ornado por una ligera capa de polvo que hasta entonces había ignorado, pero que en la presencia de madame Reynaud saltó delante de mis ojos como prueba fehaciente de decrepitud. Probé a disculparme por el estado en que se encontraba la habitación; mentí que últimamente no tenía tiempo para ocuparme de las cosas domésticas, pero ella me tranquilizó haciendo una observación banal sobre la naturaleza descuidada de los intelectuales. Di gracias a Dios de que la puerta de la otra habitación estuviera cerrada. Una pequeña fotografía enmarcada  que colgaba de la pared captó su atención; se trataba, simplemente, de la imagen de una calle de Clichy que me regaló un amigo muchos años atrás. Señaló la foto con cierto nerviosismo:

–¿Nació usted allí?

–No, no –me apresuré a negar.

–Es una fotografía hermosa, pero muy triste…

–Admito que tiene algo de melancólico. La verdad es que está ahí por inercia. No me interesa en lo más mínimo. Puede que la colgara para ocultar una mancha de humedad.

Me miró y al cabo de un instante sus labios se distendieron en una amplia sonrisa. Hizo un ademán de decir algo pero se lo impedí; entre el sinnúmero de cosas que podía haber dicho imaginé una frase, remota y cariñosa, la única que no deseaba o que no me atrevía a escuchar. Fui cobarde y pagué por ello.

Unos minutos después pasó a explicarme lo que la había traído a mi casa. En realidad, era fácil adivinar. Madame Vallejo había telefoneado la noche anterior, poniéndola al corriente de su charla con Lemière. El resultado era decepcionante. En efecto, Lemière dijo: “Todos los órganos son nuevos”, pero luego, a solas con Madame Vallejo, añadió: “¡Ojalá que encontráramos uno en mal estado! Veo que este hombre se muere, pero no sé de qué”.

La mención de la muerte, agravada aún más, si cabe, en los labios de Lemière, puso a Madame Vallejo en un estado cercano a la depresión total, cosa comprensible teniendo en cuenta los días que llevaba en la cabecera de su esposo, durmiendo poco y presa de mil incertidumbres; pero había reaccionado, como contó Madame Reynaud con orgullo no exento de entusiasmo, y ahora solicitaba mi presencia en el lecho del enfermo. Según pude comprender, Madame Vallejo, no cejaría hasta agotar todas las posibilidades. “Todas las posibilidades” era un eufemismo para designarme a mí, por supuesto.

De repente, como una luna menguante que se asoma por un hueco dejado por las nubes, la escena se me presentó sin ningún revestimiento: dos mujeres empeñadas en que no muriera un pobre hombre, recurrían a otro pobre hombre cuando la ciencia y la medicina nada podían o querían hacer. La escena era tristísima, casi un melodrama naturalista; sin embargo, detrás de lo que podríamos llamar tablas o primer plano, oculto entre bastidores, creía ver –fue un chispazo, y mi rostro se mantuvo inalterablemente atento a las palabras de Madame Reymaud– la silueta de un desconocido, aventuramos que fumando en un pasillo tras bambalinas, y supe sin ninguna duda que ése era el sudamericano advertido en el sueño.

Pensé si no estaría sobreexcitado, me pregunté qué clase de pureza era la que Madame Reynaud, casi sin darse cuenta, ponía a mis pies. Fuera cual fuera, no la merecía. Nada había hecho para merecerla. Probablemente me sentí, como pocas veces, dichoso.

Concertamos una cita para las cuatro de la tarde en un café cercano a la Clínica Arago. Las horas siguientes las pasé en casa, solo, sin comer, bebiendo de vez en cuando una taza de té y fumando. Desde la ventana de mi dormitorio se veía el paisaje de chimeneas y buhardillas acopladas a un invierno que no quería marcharse.

Intenté leer pero me resultó odioso. La presencia de Madame Reynaud aleteaba aún en la casa. Recuerdo que en un momento, sin enojo, arrojé contra la pared el libro que tenía en las manos. Inútilmente traté de evocar un grabado en extremo inquietante y revelador de Félicien Rops. El gris de la ciudad, al fondo, se tornaba en una amalgama negra y blanca que presagiaba amenazas. Probé asear ambas habitaciones. Pasé el cepillo por el traje que llevaba puesto. Me demoré frente al espejo en la perfección de mi peinado. Imposible.

Cuando salí el cielo había vuelto a encapotarse y a las dos manzanas empezó a llover. Deseé que la lluvia se mantuviera hasta bien entrada la noche para dormirme escuchando el martilleo de las gotas sobre el tejado. Era lo único que deseaba y era la mejor disposición que podía tener, antes de ver, por fin, a mi enfermo.

Roberto Bolaño, Monsieur Pain, Anagrama1999, Barcelona, España, pags. 5-61.
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