Cuestionario literario: Miguel A. Zapata

Escritor Miguel A. Zapata
Escritor Miguel A. Zapata

 

No puedo traicionar mis placeres. Entiendo de autores que adoro o detesto, obras decepcionantes o proveedoras de éxtasis… Sí es cierto que la satisfacción de una novela que empieza a fluir y a cobrar algo similar al sentido que querías darle cuando sólo era un proyecto en tu cabeza, es difícilmente superable. Mi segunda novela, que espero publicar en 2017, me proporcionó lo más parecido a un estado de gracia creativa (si es que eso existe) que yo haya vivido como escritor: todo cuadraba, todo era placentero, todo tenía un sentido. Con los géneros breves, me despego más pronto de la materia narrativa, como un teorema matemático que se resuelve con un golpe de inspiración y ya no te pertenece, quizá porque jamás lo hizo, como si lo resolviese otro, una forma de gozo diferente. Es una sensación curiosa, sí.“.  M.A.Z.

1 ¿Cuándo comenzaste a escribir y con qué pretensiones?

Mis primeros cuentos empecé a escribirlos con nueve o diez años. La pretensión, supongo, cercana a la emulación de mis lecturas preadolescentes: Verne, Salgari, aquellos libros fabulosos de Alfaguara juvenil, las aventuras de “los Cinco” o “Los Siete Secretos”… Mi padre conserva alguno de esos primeros esbozos de narración en papel ya amarillo, en la letra difusa de una Olivetti Lettera 42 y con un léxico recargado e impreciso que yo consideraba entonces el colmo de la sofisticación.

2 ¿Planificas los libros antes de sentarte a escribirlos o surgen sobre la marcha, al hilo de tus pensamientos, sin planificación?

Depende del género. Cuando abordo una novela, noto una creciente carpintería previa: notas en moleskine, planificación mental de tramas y subtramas en fase de nebulosa o anotaciones dispersas en la agenda del Smartphone. Si es un cuento o un microrrelato, trabajo con una imagen de partida que será la rectora de la narración, el faro que llevará las cosas a puerto o las dejará hundirse en el fondo del mar. En ambos casos, la idea o epifanía original se desfleca, se ramifica, toma sus propias dinámicas y caminos insospechados: las notas se pierden, otras cuantas se funden en una, la arquitectura previa de una choza deviene en catedral. Eso es quizá lo más emocionante del proceso: imprevisión desde la apariencia inicial de orden.

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Adiós a Vallcorba

Editor Jaume Vallcorba

Jaume Vallcorba, editor de Acantilado (uno de cuyos libros citaba yo en este esquina de prensa el pasado miércoles) murió el sábado. Desde hace bastantes años soy fiel lector de su editorial; prueba de ello es que me he enterado de su muerte mientras leía otro de sus libros. Esta fidelidad desde la distancia no da para escribir una reseña sentimental: jamás hablé con él, ni siquiera lo vi en algún acto literario. Y confieso que tampoco tengo mucha información más allá de que atesoraba ciertas virtudes como persona que son fácilmente detectables en los libros que publicaba: rigor, independencia, seriedad, rechazo de las modas, etcétera. En cualquier caso, si es cierto lo que decía Walt Whitman (“Tocas un libro, tocas un hombre”), puedo decir que llevo años leyendo al propio Vallcorba

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