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Tesis sobre el estilo literario

Andrés Ibáñez
                                      Andrés Ibáñez

Tesis sobre el estilo literario, por Andrés Ibáñez

1 La cuestión del “estilo” (palabra que, nótese, escribo siempre entre comillas) está de nuevo sobre la mesa. Francisco Umbral ha declarado que no puede haber literatura sin estilo. Caballero Bonald, reciente Premio Nacional de las Letras, ha expresado el mismo pensamiento casi con idénticas palabras.

2 En un sentido amplio ¿quién no suscribiría esa afirmación? Decir que lo más importante de la literatura es el estilo es lo mismo que decir que lo más importante de la literatura es que sea literatura, es decir, que sea arte. Pero ¿en qué contexto, en qué mundo, en qué país extraño y vándalo debería ser necesario hacer una afirmación semejante?

3 El problema es que cuando se habla de “estilo” suele hacerse referencia a una cierta forma del estilo barroco, que consiste en llenar el texto de juegos de tipo verbal (metáforas, paralelismos, aliteraciones, comparaciones, adjetivaciones desplazadas, etc.) que crean marcas de “literariedad” casi en cada frase, casi en cada sintagma. Este es el estilo barroco de grandes genios del lenguaje como Quevedo, Valle-Inclán o García Márquez. Es un estilo fácilmente identificable y que se presta gustosamente a la clasificación y el análisis, y por eso es el favorito de la exégesis académica. Por esa misma razón, puesto que consiste en un repertorio limitado de procedimientos o “tropos”, es fácilmente imitable de forma más o menos mecánica: de este modo se convierte en lo que hemos llamado “prosa leprosa”.

4 Sin embargo, el estilo sin comillas, es decir, eso que hace que el lenguaje, la voz o el mundo de un autor sea algo único y totalmente personal, es algo mucho más grande y misterioso que las obviedades del “estilo” barroco. Hay algo más importante que el “estilo”: es el tono, palabra que me voy a permitir resaltar en cursiva. Lo más importante en la literatura, lo más difícil, es el tono: la voz con que está escrito el texto. El tono se relaciona con todos los otros elementos de la literatura: con el estilo, con el punto de vista, con el “nivel de realidad” del texto, con la intención, con la cualidad musical o sublime que puede tener la obra literaria. La visión barroca y limitada de la literatura ha hecho escribir a algunos zafios que Kafka o Hemingway “no tienen estilo”. ¡Qué ignorancia! ¿Cómo olvidar el tono de Kafka, esa mezcla de melancolía, ironía, locura y terror? ¿Cómo olvidar el tono de Hemingway, su lirismo, su fatalismo, su sentido de la tragedia? Incluso en los escritores con un “estilo” llamativo, es casi siempre el tono lo que más nos impresiona al leerlos.

5 Existe una forma de estilo que evita o puede evitar casi por completo los juegos verbales, conceptuosos o ingeniosos, y se dedica a jugar más bien con la prosodia, con la música de la sintaxis. Proust, Henry James, Cortázar o Javier Marías serían magníficos ejemplos de este estilo, mucho más sutil que el barroco.

6 Los grandes novelistas de todos los tiempos carecen absolutamente de ese “estilo” que pringa tan a menudo nuestras novelas o intentos de novela. Dickens, Stendhal, Flaubert, Balzac, Tolstoi: estamos hablando de algunas de las imaginaciones más asombrosas de la historia de la literatura. Pero la magia de las frases de esos autores no puede reducirse a un repertorio de tropos o juegos combinatorios: aparentemente, leyendo frases aisladas de sus obras, su lenguaje es “normal”, pero leemos una página y estamos en otro mundo. Los aprendices de escritor deberían preguntarse más bien cómo conseguir esa sensación de realidad y de verdad, y no tanto cómo se escribe una página de prosa leprosa.

7 Veo constantemente novelas que podrían haber sido buenas novelas, y escritores que podrían convertirse en buenos escritores, destruidos completamente por la obsesión del “estilo” que quita a las páginas que escriben toda posible vida o espontaneidad, todo misterio y lejanía. Me atrevería a decir, incluso, que si la literatura española actual tiene un enemigo, éste no es el famoso “mercado” ni sus supuestos y funestos “halagos”. El “mercado nunca puede tocar la literatura, y esos supuestos escritores que se dejan “seducir” por la literatura “fácil y comercial” nunca podrían escribir otra cosa que lo que escriben. El verdadero enemigo de la literatura española actual es la obsesión barroca por llenar todas las frases de marcas verbales que demuestren que el autor “escribe bien”.

El género del microrrelato, visto por Andrés Ibáñez

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