Tres cuentos de caballos

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Palomo, el caballo del Libertador Simón Bolívar

 

El caballo, el mejor amigo del hombre

Por Ernesto Bustos Garrido (Corebo)

Los hechos, siempre los porfiados hechos, han puesto en más de una ocasión en jaque aquello de que el perro es el mejor amigo del hombre. Rudyard Kipling escribió un cuento donde el mejor amigo del hombre es un gato. Otros se han inclinado por la piedra yesca (para encender la lumbre) y algunos por el caballo.

Y hay argumentos para aceptar este último. Grandes personajes de la Historia han cimentado su fama por sus caballos. Ahí están Simón Bolívar y Palomo; El Mío Cid Campeador con Babieca; las yeguas de Mahoma, Kuhayla (que significa fuerza), Saqlaui (belleza) y Muniqui (rapidez); Napoleón y el caballo Marengo (que era de color blanco) y que lo acompañó en toda la campaña de Egipto; y el gran Alejandro Magno y Bucéfalo.

Pero no son los únicos. En las guerras son muchos los caballos que han destacdo por su temple y valor. Dos grandes autores chilenos –Óscar Castro y Guillermo Blanco– han inmortalizado a dos caballos: Lucero en el caso del primero y Riubardo, en el segundo. Entregamos dos fragmentos de ellos y un modesto relato escrito por el autor de estas líneas. E.B.G.

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Camino a los despeñaderos, en la alta cordillera, tierra de arrieros, baqueanos, contrabandistas y bandidos

 

Cuento de Óscar Castro: Lucero

(Fragmento)

 

El Paso del Buitre tiene su leyenda. No puede ser atravesado en Viernes Santo por un arreo de ganado sin que ocurran terribles desgracias. También su padre (el padre de Rubén Olmos) le advirtió este detalle, contándole, como ilustración, diversos casos en que la sima se había tragado reses y caballos de modo inexplicable.

En verdad, el paso es uno de los más impresionantes que puede presentar la cordillera. El sendero tiene allí unos ochenta centímetros de ancho: lo justo para que pueda pasar un animal entre el muro de piedra y el abismo. Un paso en falso… y hasta el Juicio Final.

Antes de aventurarse por aquella repisa suspendida quién sabe a cuántos metros del fondo, Rubén Olmos cumple escrupulosamente la consigna establecida entre los transeúntes de la cordillera: desenfunda su revólver y dispara dos tiros al aire para advertir a cualquier posible viajero que la ruta está ocupada y debe aguardar. Los estampidos expanden sus ondas por el aire diáfano. Rebotan en las peñas y vuelven, multiplicados, hasta los oídos del baqueano. Tras un momento de espera, el jinete se decide a reanudar su viaje. Lucero, asentando con precisión sus cascos en la roca, prosigue la marcha, sin notar, al parecer, el cambio de fisonomía en la ruta.

–¡Caballo lindo! –musita el hombre, resumiendo en esas palabras todo su cariño hacia el bruto.

Lo que ocurre enseguida nunca podrá olvidarlo Rubén Olmos.

Al salir de un recodo cerrado, el corazón le da un vuelco enorme. En dirección contraria, a menos de veinte pasos, viene otro hombre, cabalgando un alazán tostado. El estupor, el desconcierto y la ira se barajan en el rostro de los viajeros. Ambos, con impulso maquinal, sofrenan sus caballos. El primero en romper el angustioso silencio es el jinete del alazán. Tras una gruesa interjección, añade a gritos:

–Y cómo se le ocurre metes’en el camino sin avisar?

Rubén Olmos sabe que con palabras nada remediará. Prosigue su avance hasta que las cabezas de los caballos casi se tocan. Enseguida, saca una voz tranquila y segura del fondo de su pecho:

–El que no disparó jue usté, amigo.

El otro desenfunda su revólver, y Rubén hace lo mismo con rapidez insospechada en él. Se miran un momento fijamente, y hay un chispazo de desafío en sus ojos. El desconocido tiene unas pupilas aceradas, frías, y unas facciones acusadoras de voluntad y decisión. Por su exterior, por su seguridad, parece hombre de monte, habituado al peligro. Ambos comprenden que son dignos adversarios.

Rubén Olmos se decide por fin a establecer que la razón está de su parte. Empuñando su arma con el cañón hacia el abismo, para no infundir desconfianza, extrae las balas, presentando un par de vainillas vacías.

–Aquí están mis dos tiros –expresa.

El desconocido lo imita, y presenta, igualmente, dos cápsulas sin plomo.

–Mala suerte, amigo; disparamos al mismo tiempo –expresa el baqueano.

–Así es, compañero. ¿Y qué hacimos ahora?

–Lo qu’es golver, no hay que pensarlo siquiera.

–Entonces, uno tiene que quearse de a pie.

–Sí, pero… ¿Cuál de los dos?

–El que la suerte diga.

Y sin mayores comentarios, el jinete del alazán extrae una moneda de su bolsillo y, colocándola sin mirarla entre sus manos unidas, dice a Rubén Olmos.

–Pida.

 

(Fin del fragmento)

 

Óscar Castro, cuentos de caballos
(Fotografía) Óscar Castro (1910 – 1947)

 

Poeta, cuentista y novelista. La zona de Rancagua, su tierra natal, constituirá más tarde tema y escenario frecuente de sus obras. A partir de 1941, ejerce como escribiente bibliotecario y profesor del Liceo de hombres de Rancagua. Su vida es marcada por dificultades económicas y por el padecimiento de tuberculosis, enfermedad que le causa la muerte. Edita su primer libro de poemas, Camino en el alba, en 1938. En 1939, obtiene el Premio Municipal de Buenos Aires por una serie de cuentos campesinos publicados en la revista argentina Leoplán. En 1943, publica Las alas del Fénix, romances sobre Rancagua. Su segundo volumen de cuentos, La sombra de las cumbres, obtiene el Premio Municipal de Santiago en 1944. Ese mismo año, publica el poemario Reconquista del hombre, y en 1945 aparece su única novela publicada en vida, Comarca del jazmín. Sus obras publicadas póstumamente son: Glosario gongorino, sonetos (1948); Rocío en el trébol, poemas (1950); Llampo de sangre, novela (1950); La vida simplemente, novela (1951), y Lina y su sombra, novela (1958).

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Guillermo Blanco, cuentos de caballos
“Adiós a Riubardo” de Guillermo Blanco

 

Cuento de Guillermo Blanco: Adiós a Ruibarbo

(Fragmento)

Lo conocían ya los hombres de la panadería, y lo dejaban quedarse allí.

–Entra, Potrillo –le decían al verlo en la puerta.

Él entraba sin articular palabra, con la clara elocuencia de sus ojos no más, y se movía suavemente, sin ruido, y se ponía junto a sus amigos, a practicar ese íntimo rito suyo de comunión.

–Manco, manco….

En más de una oportunidad le ofrecieron subirlo sobre el lomo de alguno de los caballos.

–¿Quieres dar una vuelta, Potrillo?

–No.

–¿Tienes miedo?

–No.

–¿Entonces?

–No quiero.

–¡Ah, tienes miedol.

Lo dejaban. Y él no tenía miedo. Tenía una especie de vergüenza de que le propusieran eso, porque era humillante para las bestias, y era cruel. Era recordarles su servidumbre, mientras él no anhelaba sino la muda hermandad que le ligaba a ellos y los hacía un poco sus semejantes. Le gustaba, por eso, que le llamaran Potrillo. Por eso le gustaba el olor que en su epidermis dejaba el sudor de las ásperas pelambres.

Cuando se iba al río, se echaba bocabajo sobre una piedra enorme –siempre la misma– y se dedicaba a soñar despierto. Imaginaba una especie de invariable cuento de hadas: él era rico, muy rico, dueño de un reino con castillos de doradas puertas y palacios y lagos tranquilos, y en medio del mayor de los lagos había una isla ancha, lisa, cubierta toda de césped, y allí enviaba él a los caballos, los de todas las panaderías del reino, y les tenía arroyos y árboles y unos pesebres inmensos y hermosos, y nadie podía maltratarlos ni montarlos, porque él había impuesto pena de muerte a quien lo hiciera, y en un lugar de privilegio de la isla habitaban Ruibarbo, Pintado, Canela y Penacho, y a los ojos de Canela y Ruibarbo había tornado la visión, y eran unos ojos vivos, alegres, mansos siempre –claro–, pero brillantes de felicidad, plenos de paz, y él los observaba y les hablaba y ahora sí que le comprendían, y los dos se iban con él, andando, andando, bajo los olmos y las higueras, y se metían por unos vados pedregosos y entre las ramas que se trababan por sobre sus cabezas veían el cielo, con un sol perenne y tibio, que no daba calor, sino solo infundía al cuerpo una sensación de gozosa tibieza, y cuando llegaba la noche –a veces– él dejaba sus asuntos de Estado para quedarse a dormir con sus amigos, acostado en el pasto, entre los cuerpos gigantescos, suaves, amables, y al amanecer siguiente lo despertaban, cual clarines los relinchos de Ruibarbo y Canela, y abría los párpados y ante él se hallaba el mágico espectáculo de las crines y las largas colas flotando en el aire, mientras los animales galopaban por la llanura…

Un día, al salir al reparto el carro tirado por Ruibarbo, el anciano conductor dijo al chico:

–Despídete de él, Potrillo.

Su mirada honda preguntó por qué.

–El patrón lo vendió.

–¿A quién?

Quiso el hombre callar, pero la mirada del niño era demasiado poderosa para resistirla. Con voz ronca le explicó que lo llevarían al día siguiente al matadero, que harían charqui de él.

Al matadero. Se fue el muchacho pensativo, calle abajo. Su hermana había ido al matadero una vez y le contó cómo era, cómo un hombre que vestía un delantal sangriento se había acercado a un buey y le había clavado su enorme cuchillo, y el buey no murió al primer golpe y observaba con expresión bondadosa, sin rencor ni rebeldía, al verdugo. Parecía pedirle que acabara pronto. Mientras, la sangre fluía de la ancha herida y algo se apagaba a pausa en sus pupilas.

Llegó el chico al río. Una bandada de garzas se alzó, eglógica, sobre el cauce. Un perro le siguió a corta distancia durante un trecho. Mas él no percibía nada. En su mente no resonaba sino la palabra fatídica: el matadero, y ante su vista no había sino el delantal manchado de rojo, la hoja de metal, filosa, la quieta agonía que imaginaba a Ruibarbo.

Una lágrima, sola, rodó por su mejilla.

Era la hora de la escuela. No fue a la escuela. Permaneció la mañana entera tendido en su roca, no soñando como siempre, sino meditando, obsesionado, desesperado. Almorzó maquinalmente con la cabeza baja y la garganta estrecha de angustia. Nadie en su casa lo notó. Era una casa pobre, donde había preocupaciones más graves que la suerte de un jamelgo.

En la tarde se encaminó a la panadería y se quedó hasta que ya estuvo oscuro junto al viejo Ruibarbo, murmurando su rito inútil:

–Manco, manco, Ruibarbo…

De pronto oyó que cerraban las puertas y colocaban trancas. Alguien se despedía:

–Hasta mañana, patrón.

–Hasta mañana. ¿Les pusiste agua a los caballos?

–Sí.

–¿A los cuatro?

–Bueno, al Ruibarbo no. Sería darles trabajo de más a los charqueadores.

Sonó una carcajada. El chico se estremeció. No hizo ningún movimiento. Esperaría a que se fueran, y daría de beber a su amigo.

Se escucharon pasos aún, voces que iban apagándose; después, un largo rato durante el cual no hubo ruido alguno, fuera del que producían los animales con su lento masticar del forraje. Se asomó al patio. Una luna blanquecina había salido ya y lo alumbraba todo vagamente. Se dirigió a la llave de agua con andar sigiloso, buscando los rincones. Al pasar frente al callejón de salida se le ocurrió una idea que hizo latir más aprisa su corazón: corrió jadeando junto a la entrada y comenzó a hurgar a tientas hasta que encontró la tranca, que pesaba mucho. La alzó a duras penas. Cuando lo hubo conseguido, el madero se vino al suelo con estrépito. Creyó que iba a llorar, mas se contuvo, porque tenía demasiado miedo. Se replegó sobre sí mismo, ovillándose.

Esperó.

Una ventana se abrió en el segundo piso y apareció el panadero, que oteó en torno con mirar minucioso. Se volvió enseguida hacia adentro.

–No es nada, mujer –dijo–. Sería uno de los caballos, que ha estado intranquilo.

Luego cerró.

El chico permaneció quieto por interminables minutos. Una campana de reloj dio la hora, pero él no atinó a contar. Aún dio el reloj un cuarto antes de que se atreviera a cambiar de postura. Lleno de precauciones se levantó, fue hasta la caballeriza de Ruibarbo, desató la cuerda que lo ligaba a un poste y comenzó a conducirlo hasta el portón. El animal se resistió al principio, mas pronto lo siguió, a paso lento. Le parecía al niño que nunca habían resonado tanto las herraduras sobre los adoquines.

La espesa hoja de madera se abrió con voz de vieja, quejándose. No se atrevió a cerrarla.

En la calle no había nadie, ni encontraron a nadie en el trecho breve que distaba la panadería del río. Así alcanzaron al puente, a cuyo extremo opuesto el llano y los cerros se abrían libres, semejantes un poco al reino con que él soñaba, revestidos de magia por la claridad de la luna. Presa de emoción, quitó la cuerda del cuello de Ruibarbo, le dio unas palmadas de afecto y le susurró cálidamente:

–Adiós.

El caballo permaneció unos momentos inmóvil, cual si no entendiera. Después dio media vuelta y se fue trotando, trotando, hasta el portón de la panadería, por el que desapareció. Fin

Guillermo Blanco, cuentos de caballos
Escritor Guillermo Blanco

Nació en Talca. Perteneció a la generación del 50 y tiene a su haber variados y reconocidos relatos. Entre ellos “Adiós Ruibarbo” y “Gracia y el Forastero”. Posee, además, una larga trayectoria como periodista. Fue miembro de la Academia Chilena de la Lengua y correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua. Entre sus libros publicados se encuentran Sólo un hombre y el mar (cuentos), Cuero de Diablo (cuentos), Misa de Réquiem y Camisa limpia (crónicas). Falleció en Santiago, el 25 de agosto de 2010.

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cuentos de caballos
Ernesto Bustos Garrido

El hombre que se casó a caballo

Corebo

(cuento completo)

Don Andamías, el jefe de Don Peri, le confesó un día a su empleado que él también salía a pescar.

–Vamos este domingo a la laguna Peñuelas –le propuso el fresador y tornero de la Fundición “Galaxia”.

–No sé si puedo salir –le respondió éste–. Tengo que hablar con mi señora primero.

–Bueno, patrón, pida permiso y me avisa. En todo caso, déjeme decirle una cosa, y no se agravie conmigo: Yo no tengo problemas de ese tipo en mi casa.

–¿Y cómo? –inquirió curioso el patrón.

–Es que yo me casé a caballo…..

–Vaya, hombre, qué singular; la verdad es que me sorprende. No entiendo muy bien eso de que porque se casó a caballo hoy no tiene problemas con su esposa para salir a pescar.

–Mire don Andamio. Yo se lo voy a explicar.

–Soy todo orejas.

–El día que nos casamos con la patrona, yo andaba de a caballo. De chico al bruto le habían puesto “Saltarín”, pero de viejo era solamente mi caballo. La pasé a buscar a la Maclovia a su casa y me la eché al anca. Así no más. Llegamos a la iglesia y el cura nos invitó a ganarnos frente al altar y se preparó para darnos sus bendiciones. La familia de ella y también la mía estaban extrañadas porque yo había ido a caballo.

–¿Y dónde dejó el caballo? ¿No habrá entrado a la iglesia con él?

–Mire, faltó poco, pero lo dejé al lado afuera, junto a un carrito donde vendían mote con huesillos. Él se quedó tranquilito allí, comiéndose todos los cuescos botados en el suelo. ¡Viera usted la crujidera de dientes y de huesos! Yo lo escuchaba clarito mientras el cura nos echaba sus salmones y sus aguas benditas.

–La sonajera de dientes tiene que haber sido la caballuna.

–No se imagina, patrón. Pero espérese un poco, que ahora viene lo bueno. No sé qué le pasó al caballo, pero el salir de la iglesia y montarlo para volver a mi casa con mi esposa, se puso medio mañoso. Shooo, le dije, pero me agachó la orejas. Entonces me apeé y le advertí: No me vengai ahora con corcovos. Le hablé despacito en las oreja para que solo él me escuchara, y le apreté la cincha. Monté de nuevo y afirmé bien a la novia colocada sobre el anca. Ibamos re’bien cuando de repente la bestia se tropieza y mi señora se va al suelo.

–¿Le pasó algo a ella?

–Quedó un poco revolcá, saltaron las horquillas y el moño se le anduvo soltando. Yo me acerqué al caballo y apuntándolo con mi regolver esmitigueson le dije al oído: Mire ganchito, llevamos una. Enseguida la apreté un poco más la cincha y lo volví a montar y a echar a mi mujer al anca.

–A los animales a veces hay que hablarles golpeado –le comentó Don Andamías a su empleado.

–Espérese un poco don Anda, porque íbamos re’bien, cuando el llegar a la salida del pueblo el caballo de moledera volvió a trompezarse. Metió la pata en una zanja y zas que mi mujer cayó otra vez al suelo. Al parecer con una costilla quebrá. Como se quejaba la pobrecita…..

–¿Y qué le hizo usted al caballo?

–Me acerqué a él y le dije en sus narices: Mira, bellaco llevamos dos, apuntándolo con mi regolver.

–¿Y le habría disparado?

–No pues don este, no ve que llevaba dos. Yo quería darle una nueva oportunidad. Entonces lo volvimos a montar y proseguimos el viaje a mi casa. Íbamos muy tranquilos. Yo lo llevaba al paso para que mi esposa no se zangoloteara, ya que debía dolerle la costilla rota; tal vez, digo yo. De repente se cruzó una culebra por el camino y el caballo se asustó, dio un tremendo salto y los dos con mi mujer nos fuimos al suelo, mierda. Ay ay ay, dijo ella, tomándose la cabeza. Entonces yo me fui donde estaba el caballo, lo agarré de la tuza y le dije enojado: Ganchito ahora llevamos tres. Entonces saqué el regolver y lo maté de un tiro en la cabeza.

Don Peri terminó la historia contándole a su patrón que su mujer abrió así de tamaños los ojos. Él cree que ahí fue cuando ella aprendió a no contradecirlo. Mas después el novio le soltó la montura al caballo muerto, se la echó al hombro y muy resuelto con su nueva mujer, un poco averiada por las caídas, caminaron dos cuadras más hasta llegar a la casa. Ahí el novio botó todo el aire que tenía en sus pulmones y dejó su “esmitigueson” en el cajón de las velas y la azúcar. Luego hizo entrar a su mujer al dormitorio, para curarle las heridas. Cumplida la tarea, la tranquilizó haciéndole los primeros cariñitos.

Fin

 

El autor: Ernesto Bustos Garrido (Corebo), periodista y colaborador de Narrativa Breve.

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