Voces para un tímpano muerto

Los padres oyeron el diagnóstico de boca del pediatra: su hija es de crecimiento tardío.

Durante el funeral de la niña, pudieron oírse los primeros crujidos en la madera del ataúd.

“Presciencia”, cuento incluido en Voces para un tímpano muerto

Miguel A. Zapata pertenece a esa insigne estirpe de escritores que han extraviado un manuscrito. El suyo no se quedó olvidado en el asiento de un tren o en el banco de un parque, sino que fue devorado por un virus informático. Después de cuatro años esquilmando la memoria, el texto ha visto la luz en la editorial Talentura como Voces para un tímpano muerto.

Hablamos, pues, de una reencarnación literaria, un producto de ultratumba. Es lógico que el redactor de la contraportada se refiera a estas piezas narrativas no como microrrelatos, cuentos cortos o ficciones breves sino como “osario de gritos”, “un manual de espejismos” o “trastornos oníricos”. Es posible que sortee la etiqueta de ‘microrrelato’ para evitar la excesiva cercanía con un género que, en su peor versión, se convierte a veces en un complaciente laboratorio de ideas para escritores primerizos.  

Si era esa su aprensión, puede estar tranquilo: Voces para un tímpano muerto, al margen de etiquetas, no es un libro al alcance de cualquiera. Diré más: es una obra solo al alcance de los mejores escritores. Y además no es un libro concebido para complacer al lector, sino para perturbarle.

Voces para un tímpano muerto está habitado por valiosas narraciones breves compuestas en modalidad monológica (dependen de una sola voz: la del narrador, sin la intervención directa de los personajes). O quizá habría que hablar de varias voces, coautoras de una fantasía turbulenta (ataúdes, enterramientos, coleccionismo de pies), que suelen partir de peripecias domésticas, familiares o de pareja. Y lo hace sorteando con eficacia los tópicos que tantas veces encontramos en libros de narraciones breves o ultrabreves. Con en estas voces hechas papel, adictas a la paradoja, nunca sabemos qué nos vamos a encontrar, sobre todo cuando desde el propio título se nos sugiere una historia que acaba llevándonos por otros derroteros. Es lo que ocurre, sin ir más lejos, con “Toda la belleza del mundo”:

Tras una tarde entera jugando con su hermano pequeño, llenando ambos de risas y felicidades sin número el aire familiar de la casa, golpea el niño la cabeza del bebé hasta quebrar su cráneo.

No hay celos, no un arrebato de hegemonía.

Ama el niño al bebé con una pasión ecuménica, un amor ilimitado.

Desea el niño que su hermanito complete los designios universales, el silencio que debe poner fin a cada secuencia de belleza y emoción, reinstaurar en el orden del cosmos el eterno ciclo de los opuestos, equilibrio y motor de la existencia.

En la obra de los buenos cuentistas solo pueden resonar las voces de otros grandes. En Zapata escucho los ecos de Cortázar, Borges o Rabelais. Y también, por qué no, el espíritu de aquel manuscrito malogrado por el virus que, como le ocurre al personaje de la ficción que reproduje al principio, se manifiesta arañando el ataúd (en este caso las páginas del libro) desde dentro.

Francisco Rodríguez Criado

Nota: una versión reducida de este artículo fue publicada el 21 de diciembre de 2016 en El Periódico Extremadura.

 

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